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Anastasio Barreto y Milagros Acuña, aquellos lanzaroteños que emigraron a Latinoamérica huyendo del hambre

Alrededor de 12.000 canarios llegaron de forma irregular a las costas de Venezuela escapando de la crisis, la sequía y la represión, algunos hicieron fortuna y crearon sus propias familias, mientras que otros volvieron con las manos vacías

3 de marzo de 2026 (20:12 WET)
Actualizado el 3 de marzo de 2026 (20:13 WET)
Anastasio Barreto (izquierda) y Milagros Acuña y su marido (cedida familia Acuña). Foto: La Voz.
Anastasio Barreto (izquierda) y Milagros Acuña y su marido (cedida familia Acuña). Foto: La Voz.

Anastasio Barreto Morín (Haría, 1936) tenía quince años y un duro en el bolsillo cuando se embarcó rumbo a Argentina. Como solo era un chinijo, empezaba a asistir al cine y a los pocos bailes que el régimen franquista permitía en Lanzarote. Para costear su viaje en barco, su familia logró reunir miles de pesetas, una fortuna para la época, tras vender un terreno en la isla. El lanzaroteño partió del Muelle Comercial, junto al Puente de las Bolas de Arrecife, el 13 de diciembre de 1951. Aún hoy, con casi 90 años, lleva clavada esa fecha en su cabeza porque aquel diciembre, coincidiendo con el Día de Santa Lucía, su vida cambió para siempre

Un hilo de coser retorció el destino de Anastasio. Él tenía solo diez años cuando su padre emigró a Argentina y quince cuando su progenitor decidió que era momento de que él también se embarcase hacia Latinoamérica, siguiendo sus pasos para ganarse el pan. "Mi padre le escribió a mi madre, le preguntó que cómo estaba yo y si ya había crecido", narra Anastasio Barreto durante una entrevista con La Voz. 

Durante aquellos años, su madre se había quedado en Lanzarote a cargo de Anastasio y de su hermana, que era menor que él. Para poder responder a las cartas que recibía de su marido de cuando en cuando, le pedía a su hijo que redactara porque ella no sabía leer ni escribir. Aquel día, su madre decidió coger un hilo de coser, medir al chinijo y cortar el hilo a su altura. "Le metimos el hilo de coser en la carta y le pusimos 'esta es la medida de tu hijo'", recuerda entre carcajadas. Cuando su padre recibió aquella carta respondió que el muchacho ya servía para trabajar y que podía embarcarse.

"En esa época, cuando las mujeres tenían un niño era una alegría porque era el sostén del mañana", recuerda el lanzaroteño. Las mujeres estaban relegadas a las labores del hogar y a los cuidados, sin autonomía legal para poder trabajar ni tener su propia cuenta bancaria, una realidad que sufrían su madre y su hermana que se quedaron en Lanzarote.

La miseria que se vivía en la isla y la falta de oportunidades le llevó a partir a Gran Canaria durante dos semanas para tramitar los papeles necesarios para salir del país. Luego, siendo un adolescente, se embarcó solo y durante catorce largos días en el barco Buenos Aires con más de una decena de compatriotas y emigrantes que habían huido de la península.

"La migración nunca fue barata y fue un ejercicio de esfuerzo colectivo", expone el doctor en Historia de América por la Universidad de La Laguna Ángel Dámaso Luis León durante una entrevista con La Voz. Como él, los lanzaroteños que cruzaban el Atlántico tenían que vender terrenos, reunir el dinero entre varias familias y asumir deudas para poder embarcarse.

 

Un viaje por el Atlántico

"Cielo y mar, cielo y mar. ¡Qué viaje ese! Me acuerdo que me gocé en la travesía montañas de olas, grandísimas. ¡Qué desesperación!", narra Anastasio Barreto en un acento que muestra su vida migrante, entre el canario y el argentino. Durante el viaje era incapaz de sentarse a comer la sopa porque se caía al suelo empujado por el fuerte oleaje. 

Al llegar a Latinoamérica, la primera parada la hizo en el estado de Pernambuco, en Brasil. "No me olvido de ese viaje", señala el lanzaroteño, que se quedó entonces impactado por la cantidad de iglesias que tenía el lugar. Tras la escala en Brasil, el barco llegó a Río de Plata, en Argentina.

"Nos encontramos con que vino Sanidad a revisarnos de vuelta, me abrieron los ojos para ver si estaba sano y gracias a dios no me pasó nada", continúa. Con solo aquel duro en el bolsillo, Anastasio "no tenía perra ninguna", y se preguntaba cómo se iba a mover del lugar si lo rechazaban. Tras cuatro años sin saber de su hijo y tras varias horas de espera en la aduana, su padre lo recibió y lo llevó a tomar un submarino, una bebida típica argentina que consiste en un vaso de leche con chocolate adentro que se acompaña con vainilla. 

Tras calentar las tripas, su padre llevó a Anastasio al desierto, donde trabajaba como contratista en un horno de ladrillos. "Me presentó al dueño y me dio una pala, una carretilla, un banquito para hacer ladrillos y un molde", expone. El lanzaroteño nunca había hecho un ladrillo de barro, pero en nueve meses en aquel lugar se convirtió en un experto. "Eso fue un sacrificio total", rememora la soledad que sintió en la época por la lejanía con el resto de su familia y la falta de personas con las que charlar. 

Gracias a un paisano del pueblo de Haría que también había emigrado a Argentina, Anastasio Barreto logró cambiar de trabajo, donde se topó con otros migrantes portugueses que también habían ido a buscarse la vida al continente americano. "Éramos todo emigrantes y ahí solo se hablaba de trabajar, de ganar dinero", añade. En aquellas conversaciones entre ladrillos de barro, nueve trabajadores decidieron montar una cooperativa. 

A pesar del esfuerzo y el trabajo, la cooperativa tardó un tiempo en dar sus frutos, pero la recompensa llegó. A los 22 años, Anastasio decidió emprender en solitario y comenzar su propio negocio. Entonces se alió con otro español, un hombre vasco que le dio un terreno para montar su negocio de ladrillos, a cambio de una comisión del 5%. "Empecé con poquito, me vinculé con proveedores que vendían carbón y leña e hice amistad con ellos", añade.

A los 23 años, con el negocio montado, se casó con una mujer argentina con la que tuvo tres hijos y comenzó a construir su primera casa. "Por aquellos años empecé a pensar que no era bueno ser un buen trabajador, era más importante ser un buen comerciante", aconseja, en aquel tiempo decidió que vendería los ladrillos al precio que le conviniera porque trabajaba con un material que no caducaba. En ese momento, fabricó una segunda vivienda.

A pesar de la bonanza económica, Argentina comenzó a sufrir las consecuencias de los gobiernos militares que se sucedían en el país.  Anastasio logró mandar a sus tres hijos a la escuela y se compró un chalet en la ciudad de Ramos Mejía, a las afueras de la capital argentina de Buenos Aires. 

 

Su padre, otro lanzaroteño, murió en un tiroteo en Argentina

Un suceso dio un revés a su vida en Argentina. Anastasio iba a meterse en la cama, cuando varios golpes en la puerta le pusieron en sobreaviso. "Estaba mi mujer levantada y le dije: "no abras, ¿eh?", cuenta. Había unos hombres en la puerta y al asomarse por la ventana vio que se trataba de los vecinos de su padre, que había logrado abandonar la fábrica de ladrillos y gestionaba un negocio de alimentación en Argentina.

"Me dijeron que lo habían asaltado y que no sabía si llegaría a la clínica", añade. Cuando llegó a Urgencias su padre ya había fallecido. Uno de los asaltantes le dio tres balazos en el corazón desde la puerta del bar. "Le quitó la vida ni le robaron ni nada", añade.

Como muchos isleños emigrados, Anastasio se convirtió en un migrante que no era completamente de ningún lado, pero que era de ambos lugares al mismo tiempo. Tras el fallecimiento de su padre y por la crisis que azotaba Argentina y devaluaba cada vez más su moneda, Anastasio Fernández decidió comprarse un apartamento en Fariones en 1970. Primero lo hizo como inversión, pero cada vez inclinaba más su balanza hacia regresar a la isla que lo vio nacer y acabó retornando junto a su mujer y sus tres hijos hasta hoy.

Anastasio Barreto en un viaje a Argentina. Foto: Cedida.
Anastasio Barreto junto a su familia en un viaje a Argentina. Foto: Cedida.

 

 

Milagros Acuña, la suerte y la segunda televisión de Haría

En 1963, la lanzaroteña Milagros Acuña Brito, del municipio de Haría, se montó en un barco comercial junto a su hijo rumbo a Venezuela. Siete años antes, su marido había zarpado a aquella tierra en busca de un futuro mejor que el que tenía en Lanzarote. "Cuando estaba enamorando con mi tía, él ya contaba que quería irse a Venezuela y eso ponía muy nerviosa a mi abuela", recuerda Orlando Acuña Betancort, sobrino de Milagros durante una entrevista con La Voz

"Mi familia nunca supo si mi tío viajó legal o si fue ilegal", cuestiona Orlando Acuña. Durante siete años, Milagros Acuña se quedó a cargo de su hijo, con la ayuda de sus familiares. Entre el trabajo de su abuelo, que era camionero y trabajaba enarenando los terrenos de su hermano en la isla, las cosechas de las tierras en Haría y el queso de las cabras lograban subsistir en una isla azotada por el hambre y la sequía.

En el pueblo decían que Milagros Acuña había tenido suerte porque su marido "la había reclamado" y le había pedido que viajara a reencontrarse con él a Venezuela. Otras muchas mujeres del municipio se convirtieron en viudas blancas, habían visto a sus maridos zarpar a Latinoamérica, pero fueron abandonadas y nunca más supieron de ellos, teniendo que enfrentarse a la pobreza, a la vergüenza social y estando obligadas a salir adelante con el apoyo de su familia, pero sin la capacidad de ser independientes.

En la ciudad venezolana de Valencia la familia consiguió unos terrenos para trabajar en el campo y se dedicaron a la agricultura. Con la llegada de su tía al país, su abuela vivía esperando el correo para tener noticias suyas. "Pasaron mucha incertidumbre porque las cartas no llegaban, no sabían cómo era empezar allí", expone Acuña. 

A los diez años de emigrar a Venezuela, durante un viaje a Lanzarote en 1973, Milagros Acuña le regaló una televisión a su madre. "Era la segunda tele que había en el pueblo y eso fue una gran revolución, mi abuela decía '¡qué bien está esta mujer!'", rememora. Aquel regalo y la vestimenta moderna con la que regresó tranquilizó a su madre. La bonanza económica hizo que durante ese tiempo la familia comprara un terreno en Punta Mujeres y varios en Arrecife. 

Sin embargo, su situación comenzó a truncarse en los años ochenta, cuando las crisis económica en el país precedió al Gobierno militar de Hugo Chávez. Estos lanzaroteños emigrados entonces necesitaron de vuelta aquel dinero que habían invertido y vendieron los terrenos en Lanzarote. Además, aunque no lo pedían su familia desde la isla les mandaba algún dinero para que pudieran subsistir. Milagros Acuña murió con casi 93 años en diciembre de 1993 en Venezuela. Ahora, uno de sus nietos vive desde hace años en Lanzarote. 

Milagros Acuña y su marido enamorando en una ventana de Haría. Foto: Cedida familia Acuña.
Milagros Acuña y su marido enamorando en una ventana de Haría. Foto: Cedida familia Acuña.

 

Los barcos fantasma a Latinoamérica

"Nuestra cultura está tamizada por un proceso de migración y retorno", reflexiona el historiador Ángel Dámaso Luis León. La gastronomía, el lenguaje, los gustos musicales y la arquitectura son el reflejo del flujo constante de personas entre Latinoamérica y Canarias. "La identidad canaria no puede entenderse sin América", añade.

La emigración entre Canarias, Venezuela, Cuba y Uruguay (para las islas orientales) comenzó desde el siglo XVI por lo que la historia del archipiélago no se puede entender sin la del Caribe y los miles de viajes de ida y vuelta. El doctor en Historia por la Universidad de La Laguna Ángel Dámaso Luis León, miembro del Grupo de estudios históricos y sociales del Atlántico-Caribe, explica que la población del archipiélago siempre migró a Latinoamérica por motivos económicos.

A la carestía en las islas, derivada de su situación geográfica y por su dependencia del exterior, se sumaba la situación en las islas orientales, donde apenas llovía. Los lanzaroteños fueron emigrantes climáticos que huían de la sequía en la isla y durante el franquismo también exiliados políticos o víctimas de la crisis en la que estaba sumida la España de la posguerra.

En contra de la creencia generalizada, los canarios que emigraron no solo trabajaron en el campo de los países latinoamericanos. Por ejemplo, en Venezuela se "desperdigaron por todo el país", donde desempeñaron "todo tipo de oficios", apostilla Ángel Dámaso Luis. 

Durante el franquismo, los canarios que se embarcaban comenzaron huyendo a Venezuela como polizones en barcos italianos. Luego, de forma ilegal ocultos en "barcos fantasmas", creando sus propias embarcaciones, robándolas o comprándolas. Llenas por encima de su capacidad salían desde cualquier isla del archipiélago. Los canarios, como emigrantes clandestinos, eran llevados a cárceles y sus tripulaciones repatriadas o confinadas en El Dorado. Incluso fueron enviados a Gusina, una isla que no reunía las condiciones básicas de higiene.

El cronista de Haría, Gregorio Barreto, narró hace unos años que en 1949 varios vecinos de Haría se embarcaron en una pequeña embarcación rumbo al país, que tardó tres meses en llegar, por lo que se les acabó el agua y el alimento. "Se adjudicaron número a cada uno para irse sacrificando porque no había nada que comer", narró. Sin embargo, no tuvieron que hacerlo porque un barco grande los recogió. Finalmente fueron detenidos al llegar al país. Aquel mismo año, 106 canarios a bordo de El Elvira arribaron a Venezuela, donde fueron retenidos por "ilegales". 

"Hay una cierta comprensión del fenómeno por parte de las autoridades que están en Canarias", apostilla Luis León, que se sumaba a la falta de medios en las islas para evitar las salidas marítimas. Se estima que entre 1948 y 1951 alrededor de 12.000 canarios alcanzaron las costas de Venezuela en embarcaciones irregulares.

Tras la legalización de la migración en 1951, los isleños llegaban al país en grandes buques, pero no siempre fueron tratados como refugiados políticos y económicos.

"En la identidad isleña se ha insistido mucho en la tricontinentalidad", en su ubicación entre África, Europa y América, expone Ángel Dámaso, por lo que "chirría mucho si luego se acompaña de un discurso de odio"

"Hoy somos tierra de inmigrantes, pero nosotros hemos sido a lo largo de la historia tierra de emigrantes", añade Orlando Acuña, "si tú rascas un poquito, cada familia tiene alguien que emigró porque no había comida para todos". "Muchos sitios, entre ellos África, nos mató el hambre a los canarios y eso está en el olvido", concluye.

 

Inmigrantes canarios recibidos como ilegales en Venezuela en una noticia de 1949. Foto: ULPGC.
Inmigrantes canarios recibidos como ilegales en Venezuela en una noticia de 1949. Foto: ULPGC.

 

 


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