Tahíche era solo una aldea cuando Dominga Valdivia Betancort se quedó sola a cargo de cinco hijos. Su marido, José Domingo Pérez, había partido una tarde desde Lanzarote hasta Gran Canaria y luego de forma clandestina en un barco rumbo a Venezuela tras un primer intento fallido. Él fue uno de los 5.000 lanzaroteños que abandonó la isla en busca de un futuro que no encontraba en Lanzarote. Ella, una de tantas esposas que se quedaron sacando adelante a su familia en una época de especial represión hacia las mujeres.
José Domingo Pérez partió rumbo a Venezuela, que empezó a conocerse como la octava isla canaria por la emigración constante del archipiélago hacia el país latinoamericano, con algunos lanzaroteños con los que había coincidido trabajando en Cabo Blanco, en África. Corría el año 1955, cuando partió en busca de algo que echar a la boca, pero el viaje que pretendía ser una esperanza para su familia se convirtió en el inicio de una nueva vida sin ella. El lanzaroteño no volvió a su tierra hasta 23 años después.
La represión de la dictadura franquista se sumó a la crisis económica que dejó a España sumida en la pobreza tras la guerra. El hambre y la escasez se convirtieron en la norma y el Gobierno franquista comenzó a racionar los alimentos, aumentando la venta de estraperlo en el mercado negro. Por la lejanía de Canarias con el resto del país y por la sequía que afectaba a territorios como el de Lanzarote, la posguerra fue aún más dura para los isleños.
Miles de hombres canarios migraron en solitario a países del norte de África y de América Latina con el sueño de conseguir una vida mejor. Las mujeres se quedaron en la isla a cargo de sus hijos, con la esperanza de que sus maridos lograran reunir el dinero suficiente para sacar a la familia de la pobreza. Sin embargo, muchos no regresaron nunca, rehicieron sus vidas y crearon nuevas familias, haciendo que sus esposas vivieran como viudas, con la gran diferencia de que ellos en realidad no habían muerto. El miedo a sufrir el señalamiento social de la época y la vergüenza ocultó durante años la historia de estas viudas blancas.
Como la de Dominga Valdivia y José Domingo Pérez, muchas familias se vieron abocadas a separarse por la falta de libertad y oportunidades en Canarias, que se agravaba por las limitaciones de Lanzarote. Las sequías severas, la dificultad para acceder al agua, a los alimentos y el aislamiento del territorio fueron, junto con la represión, los principales obstáculos que hicieron que muchos decidieran cruzar el Atlántico en busca de un futuro.
Al llegar a Venezuela, José Domingo Pérez consiguió un trabajo en el campo venezolano, cultivando y recogiendo hojas de tabaco. Mientras, Dominga Valdivia criaba en Lanzarote a sus hijos con la ayuda de su madre, pasando verdaderas penurias, narra Zaida González, nieta de Dominga, durante una entrevista con La Voz.
"Lo que ahora vemos como un lujo un día en el campo, antes era la única comida del día, iban y cogían higos y eso comían", narra su nieta. Los higos se combinaban con las pellas de gofio y la leche fresca. El hambre de aquella época también se cebaba con los recién nacidos, como Dominga había tenido varios hijos dio de mamar a los hijos de varias vecinas que no podían dar leche.
Cartas al otro lado del charco
“Le pido por favor que no nos olvide”, suplicaba Lala Pérez en el reverso de una fotografía que le envió a su padre al país latinoamericano. Lala Pérez era la madre de Zaida González, quien recuerda que su madre se crió en una isla azotada por el hambre y que tan solo pudo acudir a la escuela para aprender lo básico. "Leer y escribir sabía y las cuentas también las manejaba", bromea durante la conversación. En aquella época, Lala recibió también los golpes de la maestra, una violencia habitual en las escuelas de aquel tiempo.
Cuando José Domingo partió, Lala Pérez era solo una niña, pero en la fotografía que envió a Venezuela ya era una mujer. Un puñado de imágenes fueron el hilo que mantuvo unida a esta familia rota por la diáspora. Aquellas palabras recorrieron el mar en una época donde las comunicaciones no eran fluidas y las novedades a veces llegaban en forma de rumor, traído por otros isleños exiliados. Las fotografias de sus hijos, ya adultos y casados, llegaban a cuenta gotas y José Domingo las guardaba.
Encorvada por los años en el campo, la madre de Dominga Valdivia trabajaba en los corrales que tenía en Tahíche, donde cuidaba cabras y burros. Ella había ayudado a Dominga a criar a sus cinco hijos, mientras su marido, el padre de Dominga también había zarpado rumbo a Buenos Aires, la capital de Argentina, con el sueño de convertirse en otro isleño que hiciera fortuna.
El poco dinero que, muy de vez en cuando, enviaba José Domingo Pérez a su familia en Lanzarote no era suficiente. "Algo mandaba, pero lo que mandaba no daba", recuerda Zaida González. Gracias a que su padre regresó en la década de los sesenta con dinero suficiente para comprar varios terrenos en el pueblo de Tahíche, Dominga pudo paliar la falta de alimento en el estómago de sus hijos. En los veintitrés años que duró el exilio de su marido, la pobreza obligó a Dominga a vender los terrenos que había comprado su padre años atrás para poder mantener a sus hijos.
Cuando sus cinco hijos crecieron y cada uno formó su propia familia, Dominga Valdivia decidió llenarse de valor y, en compañía de otra vecina de Tahíche viajó a Venezuela en busca de José Domingo. Veintitres años después, la lanzaroteña se quedó durante un año en el país americano y cuando se enteró de que su hija Lala Pérez iba a dar a luz a su nieta, Zaida González, le dio un ultimatum a su marido. "Le dijo que o se venía con ella o se volvía ella sola, pero que su hija iba a tener un hijo o una hija y que ella no se lo iba a perder", recuerda su nieta la historia con la que creció.
Dominga Valdivia y José Domingo Pérez regresaron juntos a Lanzarote. "Era extraño que volviera, porque él aquí era un desconocido, pero yo sí lo veía como un abuelo", rememora. Tras su vuelta a la isla, ambos se mudaron a Las Caletas, en Teguise, donde José Domingo vivió como un aficionado a la mar y a la pesca. Ya retornado trabajó durante sus últimos años en el Ayuntamiento de Teguise.
Tras más de dos décadas de sacrificios para sacar adelante a su familia, Dominga Valdivia nunca quiso hablar de la vida de su marido en Venezuela.
Alrededor de 5.000 lanzaroteños emigraron durante el franquismo
El cronista de Teguise, Francisco Hernández, narra que aunque no hay datos oficiales, porque la mayoría de los viajes se hacían de forma clandestina y de espaldas a la ley, alrededor de 5.000 lanzaroteños emigraron durante el franquismo a países como Venezuela, Cuba, Puerto Rico, Argentina, Brasil, Uruguay y la costa africana.
La última gran etapa migratoria en Lanzarote tuvo lugar entre los años 1940 y 1950, como reflejan Hernández y María Dolores Rodríguez en el documento La emigración de Lanzarote y sus causas. En esta década, los canarios emigraban de forma clandestina en barcos que "superaban su capacidad máxima, bebiendo agua salada y en condiciones insalubres", revela el cronista.
En los barcos fantasma que partían sobrecargados a Latinoamérica se juntaban quienes huían de la represión política, por pertenecer al bando del Frente Popular, con quienes buscaban un futuro asfixiados por la crisis. No siempre migraban hombres en solitario, a veces lo hacían junto a sus familias, pero muchos otros se iban con "la promesa de volver y nunca lo hacían", explica la autora de La viuda blanca, María del Mar Rodríguez. "Había otros que sí cumplían, pero dependía de muchos factores, ya que a algunos les iba muy bien y formaban otra familia olvidándose de la de Canarias y a otros les iba muy mal y por vergüenza no querían tener trato con la familia de aquí", continúa.
Estas mujeres vivían un proceso de duelo continuo, pero sin haber enterrado a ningún marido o sin siquiera saber si seguían con vida o no. Esta situación llevó a muchas de ellas a una situación límite, ya que el machismo de la dictadura franquista, les impedía decidir sobre su propia vida.
La represión franquista hacia las mujeres: "La que no tenía un hombre al lado, era una mujer partida a la mitad"
La dictadura obligaba por ley a la mujer a ser sometida siempre por el marido. Desde los primeros años del régimen, se recuperaron normas arcaicas. Por ejemplo, la única manera de romper un matrimonio era con el fallecimiento de uno de los cónyuges. Las leyes franquistas señalaron que el marido era el encargado de proteger a la mujer y que esta le tenía que obedecer, siendo él su único administrador y representante. Durante la dictadura, las mujeres fueron calificadas de "inhábiles" y no podían trabajar sin el permiso de sus maridos. Todas estas directrices afectaban de lleno a las viudas blancas, que no tenían contacto con sus esposos.
La autora de La viuda blanca revela que las mujeres abandonadas por sus maridos durante el franquismo debían salir adelante haciéndose cargo de sus hijos, "con una sensación de abandono y en una sociedad que en aquel momento ni las cuidaba ni las protegía". Además, todo ello se regía con "el imperativo social de guardar el decoro a sus maridos".
Las viudas blancas no pudieron rehacer su vida emocional, personal ni sexual. Vivieron como si para ellas el tiempo se hubiera parado con la emigración de sus maridos y fueron obligadas socialmente a quedarse resguardadas en casa "porque quedaban marcadas con un elemento de estigma", añade María del Mar Rodríguez. "Estaban en una sociedad donde una mujer sola tenía muy poco valor, la que no tenía un hombre al lado era una mujer que estaba partida la mitad, que le faltaba algo", continúa.
La autora expone que la mayor parte de las mujeres abandonadas por sus maridos emigrantes preferían guardar silencio: "Se sentirían avergonzadas porque eso pesa mucho en esta sociedad que muchas veces revierte el sentimiento de culpa sobre la víctima". A pesar del estigma, hubo mujeres que rompieron el silencio empujadas por la necesidad de buscar trabajo para alimentar a sus hijos.
A pesar de la soledad y el sentimiento de abandono, estas mujeres decidían luchar para salir hacia adelante, tuvieran hijos o no. Para conseguir algo de dinero de aquí y de allá, la costura fue uno de los oficios en los que se refugiaron, empujadas por el régimen que incentivaba este tipo de talleres "patrióticos". Otras corrían mejor suerte si sus maridos habían dejado firmado un documento de poder con el que tenían más libertad. La realidad de cada una era diferente y muy variada. "Algunas tenían que prácticamente ir a robar uvas por la noche para darle de comer a sus hijos", ejemplifica la escritora.
Cada historia es única y cada mujer la vivía de una forma u otra. Algunas de ellas viajaron para traer de vuelta a sus maridos, otras se resignaban y no querían saber nada más de ellos o, en cambio, optaban por continuar con sus maridos cuando décadas después volvían. "Lo que tenemos que hacer como sociedad es no juzgarlas porque bastante enjuiciadas se vieron ya y a pesar de todo sacaron a sus familias adelante como pudieron", concluye la autora.
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