Llevamos años escuchando a una cofradía de feligreses convencidos de que han heredado la exclusividad moral del universo. Lo repiten como sectarios religiosos: sólo ellos ‒por el mero hecho de ponerse la etiqueta “progresista”‒ son los buenos. Los puros y virtuosos. Los demás, somos simples bárbaros. Incapaces de entender la ética en su máxima expresión ‒y menos aún alcanzarla‒.
El problema, claro, es que nada golpea tan fuerte como la realidad. Porque si algo han demostrado en estos últimos años ‒pero sobre todo en estos últimos días‒ es que los supuestos guardianes de la virtud suelen ser los más hipócritas, sectarios y, en ocasiones, inmorales.
Ahí está Venezuela, ejemplo perfecto de esta realidad. Ocho millones de exiliados por culpa de un sistema que prometía justicia e igualdad y que sólo ha dejado ruinas, miseria y sangre. Con más refugiados que la guerra civil de Siria o Sudán. Chávez abrió el camino con discursos, petróleo y algún que otro intento de golpe de Estado; Maduro lo convirtió en una cárcel de pobres a cielo abierto. Esta es la realidad. Miles de torturas, violaciones y asesinatos figuran en la factura moral de ese socialismo innovador importado a España.
Y aun así, durante años, desde España y medio mundo latino, el progresista de salón que ama al capitalismo sin reconocerlo ha repetido que aquello no era una dictadura. Que todo era propaganda barata de la derecha. Que los presos políticos eran un invento. Que lo que había era un proceso popular para salvar al pueblo de la miseria y la pobreza, en nombre de la igualdad.
Pero, de pronto, cientos de esos presos “imaginarios” salen por la puerta del Helicoide, el mayor centro de torturas de toda la región. Lo curioso ‒y repugnante‒ es que allí mismo se han dado talleres sobre derechos humanos de la mano de algún fundador de Podemos. El individuo, por cierto, es amigo de quienes han defendido sin rubor a las dictaduras de Venezuela, Irán o Rusia. Los mismos que, en su día, se atrevieron a decir que trabajar para el régimen iraní “contribuía a la democracia”. Hay que tenerlos cuadrados, de verdad.
En estos días, y con Venezuela otra vez en el foco, los testimonios de esas personas excarceladas se acumulan en medios y redes sociales. Familiares de algunos presos aseguran haber sido presionados, incluso por un expresidente español, para que no denunciaran las torturas sufridas. El mismo que se paseó por Caracas fingiendo ser imparcial como observador internacional en los procesos electorales, asegurando que allí se votaba “libremente”. Otros familiares han publicado cartas afirmando que deben silencio ante las cámaras y los medios. No sin razón, tienen todavía a familiares encerrados en aquel siniestro lugar.
Y ahora, los mismos que negaron la existencia de estos presos, se atreven a apuntarse el tanto de su liberación. La presión política y militar de los EEUU, sin cual Delcy no hubiera abierto las jaulas, no significa nada. Supongo que también reclamarán la liberación de los presos nicaragüenses. El cinismo no tiene fronteras.
Llegados a este punto, la pregunta es simple: ¿a quién van a creer ustedes? ¿Al preso político que regresa con las cicatrices en el cuerpo y en el alma? ¿O al que durante años afirmó que todo era un montaje, que allí había democracia y que ahora pretende pasar por libertador? No hace falta ser un genio para encontrar la respuesta correcta. A no ser, claro está, que ya no funcione el famoso “yo sí te creo, hermana”.
Pero el drama venezolano no acaba en Venezuela. La reacción de los que se llenan la boca con la palabra “derechos”, es el desprecio a los exiliados que han celebrado la caída de Maduro. Les recomiendan, desde su atalaya moral ‒y cierto deje racista‒, que se vuelvan a su país si tan feliz les hace. Los insultan. Les llaman tontos, y les otorgan etiquetas deshumanizadoras como la de facha o fascista. Como si el valor de un inmigrante fuera proporcional a su devoción progresista.
Y no, la hipocresía no termina con Venezuela. En las últimas semanas se han quemado calles en Irán. Miles de personas se han levantado contra el régimen de los ayatolás, jugándose de verdad la vida por su libertad. Tanto que se han confirmado más de 2.000 civiles desarmados asesinados por las fuerzas de seguridad iraníes. ¿Y cuál ha sido la reacción de nuestros progresistas de pacotilla? El silencio. Un silencio tan abrumador que asusta y avergüenza a partes iguales. Ni un solo tweet al respecto. Ni una manifestación en la Complutense. Porque Irán, al igual que en su día Venezuela, también paga sermones.
Decía Gary Kasparov, que conoció de cerca el socialismo real, una frase que lo dice todo: “Venezuela no es lo que pasa cuando el socialismo fracasa, sino lo que pasa cuando el socialismo tiene éxito.”
Así, mientras los de siempre siguen repartiendo carnés de virtud, la realidad sigue cavando sus tumbas. Y la falta de moral, como casi siempre, la acaban pagando los mismos: los de abajo.









