Tradiciones o malas costumbres

Nova Kirkpatrick

Tras dos años de inactividad en todos los ámbitos por la dichosa pandemia, vuelven las tan deseadas fiestas de verano con música, verbenas, humor, magia y certámenes de belleza… o no.

La que parecía una polémica decisión adoptada por una servidora en el lejano agosto de 2019 en calidad de concejala de Festejos en el Ayuntamiento de Arrecife, y que tanto revuelo causó entonces, recobra protagonismo y se ve reforzada por las noticias de estos días sobre la tendencia de cada vez más numerosos municipios de Canarias, como Candelaria, Tuineje o Santa Cruz de La Palma, que renuncian a financiar los certámenes de belleza con dinero público. 

Reconforta ver la evolución del sentir de muchas administraciones públicas que empiezan a unificar criterios y a gobernar con perspectiva de género, luchando por la igualdad y la ruptura de los estereotipos, dejando de fomentar, en ese caso, una competición de belleza en la que cuerpos y rostros escudriñados son valorados en función de su adaptación a unos cánones marcados.

De entrada, hablar de belleza implica cierta relatividad en cuanto a definir lo que es bello. Los patrones socioculturales que establecen el concepto de “hermosura” varían según el mercado, el momento histórico y la geografía. Además, ser “guapa” o “guapo” no supone ningún mérito salvo el ADN de cada cual y/o su mayor o menor capacidad de recurrir a los instrumentos que la medicina estética pone a su alcance, dejando fuera de las o los papables a una mayoría que no llega a los cánones establecidos.

Los organizadores de los certámenes de belleza suelen defender este tipo de eventos como un trampolín para las jóvenes que quieren abrirse un futuro en el mundo de la moda y las pasarelas. Venden la ilusión de un dinero fácil, glamour y fama. No mencionan la industria que hay detrás que hace que esas mismas jóvenes sean sometidas a presiones sociales como, por ejemplo, mantenerse muy delgada.

De ahí que el deseo de entrar a formar parte de ese “maravilloso reino de la belleza” sea relacionado con serias alteraciones de la conducta alimenticia, como anorexia y bulimia, y con problemas de salud mental en edad temprana causados por la no aceptación de uno mismo y por la frustración por no cumplir con las expectativas de la cultura al cuerpo y a la imagen impuestas por la sociedad.

No se trata de prohibir la celebración de los concursos de belleza, ni se soluciona el problema ampliando las competiciones a los hombres, pues lo que no es bueno para las mujeres, tampoco lo es para los hombres. Pero las administraciones públicas no deben alimentar esos tipos de trastornos con el dinero del contribuyente. Ni deben financiar actividades que fomenten la desigualdad o la no inclusión, o que inciten a competir en función de un “envase” que nada tiene que ver con el valor de la persona.

ModArrecife en 2019 demostró ampliamente que se puede enlazar a las jóvenes que buscan un futuro en la moda y en la pasarela con agencias de modelaje y diseñadores de moda sin necesidad de competir.

Los tiempos cambian y nos damos cuenta de que, en muchas ocasiones, aquello que llamamos tradiciones no son más que malas costumbres.

 

*Nova M. Kirkpatrick, concejala del PSOE en el Ayuntamiento de Arrecife

LO MAS LEÍDO