Los muros de la Mareta

Echedey Eugenio Felipe

Recuerdo con claridad la visita a tan emblemática obra de la costa Este de nuestra preciada isla en la que me sorprendió la cuidada arquitectura tradicional y la notable mano de nuestro más insigne artista. Una edificación que, plagada de historia, siempre fue un símbolo de lo que para muchos han sido Canarias y Lanzarote en el conjunto del Estado.

Lo que no recuerdo de la Mareta es la presencia de altos muros y barreras de hormigón que la aislaran de los alrededores, sino una edificación abierta con espacios libres que se mimetizaban con su entorno y continuaban con la estética local y arquitectura tradicional.

Pero algo debe haber cambiado o algo falla en mi memoria. La Mareta parece haber construido muros de hormigón interminables en altura que aíslan a sus inquilinos, les alejan del ruido y de los problemas, les apartan de la gente y los separan de su entorno. Unos muros que hacen que su actual morador desoiga los problemas, inquietudes o preocupaciones del lugar que ha elegido para disfrutar y del que ignora, por decisión propia, sus necesidades o demandas.

La Mareta debe contar con un muro al mar que tapa la tragedia demiles de seres humanos que, un día sí y otro también, cruzan el océano a la aventura, arriesgando sus vidas y buscando un futuro mejor. Un muro que impide ver la llegada masiva de personas de forma irregular a un territorio limitado en extensión y recursos que está al límite de sus posibilidades. Un muro que engaña a la vista y que hace ver estrechos e insalubres barracones como cómodos hospedajes donde es razonable hacinar personas en contenedores como si de carga de mercancía se tratase.

La Mareta debe contar con un muro a la zona vacacional, recreativa y de ocio que la rodea, que impide ver la dependencia del turismo que tiene esta tierra y las vicisitudes por las que atraviesa tras la pandemia. Un muro que apaga la luz de los miles de personas que ven peligrar su futuro laboral y que impide oír el grito desesperado de autónomos y pymes que ven como su Gobierno y el Canario dan la espalda a sus demandas y necesidades.

La Mareta debe contar con un muro a los espacios aledaños en los que se han filmado y desarrollado diversas producciones audiovisuales, que impide ver que la única opción de subsistir del sector audiovisual canario y de mantener su competencia frente a la minoración de los costes en general en el territorio continental reside
en el respeto estricto del fuero canario, el Régimen Económico y Fiscal que garantiza el trato diferenciado de los canarios para que podamos competir en igualdad de condiciones.

La Mareta debe contar con un muro a las maltrechas carreteras de nuestra isla que impide ver las obligaciones del Gobierno dictadas por sentencia firme y que hace olvidar que mientras se siguen financiando obras y carreteras faraónicas en territorio peninsular, en ocasiones incluso innecesarias, aquí seguimos esperando a que su morador cumpla con el derecho que nos asiste y que nos han reconocido los tribunales después de que los negaran sistemáticamente los dirigentes de uno y otro color político en Madrid.

La Mareta debe contar con un muro y sus correspondientes cabinas que en lugar de funcionar como correas transmisoras de lo que pasa a su alrededor, camuflan una realidad distinta con la que además tratan de que comulguemos en los exteriores del muro.

La Mareta debe estar bien iluminada, debe tener buena climatización y debe ser un lugar seguro y confortable pero su muro aísla a sus moradores de lo que pasa en la vida real. A ellos les debe dar igual la factura de la luz, allí no se ponen lavadoras de madrugada, ni se cierran las cortinas para que no entre el calor y no tener que encender el aire acondicionado. Allí da igual la factura, da igual la subida, en la Mareta pagamos todos.

La Mareta y sus muros albergan estos días a un presidente que desoye, ignora y desprecia los problemas de su gente. Unos muros que solo permiten la entrada de quienes no le den demasiados problemas en sus vacaciones en la cómoda residencia de verano de aquellas islas de las que solo se acuerda cuando viene a pasar unos días de entretenimiento.

Un presidente que mira a Canarias y a Lanzarote como el lugar en que verse con sus palmeros y palmeras de las islas para hablar de nada y resolver menos, sin siquiera titubear en cerrar un restaurante de titularidad pública cancelando incluso reservas para compartir café y tocar unas notas en esa “guitarra pequeñita” con que le rindieron pleitesía en su última visita.

Señor Sánchez, DERRIBE USTED LOS MUROS DE LA MARETA y hágalo antes de acabar sus vacaciones, derríbelos y observe a su alrededor. Trabaje en lo que es su obligación y acabe ya con los agravios hacia esta tierra.

Echedey Eugenio, secretario de Organización de Coalición Canaria en Lanzarote

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