Como muestra, un carril bici

Las obras han causado un importante perjuicio a los comerciantes de la zona y han dejado sin aparcamientos a trabajadores y residentes pero, encima, ni siquiera convencen a los ciclistas. Ésa es la triste realidad del nuevo ...


Las obras han causado un importante perjuicio a los comerciantes de la zona y han dejado sin aparcamientos a trabajadores y residentes pero, encima, ni siquiera convencen a los ciclistas. Ésa es la triste realidad del nuevo ...

Las obras han causado un importante perjuicio a los comerciantes de la zona y han dejado sin aparcamientos a trabajadores y residentes pero, encima, ni siquiera convencen a los ciclistas. Ésa es la triste realidad del nuevo carril bici de El Reducto, que se ha convertido en una muestra más de la escasa lucidez con la que se afrontan las obras públicas en esta isla.

En este caso, el Cabildo adjudicó el proyecto cuando sin siquiera había informado de que pretendía realizarlo. Y eso que no sólo implica la construcción de un carril bici, sino también una transformación de un punto clave de la avenida marítima de la capital, donde se han ensanchado aceras, se han eliminado aparcamientos y se pretende cambiar el tráfico y el sentido de circulación en algunos tramos.

El 6 de octubre de 2011, cuando La Voz ya había conseguido desvelar este proyecto, el Cabildo convocó por primera vez a los medios y habló de esta obra. Pero lo hizo en un acto organizado en realidad para firmar el acta de replanteo. Es decir, para dar luz verde a la empresa adjudicataria para empezar los trabajos, por un importe de 212.000 euros.

Cinco meses después, la obra ya ha cobrado forma (aunque los trabajos continúan en el último tramo), y el resultado desde luego es sorprendente. Y no precisamente para bien. Los usuarios de ese carril bici y los clubes de ciclistas de la isla critican la falta de señalización pero, sobre todo, nadie se explica un detalle esencial: ¿a quién se le ocurrió la brillante idea de poner adoquines en un carril bici?

Desde luego, cualquiera que utilice una bicicleta, o especialmente unos patines, para los que también están diseñadas este tipo de vías, es consciente de lo absurdo de esta decisión. Obviamente, para ellos, es mejor esto que nada, pero puestos a acometer una obra que ha perjudicado a todas las demás personas que viven o trabajan en esa zona, y que encima ha supuesto un gasto de más de 200.000 euros, ¿no se podía haber hecho al menos bien? ¿Tanto costaba haber puesto, como en la mayoría de los carriles bicis del mundo, un pavimento liso que facilitara la circulación, y que no sometiera a los usuarios a ir dando saltos por los adoquines?

Desgraciadamente, esto es sólo un ejemplo. De hecho, la inmensa mayoría de las obras que se realizan en la isla terminan siendo una fuente de problemas. Desde plazos que no se cumplen, hasta defectos en la construcción o diseños mal planificados.

Otro caso cercano, que también implicó la creación de un carril bici, se puede encontrar en la avenida de las playas de Puerto del Carmen. Más allá del debate sobre si esta obra, que también recibió duras críticas de los empresarios de la zona, ha sido beneficiosa o perjudicial, lo concreto es que poco después de inaugurarla, tuvieron que rectificar. Y no un pequeño detalle, no. Nada menos que el sentido de la circulación.

Tras dejar un solo carril y una dirección única, se dieron cuenta de que el sentido que habían elegido no era el correcto, y decidieron cambiarlo. Y eso, supuso volver a pintar las señalizaciones del asfalto, emborronando las que ya no servían y dando un barniz de chapuza a una obra recién estrenada.

A estos, se podrían sumar muchísimos más casos. Desde el nuevo muelle de cruceros de Arrecife, que casi ni ha empezado a funcionar y ya se ha quedado pequeño; hasta unas obras en el auditorio de Los Jameos que van camino de la década y que no sólo no han resuelto el problema de impermeabilización de la bóveda sino que, además, han creado otro, con un descomunal agujero en una zona protegida que ahora hay que tapar.

Y eso, sin olvidar capítulos como el de las obras pluviales que se realizaron en Arrecife, y que quedaron en evidencia durante las lluvias del pasado invierno (este año, al menos, la sequía ha ayudado a los vecinos a librarse de las habituales inundaciones), o el inexplicable caso de la estación de guaguas de la capital.

Las obras para remodelarla tendrían que haber terminado en septiembre de 2010, pero un año y medio después, la estación continúa cerrada. En marzo de 2011, cuando las obras debían llevar medio año terminadas, la empresa renunció a concluirlas por problemas económicos. El Cabildo aseguró entonces que asumiría directamente los trabajos que restaban y que estarían terminados a finales de mayo. De ese último plazo hace ya once meses, y la estación aún no ha abierto sus puertas.

Además, a esto hay que sumar el capítulo económico. Y es que la obra se adjudicó inicialmente a la empresa B. Navarro Construcciones S.L por 546.000 euros, pero después el Cabildo aprobó dos modificados, que suponían pagarle casi 900.000. De esto, también hay infinitos ejemplos en las obras que se realizan en Lanzarote. Milagrosamente, después de realizar un concurso y adjudicar una obra, los presupuestos se multiplican.

El último caso se está viviendo ahora, y los perjudicados van a ser los alumnos que estaban esperando incorporarse en el próximo curso al instituto de Costa Teguise. La obra, que debía estar en la recta final, está actualmente parada. Según la Consejería, la empresa adjudicataria está intentando ampliar el presupuesto con un modificado del proyecto. Desgraciadamente, la historia de nunca acabar.

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