La melodía suave del saxo suena. Ese saxo inconfundible, el de “Baker Street”, que siempre me ha parecido el sonido de la nostalgia: de alguien caminando solo por una calle larga, buscando una salida, buscando algo.
El sacacorchos ha hecho su trabajo. Una copa de vino descansa a mi lado mientras el compás avanza, y esa voz casi angelical empieza a sonar.
Así comienza mi festividad de San Valentín, solo, en aquella habitación.
A priori, sonará triste: un día donde el amor está en todas partes, donde las parejas están alegres, los novios se regalan rosas y comparten risas como si el mundo entero estuviera hecho para dos. Pero lo cierto es que no es así. Me miro al espejo y veo algo bello. Algo construido ladrillo a ladrillo, lentamente, con paciencia. Desde esa nueva sonrisa bajo un viejo y conocido bigote.
Durante mucho tiempo pensé que estar solo en un día como este era sinónimo de vacío. Pero he aprendido que también puede ser sinónimo de encuentro. Por fin me he ido enseñando a quererme, a valorarme, a entender que soy tan preciado como cualquiera.
Este San Valentín no lo paso solo. Lo paso conmigo.
Y entonces, con la copa en la mano, creo que es hora… de brindar. Y como dice Kanye West en su canción Runaway:
"Así que creo que ya es hora de brindar.
Brindemos por los idiotas.
Brindemos por los imbéciles.
Brindemos por los miserables.
Por cada uno de ellos que conozco.
Brindemos por los que actúan como completos estúpidos."
Porque, al final, también hay algo de eso en nosotros: en nuestras versiones rotas, en nuestros errores, en todo lo que no supimos hacer bien.
Pero incluso así… incluso con todo lo vivido, con todo lo que dolió, con cada caída y cada noche larga… Aquí estoy.
Este San Valentín no lo paso solo:
lo paso a mi lado.









