Se escuchaba el silencio, ese 8 de marzo

4 de marzo de 2026 (16:32 WET)

La víspera del 8 de marzo me quedé un rato más en el colegio. No para preparar nada “bonito”, sino para pensar qué mensaje merece de verdad un día como este cuando trabajas con niños: uno que no se olvide al salir por la puerta.

El 8M me recuerda que educar no es solo enseñar contenidos. Educamos cuando dejamos pasar una broma que humilla, cuando repartimos tareas “por costumbre”, cuando pedimos a una niña que sea prudente y a un niño que sea valiente, como si vinieran ya escritos por dentro. Y educamos también cuando hacemos lo contrario: cuando corregimos con calma, cuando nombramos el respeto sin miedo a quedar intensos, cuando mostramos que cuidar a otros no es “ayudar”, es hacerse cargo.

Escuché la conversación de varios niños, en el patio, hablaban de los cambios que harían a partir de ese día, no volverían a decir, que las niñas no saben jugar al fútbol y que tampoco podrían decir; que es de niñas, llorar, cuando un niño lo hacía. 

Ojalá este día sirva para algo muy concreto: para mirarnos con honestidad. ¿Qué aprenden de nosotros cuando ven quién escucha más en casa, quién se disculpa, quién carga con lo invisible, quién puede enfadarse sin consecuencias y quién tiene que aguantar? La igualdad no va de competir; va de dignidad. Va de que nadie tenga que encogerse para que otro se sienta grande.

Y también va de los chicos. A muchos se les ha enseñado a esconder lo que sienten, a confundirse: fuerza con dureza, respeto con silencio, hombría con aguante. Eso no es un privilegio, es una trampa. Un hombre que acompaña, que cuida, que habla claro y que llora si lo necesita, no pierde nada valioso; gana humanidad, y da a los suyos una vida más limpia.

En el aula, en el patio, en casa, el cambio casi siempre empieza pequeño: una frase que frenamos, una tarea que repartimos de otra manera, una mirada que no juzga, un “te creo”, un “no es normal”, un “así no”. Si el 8 de marzo nos empuja a sostener esos gestos el resto del año, entonces sí: habrá servido.

Que ninguna niña aprenda a aguantar por sistema. Que ningún niño crea que sentir es vergonzoso. Que el respeto deje de ser un tema de un día y se convierta en costumbre. Y que recordemos algo simple: la dignidad no se negocia, se reconoce.

La igualdad se trabaja en casa, desde un almuerzo familiar , donde no se debería decir, eso es cosa de niñas, al preparar la mesa. Es muy gratificante tener amigos sensibles, hombres que escuchan y  no preguntan.

Me siento muy orgullosa de mis compañeros y compañeras, cuando veo el esfuerzo realizado con los alumnos, ese día donde la empatía es la protagonista.  Una semilla que germine con  la esperanza.

Acabo este artículo añadiendo que ese día celebro mi segunda maternidad y que me impactó mucho, llegar a Vladivostok, justo el día grande donde se celebraba el día de la mujer, no solo celebro mi maternidad sino que Katya, mi otra hija forma parte de la vida de mi hijo mayor; siendo su mujer. 

Me gustaría que algún día; hablásemos de personas y no, de hombres y mujeres. Ese día ya dejaríamos de reivindicar y sería para celebrar. Mientras tanto sigamos caminando juntas y acompañándonos.

Nací de un padre y una madre, éramos un equipo, sin distinciones de sexo, siempre al unísono,  como latían nuestros corazones. 

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