Hay trabajos que no ocupan titulares, que no aparecen en estadísticas llamativas ni se miden en beneficios económicos, pero que sostienen silenciosamente la vida de una comunidad entera. Hoy quiero detenerme en ellos. Quiero hablar de las personas que, en Lanzarote, trabajan cada día con fines sociales en todos los sectores, y expresar algo que a veces damos por hecho y pocas veces decimos en voz alta: gracias.
Gracias a quienes acompañan a personas mayores que viven solas y convierten una visita en un espacio de dignidad. A quienes atienden a mujeres que atraviesan situaciones de violencia y encuentran la manera de sostener el dolor sin perder la esperanza. A quienes trabajan con infancia vulnerable, con juventud en riesgo, con personas con discapacidad, con quienes atraviesan dificultades en salud mental o exclusión social. Gracias a quienes están en primera línea y también a quienes, desde la gestión y la coordinación, hacen posible que los recursos existan y funcionen.
Trabajar en el ámbito social en una isla pequeña como la nuestra tiene un valor añadido. Aquí nos conocemos, compartimos espacios, coincidimos en los colegios, en los centros de salud, en la calle. El impacto del trabajo no es abstracto: tiene nombre y apellidos. Y, precisamente por eso, la responsabilidad es mayor. Cada intervención, cada reunión, cada proyecto diseñado repercute directamente en la vida de personas con las que nos volvemos a cruzar al día siguiente.
Lo social no es solo una profesión; es una forma de compromiso con la comunidad. Es escuchar cuando el tiempo escasea, es mediar cuando el conflicto parece enquistado, es acompañar procesos largos y complejos, es sostener emocionalmente sin perder la objetividad. Es, en muchas ocasiones, trabajar desde la escasez de recursos, desde la sobrecarga, desde la burocracia que a veces asfixia, pero sin renunciar a la vocación de servicio y a la convicción de que cada pequeño avance cuenta.
En demasiadas ocasiones, el trabajo social solo se visibiliza cuando ocurre una tragedia o cuando los datos son alarmantes. Sin embargo, el verdadero valor está en lo cotidiano: en las horas de escucha, en las coordinaciones invisibles entre profesionales, en los informes que justifican proyectos, en la búsqueda constante de financiación, en los talleres que fortalecen a las familias, en las redes que se tejen entre entidades. Todo eso no es accesorio; es la base que evita que muchas situaciones se agraven.
En Lanzarote contamos con un tejido humano comprometido, en el ámbito asociativo, que entiende que la cohesión social no es un lujo, sino una necesidad. Cuando un recurso funciona adecuadamente, cuando una entidad acompaña con profesionalidad y humanidad, cuando los equipos se coordinan y suman esfuerzos, no solo se está ayudando a una persona concreta: se está fortaleciendo la comunidad entera.
Por eso este reconocimiento no debería ser excepcional ni puntual. Debería formar parte de nuestra cultura colectiva. Reconocer que el trabajo social es inversión en bienestar, en prevención, en derechos y en justicia social. Reconocer que cuidar también es construir futuro.
Quiero que estas palabras sirvan como un gesto de gratitud sincero hacia todas las personas que, desde diferentes ámbitos y responsabilidades, eligen cada día estar al lado de quienes más lo necesitan. Porque sostener a otros requiere fortaleza, preparación y una enorme humanidad.
La isla no se sostiene solo con infraestructuras o cifras económicas. Se sostiene, sobre todo, con personas comprometidas que creen en una sociedad más justa y trabajan para hacerla posible. Y eso, aunque no siempre se vea, marca la diferencia.
Gracias por elegir cuidar. Gracias por elegir acompañar. Gracias por sostener lo invisible.








