Auriculares grandes para infancias rotas

13 de febrero de 2026 (06:24 WET)

He visto un reportaje que me enviaron y pensé que era cualquier noticia, pero al ver a un niño sentado delante de un juez, me hizo detenerme. Una sala de sillas grandes y un juez mirando de frente a un niño que no tendría más de 5 añitos. Llevaba unos auriculares más grandes que su propia cabecita. Sus diminutos pies no tocaban el suelo. Aquellas manitas inocentes apoyadas en la mesa casi ni se veían.

El juez preguntaba y el niño, serio, no se movía, no lloraba; asentía con su cabeza sin saber de qué le estaban hablando.

Los comentarios de ese video había de todo: burlas, opiniones políticas. Yo me quedé pensando: ¿y ese niño es un instrumento de debate? Era un niño; eso me dolió mucho.

Un niño que entra en una sala donde nadie se agacha a su altura, donde escucha palabras como: deportación, proceso.

En los comentarios del vídeo había discusiones, opiniones políticas, enfados, burlas, apoyos. Pero el niño no era un debate. Era un niño. Y eso fue lo que más me golpeó.

 Demasiado pequeño para entender

Después de ver ese vídeo, imaginé lo que podía sentir un niño pequeño en una sala donde nadie se agacha a su altura para hablarle, escuchando palabras como “deportación”.

Los niños no entienden de fronteras ni de leyes migratorias; solo entienden de miedo, de ausencia.

Muchos de estos niños cruzaron fronteras huyendo de la violencia, de una pobreza extrema; otros querían reunirse con sus padres. Pero, en el momento en que esas criaturas son detenidas, entran en un sistema legal pensado solo para adultos, no para niños. El juez les pregunta si tienen abogado; esa incongruencia de preguntar a un niño si tiene abogado, no la comprendo.  

¿Cómo puede un niño pequeño tener un abogado? No conoce el idioma, no sabe leer o, peor aún, desconoce lo que está en juego. Sin abogado o representación legal, las probabilidades de que sean deportados aumentan drásticamente. Y una deportación no es solo cambiar geográficamente de lugar; es volver al lugar del que huyeron, al peligro y al trauma. Eso no se ve en el vídeo.

Qué terrible para un niño verse en un centro de detención. No se ve el miedo a no volver a estar con sus padres.

Los niños necesitan estabilidad, seguridad emocional; no pueden vivir bajo amenazas constantes. Necesitan seguridad emocional. Cuando un niño vive bajo amenaza constante de expulsión e incertidumbre, su mente y su cuerpo entran en estado de alerta permanente. Ese estrés deja huellas: miedo, problemas para confiar en los adultos.

Y lo más terrible es que, a veces, se sienten culpables, como si estuvieran siendo castigados. No es una cifra; es una vida.

En los periódicos aparece en letras grandes: “9 de cada 10 son deportados y no tienen abogados”. Pero detrás de cada número hay una historia terrible: niños que dejaron sus juguetes, niños que no entienden por qué los llaman por un número en vez de por su nombre.

Un pequeño que aprende demasiado pronto lo que significa la palabra “deportación”. Es fácil convertirlo en estadística, pero mirarlo a los ojos es más difícil.

Lo verdaderamente terrible no es ese juicio, sino que su infancia se interrumpe. La justicia, que debería protegerlos, se convierte en un lugar frío. Sentarlos delante de un juez cuando deberían estar aprendiendo a leer, preguntando por qué el cielo es azul o por qué el mar es inmenso. Vulnerabilidad máxima frente a un sistema diseñado solo para adultos.

A veces los periódicos o los videos nos muestran cosas que duran apenas unos segundos, pero hay imágenes que no deberían desaparecer con el siguiente deslizamiento de la pantalla.

Porque no son solo vídeos, sino realidades y niños.

Estados Unidos se define como la tierra de la libertad, un país construido por inmigrantes y considerado un sistema que garantiza igualdad ante la ley. Pero igualdad no significa tratar igual a quienes son desiguales en poder, capacidad y edad. Un niño no es igual a un adulto frente a un tribunal; creo que eso está claro.

Cuando el sistema no adapta sus mecanismos para proteger a la infancia, deja de ser neutral. Se vuelve desigual; una desigualdad que recae sobre los más indefensos.

Lo verdaderamente terrible no es deportar; es normalizar.

Es que una sociedad vea a un niño sentado ante un juez y lo convierta en parte del debate político.

Es que la discusión se centre en fronteras y estadísticas mientras la infancia queda reducida a expediente.Es que la ley se aplique sin humanidad.

Un país puede tener instituciones fuertes. Puede tener una economía poderosa. Puede tener una larga tradición jurídica.

Pero la medida moral de cualquier sistema no se observa en cómo trata a los fuertes, sino en cómo trata a los más vulnerables.

Y cuando ese niño de cinco años necesita auriculares para entender el idioma en el que están decidiendo su futuro, algo fallido está ocurriendo.

¿Puede llamarse justo un sistema que permite que un niño se defienda solo ante el Estado? No lo puedo entender.

La legalidad no siempre equivale a justicia ni a ser justos. El vídeo duraba menos de un minuto, pero la realidad que vi pesa muchísimo más.

Es un niño. Y no olvidemos que los derechos humanos no son un privilegio nacional; son una obligación universal, eso deberíamos marcarlo a fuego.

Un niño no debería cargar con el peso de nuestras fronteras, nuestras leyes o nuestras ideologías. Un niño debería cargar mochilas llenas de libros  y de abrazos, no de miedo.

Por favor, no lo hagan, no normalicemos lo que duele. Que no sea un espectáculo, la vulnerabilidad , no permitamos que la costumbre nos robe la compasión, miremos con   empatía. Que las leyes in compasión se vuelven e rígidas. Que el progreso sin sensibilidad u sin cariñosa vuelve vacío.

Estamos perdiendo la humanidad…pero también podemos recuperarla. Creo que la medida moral de la sociedad no se mide como tratamos a los fuertes, sino en cómo abrazamos a los más frágiles.

Si los niños tiemblan la humanidad, debe temblar con ellos. Y como nos dice Daniel Goleman,

 “La verdadera compasión significa, no solo sentir el dolor del otro, sino comprometerse a aliviarlo”.

 

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