Centros pequeños en zonas rurales: el modelo de Aragón para adolescentes llegados en patera a Canarias

Muchos de estos jóvenes acaban encontrando trabajo y se quedan en las comarcas donde se han formado

18 de marzo de 2026 (08:42 WET)
Actualizado el 18 de marzo de 2026 (09:44 WET)
Salvamento Marítimo rescata una embarcación este diciembre. Foto: Juan Mateos.
Salvamento Marítimo rescata una embarcación este diciembre. Foto: Juan Mateos.

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Los menores migrantes que llegan a Aragón dentro del sistema estatal de reubicación comienzan a “recuperar su adolescencia” tras su acogida, cuando acceden a formación, conviven en pequeños hogares y tienen oportunidades de integración después de un proceso migratorio que les obligó a asumir responsabilidades propias de adultos, según explica a EFE la organización Accem.

Este 18 de marzo se cumple un año de la aprobación del Real Decreto-Ley 2/2025, la norma con la que el Gobierno impulsó la reubicación obligatoria de menores migrantes llegados a territorios con fuerte presión migratoria como Canarias, Ceuta y Melilla. Un año después, Aragón ha acogido a 84 jóvenes trasladados dentro de este mecanismo.

Según datos del Gobierno de Aragón, de esos 84 menores, 57 proceden de Canarias, 23 de Ceuta y 4 de Melilla. La comunidad trabaja con una previsión inicial de 214 plazas asignadas en el reparto estatal, después de que en distintas fases del proceso se manejaran estimaciones diferentes.

La llegada de los jóvenes no comenzó hasta meses después de aprobarse la norma, ya que los expedientes de traslado empezaron a recibirse en septiembre de 2025 y los primeros menores llegaron a Aragón en octubre. 

Desde entonces, además de los traslados realizados, se han archivado 42 expedientes por distintas razones: desde errores en la asignación a comunidades autónomas hasta situaciones en las que el menor había encontrado trabajo, alcanzado la mayoría de edad o se encontraba cumpliendo medidas de internamiento.

La reubicación de estos jóvenes forma parte también del desarrollo del Real Decreto 658/2025, que estableció un plazo máximo de un año desde la entrada en vigor de la primera norma —el 20 de marzo de 2025— para completar los traslados.

 

Protección e integración social y laboral 

Más allá de las cifras, el proceso ha supuesto la llegada de adolescentes y jóvenes a centros de acogida y pequeños hogares repartidos por el territorio.

La organización Accem, que trabaja en la atención a estas personas, destaca que la mayoría de los menores que ellos atienden están cerca de cumplir los 18 años, por lo que la intervención se orienta no solo a su protección, sino también a su inserción social y laboral.

La responsable territorial de Accem en Aragón y Navarra, Julia Ortega, explica que durante estos meses se han ido recibiendo jóvenes procedentes de los territorios más tensionados del sistema de acogida. El trabajo con ellos, señala, se centra en que adquieran habilidades para desenvolverse en su nuevo entorno y en facilitar su acceso a formación y empleo.

 

Apuesta por el medio rural 

Uno de los elementos distintivos del modelo aplicado en Aragón es la apuesta por el medio rural. Accem prioriza pequeños centros de convivencia que reproducen un entorno familiar frente a grandes instalaciones. “Creemos que, aunque el medio rural presenta dificultades, las ventajas son mayores”, explica Ortega, quien destaca que la menor saturación de los recursos formativos en los pueblos facilita la integración.

No obstante, la adaptación inicial no siempre es sencilla. Muchos jóvenes, como cualquier adolescente, imaginan su futuro en grandes ciudades pero con el tiempo, asegura la responsable de Accem, la percepción cambia al descubrir las oportunidades de formación y empleo que ofrecen los municipios pequeños y la acogida de sus vecinos.

El mayor obstáculo, reconoce, suele ser el rechazo inicial o el miedo que puede aparecer en algunas comunidades por desconocimiento. Por eso el trabajo de las entidades no se limita a los jóvenes, sino que también incluye diálogo con ayuntamientos y vecinos para favorecer la convivencia.

Pese a esas dificultades iniciales, Ortega asegura que la experiencia demuestra que los pueblos terminan siendo receptivos. Muchos de estos jóvenes acaban encontrando trabajo y se quedan en las comarcas donde se han formado.

“Lo más bonito es ver cómo recuperan su adolescencia”, señala. Después de un proceso migratorio que les obligó a tomar decisiones propias de adultos, añade, muchos vuelven a vivir “como lo que son: chicos muy jóvenes con ganas de empezar de nuevo”. 
 

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