Trump, la Doctrina Monroe y el regreso del mundo por zonas de influencia

8 de enero de 2026 (19:35 WET)
Actualizado el 8 de enero de 2026 (19:35 WET)

Hay dirigentes que gobiernan con discursos. Otros, con decretos. Donald Trump gobierna con una idea muy concreta del poder: el que manda decide y el resto se adapta. Por eso su política exterior no es una sucesión de ocurrencias, sino la reaparición de una vieja lógica imperial que muchos creían superada: la Doctrina Monroe.

No hace falta que la cite. La aplica. América para los americanos y, fuera de ese perímetro, relaciones basadas en la fuerza, no en las reglas. El multilateralismo molesta porque obliga a negociar; los tratados estorban porque limitan; los aliados cansan porque preguntan. Trump prefiere un mundo sin árbitros, donde el peso económico y militar sustituye al derecho internacional.

La retirada de Estados Unidos de organismos y acuerdos globales no responde a un arrebato ideológico, sino a una estrategia clara: eliminar marcos comunes para negociar desde la superioridad. Menos reglas, más margen. Menos compromisos, más imposición. El resultado no es orden, es incertidumbre global.

La Doctrina Monroe nació en 1823 como advertencia a Europa. Con el tiempo se convirtió en una licencia para intervenir en América Latina. Hoy regresa actualizada: América como zona de influencia directa, Europa como socio subordinado, África como espacio de disputa y Asia como frente de contención frente a China. No es cooperación internacional; es geopolítica de patios traseros.

En ese esquema, la Unión Europea deja de ser aliada estratégica para convertirse en un actor incómodo. Regulación ambiental, derechos laborales, protección de datos o fiscalidad a multinacionales chocan con una visión donde el mercado manda y el Estado estorba. Cuando Trump amenaza con aranceles, abandona acuerdos o exige alineamiento automático, el mensaje es claro: no son aliados, son parte del paisaje.

Pero el problema europeo no está solo fuera. También está dentro. La UE afronta una debilidad estructural: el auge de partidos de extrema derecha que no solo cuestionan el proyecto europeo, sino que se plegarían sin complejos a Trump. No lo ocultan. Admiran su estilo, reproducen su retórica y asumen su visión del mundo.

Estos partidos se envuelven en banderas nacionales mientras renuncian a la soberanía real, que hoy solo puede ejercerse de forma colectiva. Critican a Bruselas, pero aceptarían sin pestañear una Europa fragmentada y dependiente, perfecta para ser negociada país a país desde Washington.

La lógica de Trump no se queda fuera de casa. La dureza creciente en la política migratoria y el uso cada vez más agresivo de la fuerza estatal transmiten la misma idea: la autoridad no se discute, se impone.

Europa sigue reaccionando con comunicados educados. Trump entiende algo que la UE aún se resiste a asumir: divididos, somos negociables. Y más aún cuando parte de sus propias fuerzas políticas trabajan activamente para esa división.

El dilema es sencillo y brutal. O Europa acepta el coste de convertirse en actor global o asume su progresiva irrelevancia en un mundo que vuelve a organizarse por zonas de influencia.

Porque en el nuevo orden global hay una norma no escrita, pero muy clara: quien no define su espacio, acaba siendo el espacio de otros.
 

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