Hay ocasiones en las que parece que Lanzarote no debiera figurar en ningún mapa. Como si su existencia dependiera de quien la observe. De quien la considere. De quien se exponga.
En Lanzarote no hay dónde esconder la mirada. La tierra, repleta de cicatrices, calla más que habla, y el cielo, a veces arrugado, a veces inabarcable, parece pintado por surrealistas belgas.
Y luego está el viento, que no refresca ni molesta: educa. Enseña a bajar la voz, a caminar recto, a no discutir. Se entromete en los patios, en los pulmones y en las conversaciones. Desordena el paisaje, que sigue siendo el mismo. Y los peinados, que ya no tanto.
La luz también tiene lo suyo. Marca los perfiles con escuadra y cartabón y convierte el mediodía en una forma de intemperie. Por la noche, la sustituye el silencio. Pero el viento permanece.
En Lanzarote, las casas no se dan codazos entre sí, las distancias son de otra época, las parras crecen como secretos inconfesables y los caminos parecen pensados para no llamar la atención. El forastero que aterriza buscando colores, salitre y piñas coladas acaba entendiendo que en la isla lo importante es la forma en que las cosas no cambian. Por eso, el que se queda no lo hace porque encuentre nada, sino porque deja de buscarlo.
En cambio, los lugareños aprenden desde niños a buscar sombra con pillería y agua con respeto. También hacen ruido, pero dura poco. El viento se lo lleva. Y a veces, incluso a ellos.
Porque si cada día se parece al anterior, no es por monotonía sino por coherencia.
Porque el paisaje en Lanzarote nunca termina de parecer real. Es una isla hecha de renuncias bien llevadas. Como si alguien hubiese quitado demasiadas cosas y, aun así, no echaras nada en falta.
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