Han cantado bingo

20 de febrero de 2026 (16:12 WET)

El éxito de ventas de Han cantado bingo (Reservoir Books, 2025) confirma algo que muchos lectores intuíamos desde las primeras páginas: la literatura de Lana Corujo emociona. Que esta historia de infancia haya conectado con un público amplio no es casualidad; responde a una tradición viva y a una manera de contar que hunde sus raíces en la memoria insular y, al mismo tiempo, dialoga con grandes voces de la literatura española. 

En el centro de la novela, una pérdida. Desde el comienzo late una infancia atravesada por la precariedad afectiva y la imaginación como forma de resistencia. En ese sentido, Corujo se inscribe en una genealogía canaria que podríamos considerar que comienza con Nivaria Tejera y llega hasta Andrea Abreu y otras escritoras posteriores: autoras que han convertido la niñez en un espacio de revelación, donde la violencia estructural y la belleza conviven sin filtros. 

Como ocurría con El barranco (1959) de Nivaria Tejera y con la atmósfera densa de Panza de burro (2020) de Andrea Abreu, el paisaje en Han cantado bingo no es un simple escenario, sino una estructura simbólica que moldea la experiencia infantil. El barranco en Tejera es hendidura. La infancia, atravesada por la guerra y el exilio, se inscribe en un paisaje abrupto que parece absorber y devolver las voces del pasado. La panza de burro en Abreu es nube baja que oprime y distorsiona la percepción del mundo. El volcán de Lana Corujo, por su parte, es superficie aparentemente redonda pero arrasada por detrás, herida mineral que refleja la fractura familiar. En los tres casos, el territorio o la naturaleza actúan como espejo emocional y archivo del trauma: la geografía insular no acompaña la historia, la determina. 

Pero el éxito de Han cantado bingo también se explica por su capacidad de enlazar esa tradición insular con otra más amplia. Hay en sus páginas ecos de Carmen Martín Gaite y Ana María Matute: la infancia como territorio ambiguo y la presencia de lo extraordinario infiltrándose en lo cotidiano. El don familiar que permite comunicarse con la hermana fallecida en Han cantado bingo no se presenta como un artificio fantástico por su autora, sino como una prolongación natural del duelo. Lo mágico no rompe la realidad; la expande. En esa naturalización de lo invisible hay una afinidad con la atmósfera de El cuarto de atrás o Retahílas o con la intensidad simbólica de Primera memoria. 

La novela dialoga también, de manera soterrada, con la dimensión mítica del paisaje que encontramos en Mararía, de Rafael Arozarena. Allí, el territorio volcánico es una fuerza determinante, en Han cantado bingo, el volcán llamado “El Ahorcado” funciona como símbolo absoluto de una estructura familiar aparentemente compacta pero devastada por dentro. Como la Bahía de los Ahogados (o Bahía de Ávila) en Arozarena, el paisaje se convierte en umbral entre vivos y muertos. La isla guarda memoria. Sin embargo, hay una diferencia tonal: en Mararía, la bahía tiene un matiz más legendario, casi mítico; En Han cantado bingo, el volcán está más ligado al trauma íntimo y a la estructura familiar.

El volcán, con su nombre cargado de resonancias trágicas, condensa la idea de suspensión y de herida. Y el jable —esa arena que se desplaza y nunca permanece fija— añade otra capa simbólica: la identidad como territorio movedizo, la infancia como suelo inestable. Nada es completamente sólido en la novela, salvo la certeza de que el paisaje moldea a quienes lo habitan. ¿La geografía insular es destino? 

Otro de los grandes aciertos del libro, y quizá una de las claves de su éxito, es el uso de la lengua y de las costumbres populares. Las referencias al bingo, a la verbena, el uso de un léxico propio, la oralidad que respira: todo ello construye una comunidad reconocible. El grito de “¡bingo!” es celebración, pero también se convierte en metáfora del azar que rige la vida. El dinamismo y el juego que nos propone la autora, con ecos cortazarianos, es una invitación a leer desde la sospecha y la complicidad. 

Que una novela tan arraigada en lo local haya alcanzado un éxito de ventas notable es motivo de celebración colectiva. Demuestra que las historias situadas, escritas desde la verdad de un territorio, de nuestra querida isla de Lanzarote, desde una memoria concreta, pueden interpelar a lectores de cualquier lugar. Desde aquí, la felicitación a Lana Corujo no es solo por las cifras —que también—, sino por haber logrado que una historia de infancia, con Lanzarote al fondo, se convierta en un acontecimiento literario.

 

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