22/jul./2019

España peninsular

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Yo conozco una España. La peninsular.

Amplia, hermosa y conmigo siempre generosa, desde la costa a sus montañas.

He sentido su frío y su calor en mis entrañas.

He dormido en iglesias, masías, cortijos, molinos, alpendes, estaciones, caseríos, palacios, barracas, pajeros y en una mezquita en Toledo.

He paseado por las oscuras y medievales callejuelas de Cáceres.

Y por las azoteas de góticas catedrales.

Me han despertado desencajado toros y vampiros. En lugares que olvido.

He caminado La Mancha en días sin tiempo, desde Cuenca a Andalucía.

Que es como caminar por el suelo y por hojas de libros de historias de otros días.

He llevado paso a paso a Covadonga saludos de Roncesvalles. Y de Covadonga a Santiago.

Tengo genes murcianos.

Y aventuras de todo tipo por el levante.

Conozco y siento Madrid como mi pueblo.

Y recorrí la nieve por primera vez en mi vida desde la costa cantábrica hasta el Ebro riojano.

Subí andando el río Deva y atravesé todos los Picos de Europa a pelo.

He descansado en monasterios de lugares inauditos por su belleza y su silencio.

He rolado por Galicia, por sus costas y por sus muertos.

He sido fantasma en catedrales de aquí y allá y en castillos abandonados.

Y lobo en sus bosques. Y solo, solo en muchos lados.

Y he tenido pistola en mi pecho. Amenaza de hecho.

He perdido el sentido de todo, en la belleza de las llanuras de Castilla.

Me han hablado las tormentas en el Pirineo.

Y soñado en el viejo puerto de Bilbao.

He comido bellotas y grano de trigo, caminando sobre el suelo helado.

Fui acogido en algunos pechos, donde fui aprendiendo lo de amar y ser amado.

Y sobre todo a no ir de despabilado.

Con o sin lecho con o sin techo.

Conocí hombres nobles y valientes con los que caminé y permanecí sentado.

Y locos y locas desesperados.

He mirado ojos fenicios, celtas, íberos, cartagineses, romanos, árabes, godos. Ojos de todos lados. Hasta quizás de linajes majos robados.

Conozco las mismas estrellas que cubren su cielo desde tantos sitios como estrellas he contado.

He penetrado en su historia a través de cuevas y piedras agrietadas. Y también de cuadros y obras sofisticadas.

He pasado por pueblos sumisos hasta decir basta y por otros valientes y libertarios más allá de mi asombro.

Y por otros muchos abandonados. Desahuciados, muertos, olvidados.

He conocido buenas monjas y putas buenas. Y curas marranos y macarras impensables.

Y no creo haber estado en algún lugar donde alguien no haya matado a alguien. Así sea el páramo más aislado.

Y más grande que la lista de sus pueblos, más grande son los motivos de la sangre.

He sentido como era invadida por el norte el este y el sur, una y mil veces en miles de años y como salía a invadir el mundo por el oeste.

En busca de nueva sangre, de más dolor. De conquistar, ser conquistado, reconquistar y ser reconquistado, así hasta siempre enrocados.

He dormido solo en la Alhambra de Granada, yo, de bautizo cristiano con los moros hermanado.

En las tres noches más deliciosas que ser humano haya soñado.

Y nunca supe si es que les gustaba la muerte o que odiaban la vida del otro.

Sea lo que sea, de un lado a otro sólo vi humanos.

Así que yo, un tanto catalán y otro murciano, puedo sentir en mis entrañas este envite, esta mano. Este golpe hecho de golpes pasados.

Amarillismo y sangre de uno y al otro lado. País de estafados.

Amplia y hermosa España peninsular.

 

Por Ginés Díaz Pallarés

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