Lanzarote parece haberse transformado en una maquinaria de facturación masiva donde el éxito económico convive con la asfixia de quienes la habitan. Se ha generado mucho dinero, pero a qué precio y para quién. La actual cultura de la explotación se asienta en una explotación sistémica del territorio, de los recursos públicos y del futuro de la población local.
Mientras el sector turístico celebra ingresos récord, la población local se hunde en una economía de subsistencia. Los salarios de la hostelería (motor de la isla) permanecen estancados frente a una inflación implacable. Esta es la base de la cultura de la explotación: extraer el valor del esfuerzo humano para alimentar un capital que, con frecuencia, ni tributa ni se reinvierte en nuestra tierra.
El conflicto de la vivienda representa el fallo sistémico de este modelo. La transformación descontrolada de hogares en productos vacacionales ha expulsado a los lanzaroteños de sus entornos, convirtiendo un derecho fundamental en un activo de especulación. No existe prosperidad real cuando la comunidad que sostiene los servicios básicos es desplazada hacia la precariedad.
A esto se suma la gestión de los recursos naturales, con el agua como punto crítico. Resulta inaceptable que los cortes de suministro en los hogares sean constantes. El agua se ha convertido en el símbolo de una jerarquía de prioridades perversa: el cliente externo siempre está por delante del ciudadano.
La saturación de las infraestructuras es la otra cara de esta crisis. Carreteras, sistemas de saneamiento y gestión de residuos están dimensionados para una población que el turismo triplica en la práctica. Este exceso degrada el patrimonio natural y agota el destino para maximizar el beneficio inmediato, ignorando las advertencias de un ecosistema frágil que ha llegado a su límite.
Finalmente, la cultura de la explotación se manifiesta en el uso manido del legado de Manrique. Se utiliza su estética y propósitos como un simple envoltorio publicitario para vender una exclusividad que el modelo de masas está destruyendo. Estamos explotando su nombre hasta la extenuación, ignorando que el límite del territorio se alcanzó hace tiempo.
Lanzarote no puede presumir de éxito económico si el balance deja escasez de agua, alquileres inalcanzables y precariedad laboral. La prosperidad de la isla solo es real si garantiza la dignidad de su gente. De lo contrario, estamos ante una industria que ha olvidado que detrás de cada estadística hay una tierra y una sociedad que se agotan.








