(A Pablo Martín López, o como yo lo conocí: Paul Martin)
La vida es curiosa: a veces, sin previo aviso, hace magia. Tira las cartas y, aunque no parezca una baraja ganadora, termina siendo exactamente la que necesitabas. Aunque ganar no fuera el propósito.
A los diecisiete años escribí mis primeros versos. Eran los de un joven que atravesaba su primer amor, imitador entusiasta de los ecos becquerianos que me habitaban entonces y que, de algún modo, aún me habitan. Soñaba con dedicarme a la escritura desde niño, pero era un sueño que llevaba en silencio, como quien guarda algo frágil para que no se rompa al pronunciarlo.
Hasta que apareció él.
Aquel hombrecillo de tez morena y voz grave y pausada no solo explicaba literatura: la encendía. Donde otros veían temarios y comentarios de texto, él veía destino. Y en medio de una clase cualquiera, dijo lo que yo no me atrevía a decir en voz alta: que mi voz sería escuchada.
No me enseñó únicamente a analizar poemas ni a aprobar exámenes. Me enseñó a amar la literatura como quien ama una patria íntima. Y, más importante aún, me enseñó a vivir con dignidad; a no dejar que nada —ni siquiera una enfermedad cuando quiso oscurecerlo todo— me paralizara los pasos.
Con el tiempo entendí que Pablo se había convertido en mi Ramón Sijé, y yo, humildemente, en ese Miguel Hernández que habría escrito una elegía por él sin dudarlo.
Hoy escribo. Pero cada vez que lo hago, sigue estando allí aquel estudiante que necesitaba que alguien creyera primero.
Gracias, profe.
Por ser luz cuando yo aún no sabía nombrar la oscuridad.
Por apostar por mí antes de que yo aprendiera a hacerlo.









