21/feb./2020

La distopía del pin

La distopía del pin

Llevamos días enfrascados en la polémica sobre el pin parental, una suerte de botón virtual que apaga la pantalla educativa cada vez que los padres y las madres deciden que el contenido de la materia a impartir en el aula no es de su gusto.

Al margen de lo distópico del término, -¿imaginan a una legión de menores recibiendo las clases en línea desde sus dormitorios, sin necesitar quitarse el pijama, dar un paso o relacionarse con otros?- la respuesta que me parece más adecuada de las cientos que ha generado esta exigencia de los de VOX es la reducción al absurdo.

Ya lo he leído por ahí: Si los progenitores son republicanos, día libre al niño el día en que se habla de las monarquías: si son comunistas, nada de enseñanzas sobre el capitalismo; si son veganos, cuando se trate de la condición omnívora del ser humano te quedas en casa; nada de clase de historia de las religiones para los escolares de hogares ateos y si en la familia se defiende la homofobia, fuera la lección sobre diversidad sexual.

Es evidente que la enseñanza no se imparte a la carta. En esto, como en todo, solo los más pudientes podrán elegir el centro que se adapte como un guante a sus ideologías y convicciones, en el afán de que los descendientes hereden y defiendan los valores familiares. La construcción del espíritu crítico y del criterio personal parece ser algo de importancia menor entre los defensores del pin parental.

 

Pero en lo tocante a la educación, como en todo lo público, es la ciudadanía quien decide de común acuerdo el diseño de los contenidos lectivos. Lo hace a través de las urnas, designando a quienes se responsabilizarán de la tarea enorme de formar a nuestros menores y jóvenes, pilares de la sociedad futura.

Una sociedad que es diversa y plural, que piensa distinto pero que alcanza consensos, que progresa a través del diálogo, veganos y carnívoros, agnósticos y religiosos, republicanos y monárquicos, heteros y LGTBI…

Soy diputada pero también soy profesora. Y considero que además de los conocimientos y de la oferta de contenidos, la escuela enseña al alumnado a ser independiente, a reflexionar, a tener pensamiento crítico, a elegir sus valores e inquietudes, a reaccionar ante la injusticia, a analizar la información que recibe a diario, a respetar, a creer en la igualdad a querer bien y a vivir en paz.

Confiemos en que los pactos alcanzados en los gobiernos de Murcia, Andalucía y Madrid no obliguen a instaurar una censura educativa que nos sitúe en el universo de Fahrenheit 451… Por cierto, en los institutos de Lanzarote se lee a Ray Bradbury desde los 16 años. Nada como la literatura para hacer frente a la represión de las ideas.

 

Ariagona González, diputada del PSOE

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