DICE QUE LLEGÓ AL TRABAJO 15 MINUTOS TARDE Y CON UN PINCHAZO EN UNA RUEDA

Un vecino tilda de "desastre organizativo" el Ironman y denuncia los problemas por cortes de vías

Este residente en Puerto Calero se ha puesto en contacto con La Voz para explicar los problemas que sufrió este sábado con los cierres de carreteras

Un vecino tilda de "desastre organizativo" el Ironman y denuncia los problemas por cortes de vías
Un vecino tilda de "desastre organizativo" el Ironman y denuncia los problemas por cortes de vías

Un vecino de Puerto Calero, Aleddín Delacroix, se ha puesto en contacto con La Voz para denunciar los problemas que sufrió este sábado con motivo de la celebración del Ironman en la isla. El hombre ha calificado de "desastre organizativo" los cortes de carreteras por el evento y ha explicado el retraso que tuvo que padecer para llegar al trabajo, en su caso, así como los inconvenientes que también tuvieron otros residentes en la zona. Este es su relato:

 

Sábado 20 de mayo, 8:30 de la mañana.

Salgo de casa temprano, con una hora de antelación respecto al turno de entrada al trabajo. Normalmente, al vivir en Puerto Calero, tardo unos 25-30 minutos en llegar al Charco, con pequeñas variaciones dependiendo del tráfico. Pero hoy, claro, a causa del Ironman, ese trayecto rutinario, sin apenas contratiempos, se verá gravemente alterado. Nada más salir de la urbanización, al enfilar la primera rotonda, ya me encuentro con una valla que me impide el paso. "Bueno, me digo, iré por el otro camino…", pero cuando voy a girar a la izquierda frente al hotel para tomar la carretera que bordea la costa hasta Puerto del Carmen, sorpresa, otra valla me obstaculiza el acceso.

Como mi indignación va in crescendo (han taponado todas las salidas del pueblo), decido estacionar cerca y preguntarle a una de las voluntarias de la organización que, vestida con un chaleco reflectante y una señal de STOP, se dedica a prohibir la circulación de los vehículos. Cuando le explico la situación, que estoy atrapado en Puerto Calero porque han vallado todas las salidas y voy a llegar tarde al trabajo, se limita a decirme que son las normas del evento, impuestas desde la presidencia del Cabildo, y que si tengo algún problema vaya a reclamar allí. "¿Cómo, si no puedo salir de aquí? Y además, precisamente un sábado", pienso con ironía, "deben estar plenamente operativos en el Cabildo…". Ante la falta de soluciones de la voluntaria, decido telefonear a la Guardia Civil. Les explico lo mismo, y muy educadamente me responden que no es su problema, que llame a la Policía Local, que ellos llevan el tema. Marco dos números distintos (de Tías y de Pto. del Carmen), pero nadie responde, al primer o segundo tono salta un pitido, y no es el número de fax. Otros que no están operativos.

Llamo de nuevo al guardia civil y tras indicarle dónde estamos varios conductores inmovilizados, me tranquiliza diciéndome que mandará una patrulla. Aparte de mí, hay un coche lleno de extranjeros que quieren ir al aeropuerto porque de lo contrario perderán su vuelo y, sobre todo, un transportista que debe tomar un barco en Playa Blanca con rumbo a Fuerteventura para entregar su cargamento de palomas. Está aparcado en un camino junto a la rotonda, con su camioneta repleta de pájaros. Es quien más me preocupa y quien lo tiene más crudo para llegar a su destino, puesto que la carretera general (LZ-2) al sur de la isla está cortada en todos los tramos. Cuando, tras unos minutos de espera, llega el agente en moto, todos creemos que nos ofrecerá una solución, pero no es así. No atiende ni a ruegos ni a súplicas. Nos informa que "no se puede pasar, que es la ley", y que tendremos que esperar hasta la hora indicada. Le propongo que nos escolte a baja velocidad por el carril de ida, que está vacío (el otro, obviamente, está habilitado para el paso de los ciclistas de la prueba) y separado por una línea de conos, que no hay ningún peligro puesto que se respeta de sobra la distancia de seguridad de metro y medio, pero tampoco responde frente a este argumento. Se ciñe a la ley y ya está. Y yo me pregunto: ¿es legal cortar el tráfico durante un intervalo de tiempo de tres horas, de 7:30 a 10:30, sin dejar ninguna escapatoria a los habitantes de un municipio? ¿Debemos aplaudir como meros espectadores viendo desfilar a los ciclistas mientras llegamos tarde a nuestros trabajos o, lo que es mucho más grave, perdemos un avión o un barco? ¿Quién va a asumir esos gastos, la organización del Ironman, el Cabildo? ¿Alguien se hará responsable de reembolsar a los afectados el dinero y tiempo perdidos? Me pregunto qué hubiera ocurrido frente a una urgencia mayor, como por ejemplo una mujer de parto o un herido de gravedad, ¿las autoridades habrían dejado pasar a la ambulancia o se hubiese desangrado sobre el asfalto? Menudo espectáculo.

Tras mucho discutir y no conseguir nada, es un paisano quien nos ofrece una alternativa. Nos indica la existencia de una salida a través de un camino de tierra, girando a izquierda y derecha algo más arriba. Siguiendo diversas bifurcaciones, podremos llegar hasta el IES Yaiza, y a partir de ahí incorporarnos a la interminable cola de la LZ-2 procedente de Playa Blanca. Conozco el camino de tierra, aunque nunca me he metido con el coche por ahí, pero a falta de otro sitio por donde salir, decido no perder más tiempo. Le comento al transportista que me siga, ya que no es de la isla. A estas alturas los extranjeros ya han dado la vuelta, hartos de la interminable espera. Ojalá que al final no hayan perdido su vuelo.

Por suerte, el camino de tierra no está cortado (hay una valla apartada permitiendo el paso), así que, tras algunas vueltas, dejamos el instituto a la izquierda, subimos una pequeña cuesta, y nos despedimos, ya que el transportista sigue su ruta por el sendero de tierra rumbo al sur (¿habrá llegado siquiera hasta la rotonda de Playa Quemada o Yaiza? Es probable que perdiese el barco y de su cargamento de palomas mejor ni hablamos) y yo tomo el sentido contrario. Un camionero me deja pasar, a duras penas he conseguido llegar a la carretera general, ahora solo tengo que chuparme un atasco kilométrico hasta alcanzar el punto donde permiten a los vehículos circular.

Mientras espero, tengo tiempo de charlar con algún conductor indignado y de ser testigo de cómo un corredor se baja de la bicicleta para mear en el arcén contrario. Miro el reloj del móvil: marca las 9:20. Me quedan 10 minutos para entrar a trabajar y sigo atascado. A punto estoy de telefonear a un compañero que vive en Arrecife para decirle que vaya en mi lugar al curro, que ya cuando yo consiga salir de allí le sustituiré en su turno. Con el dedo en la tecla de llamada, veo que la cola empieza a moverse lentamente, en la rotonda están dejando pasar a los coches cuando no hay ciclistas cerca. ¡Aleluya! Otros cinco minutos de lenta agonía y me llega el turno de largarme de allí. Acelero maldiciendo la incompetencia del Cabildo en complicidad con los organizadores de la prueba, y en 25 minutos me planto en el Charco de San Ginés.

A las 9:45 del sábado 20 de mayo de 2017, tras esta rocambolesca carrera digna del mejor triatleta, llego por fin a la meta, entrando al trabajo con quince minutos de retraso y un pinchazo en la rueda trasera derecha.

Solo espero que el año que viene este desastre organizativo no se repita, los ciudadanos que con nuestros impuestos pagamos las carreteras merecemos que nos tengan en cuenta, e incluso una competición de la envergadura y prestigio internacional como es el Ironman debería lavar su imagen de cara a futuras ediciones de la prueba. Que no todo consista en llenarse los bolsillos.

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