La historia de la lanzaroteña Rosaura Martín, la niña que se convirtió en conservera con once años

Nacida en La Santa, esta lanzaroteña se vio obligada a dejar de lado su infancia para trabajar en las fábricas de pescado de Arrecife y poder ayudar a sus padres a alimentar a sus once hermanos

30 de mayo de 2026 (07:46 WEST)
Rosaura Martín, conservera de La Santa

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Entre escamas y tripas de corvinas y sardinas. Así creció Rosaura Martín Olivero (La Santa, 1945), que trabajó desde los once años como conservera en todas las fábricas de pescado obligada por la miseria de la época y la necesidad de ganar algo de dinero para poder ayudar a sus padres y alimentar a sus once hermanos.

En una entrevista con La Voz, Martín recuerda una infancia en la que "pasamos bastantes trabajos". Debido a ello, por necesidad, tuvo que comenzar a trabajar de conservera sin haber ido al colegio. Solo sus seis hermanos más pequeños pudieron estudiar en una Lanzarote en la que ir a clase se convertía en un privilegio porque, antes de esto, había que intentar conseguir qué comer.

"Recuerdo que no teníamos ni qué comer, mi padre iba a la mar y cogía pescado... mi madre lo preparaba y nos daba de comer", cuenta. "Me acuerdo que mi padre se enfermó, se tuvo que ir a Gran Canaria y mi madre tuvo que pedir casa por casa en Tinajo para poder darle de comer a sus hijos", relata.

Rosaura Martín comenzó a trabajar siendo una niña en la antigua fábrica Lloret y Linares S.A., fundada en 1957 en la Carretera de los Mármoles, en Arrecife. "Trabajé ahí un par de años y luego me fui a la conservera", recuerda. Más tarde, y tras contraer matrimonio con su marido a los 22 años, continuó trabajando en la conservera de Garavilla, que estaba situada cerca de Valterra.

Años después, tras haber dado a luz a su último hijo, la lanzaroteña se trasladó a la conservera de Rocar, en el Islote del Francés. Durante su etapa laboral en las conserveras, Martín llegó a trabajar embarazada después de casarse y, tras dar a luz, era su madre quien se quedaba a cargo de sus hijos.

 

El trabajo en las conserveras

A pesar de su corta edad, Rosaura Martín entró en el mundo laboral en la primera conservera, en Lloret y Linares. "Los hombres salaban el pescado y las mujeres lo lavábamos", pero reconoce que "yo no tenía edad para trabajar". En el resto de fábricas, y tras casarse, empaquetaba las latas de sardinas. 

En las conserveras trabajaban mujeres de todas las edades, pero Martín recuerda que no querían contratarla debido a su corta edad. "No me querían admitir porque decían que era muy pequeña, pero yo veía que había una prima mía trabajando que tenía mi misma edad y les dije que si no me contrataban a mí entonces tenían que echar a mi prima a la calle porque yo no me iba a ir", cuenta entre risas.

Y es que la lanzaroteña no se fue de allí, sino que se quedó luchando por poder tener un empleo para sacar a su familia adelante a pesar de verse abocada a madurar y crecer antes de tiempo

La conservera recuerda que el trabajo con las corvinas "era un poco pesado", mientras que el de las sardinas era más dinámico. "Les cortábamos el rabo y las metíamos en la lata", indica. De hecho, durante esta entrevista Rosaura muestra las secuelas que le provocaron trabajar en las fábricas siendo tan pequeña: una cicatriz en uno de sus dedos que se hizo al empujar una de las latas a la máquina.

Después de secar el pescado, en este caso las corvinas, se empaquetaban en fardos en los llamados 'enfardados', las zonas dedicadas al envasado para su distribución fuera de Lanzarote.

Rosaura Martín, conservera de La Santa. Foto: Juan Mateos
Rosaura Martín, conservera de La Santa. Foto: Juan Mateos

 

Trabajadores sin asegurar y salarios bajos, la realidad de la época

Las jornadas laborales eran duras, sobre todo para una niña. Martín relata que las mujeres conserveras trabajan ocho horas diarias y dormían en unas instalaciones hoy en día en ruinas en Los Mármoles. "Venía un camión de la fábrica de Lloret a buscarnos de madrugada a La Santa para llevarnos para Arrecife a trabajar", narra al mismo tiempo que hace hincapié en "los trabajitos que pasamos".

En las fábricas de conservas, Rosaura Martín cuenta que no tenía un buen sueldo. "En pesetas no me acuerdo cuánto pagaban, creo que eran 18 pesetas, no ganábamos casi nada", lamenta. Hoy en día, este sueldo serían once céntimos de euro.

Además de los bajos sueldos, muchas de las trabajadoras no estaban dadas de alta en la Seguridad Social. "Creo que a la mitad de nosotras no nos tenían aseguradas", desvela. Y es que, según la conservera, las razones podían ser la corta edad y también la decisión de la propia empresa de no querer darlas de alta. "En esa época no venían muchos inspectores, pero cuando venía alguno me escondía en el enfardado porque no tenía la edad", rememora. De hecho, Martín no estuvo dada de alta todo el tiempo que trabajó en las fábricas.

A pesar de las malas condiciones laborales, el trabajo en las conserveras y el poco dinero que ganaba supusieron un impulso para Rosaura y su familia. "Me ayudó porque pude ayudar a mis padres a salir adelante, pero no yo sola, mis hermanas también porque trabajaron en las conserveras", apunta. 

Aunque fue una etapa dura, la lanzaroteña reconoce que aquella época le dejó también buenos recuerdos. "Me lo pasé bien trabajando allí a pesar de que era una chinija, me llevaba bien con mis compañeras y tengo muchas amigas que trabajaban conmigo", cuenta.

 

Una vida feliz a pesar de todo

Una de las cosas que más lamenta Rosaura Martín es no poder haber ido a la escuela, ya que solo los primeros seis hijos pudieron estudiar. "Lo que saben ellos es lo que aprendieron los varones cuando fueron al cuartel y las tres hermanas no sabíamos nada", dice. "Me hubiera gustado ir a la escuela, pero no pudimos", continúa. Además, en la Lanzarote de mediados del siglo XX, recuerda que tenían que ir desde La Santa caminando al colegio en Tinajo.

Actualmente, reconoce que "la vida ha cambiado mucho porque antes uno estaba muy solo" y resalta las penurias que tuvieron que atravesar para sobrevivir. 

Sin embargo, Rosaura mira atrás en el tiempo y admite que, a pesar de todo, ha tenido una vida llena de cosas buenas. "He sido muy feliz, desde que me casé hasta hoy. Me quedé viuda hace ahora quince años, pero he sido feliz toda mi vida", concluye.

Rosaura Martín pertenece a una generación de mujeres canarias que luchó contra viento y marea por su familia para lograr un futuro mejor. Su fortaleza, empeño y cariño son el espejo en el que se reflejan nuestras madres y abuelas, que lo dieron todo aun teniendo nada

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