El Concurso de Microrrelatos de Radio Lanzarote dedicado a los Centros Turísticos ya tiene ganadores

Guillermo Taviel De Andrade se ha alzado con el primer premio, Ana Belén Solís y Elena Bethencourt con el segundo y tercero

Imagen del Castillo de San José y el restaurante de los Centros Turísticos
Imagen del Castillo de San José y el restaurante de los Centros Turísticos

La XI edición del Concurso de Microrrelatos de Radio Lanzarote-Onda Cero, a la que se presentaron más de 150 historias, ya tiene ganadores. Guillermo Taviel De Andrade se ha alzado con el primer premio del certamen, que este año estaba dedicado a los Centros Turísticos, con un relato titulado "Ciclos".  El ganador podrá disfrutar de un fin de semana para dos personas en el Hotel Natura Palace, establecimiento de 4 estrellas plus.

El jurado del concurso ha decidido otorgar el segundo premio al microrrelato "La fuga" de Ana Belén Solís Ariza , que se ha ganado una cena para dos personas en el Castillo de San José. Y por último, Elena Bethencourt, con la historia "Obra y magia del creador ", se ha alzado con el tercer premio, consistente en una de las experiencias insólitas para dos personas de los Centros de Arte, Cultura y Turismo del Cabildo.

Además de los ganadores, el jurado ha seleccionado a siete finalistas, que son "El lagarto atlántico" de Ana Belén Solís Ariza, "Del agua" de Diana Hunter, "Cosquilleos" de Aury Torres Álvarez, "Travesuras" de La nieta de bernabé,  "La mujer sentada" de Reyes María Concepción Betancor, "Sin Título"  de Eduardo Morant  y "Catastrophe" de Juanlira.

Relatos ganadores 

Ciclos
Cuando por fin nos llamaron para entrar, eché un vistazo a la salida por donde emergían las personas que ya habían realizado la visita y hubo una cara que me resultó familiar, pero no supe de qué. Quise decirte algo, pero no lo hice. Luego recorrimos la Cueva y no volví a pensar en ello. Colores, lava, sedimentos. Piratas, conciertos y un secreto. Hicimos un espectacular viaje a otro mundo, a solo unos metros bajo tierra. Y al salir miré hacia la entrada; alguien me observaba a lo lejos. Ese alguien era yo, que volvía a entrar de nuevo.

La fuga

Le faltaba el aire, pero no las ganas. Sus pasos temblorosos no estaban solos, iban acompañados de otros más vivaces que lo guiaban en aquella aventura descarada de la que no se arrepentía.
Desde la atalaya del Mirador del Río pudo ver la playa donde se conocieron hacía sesenta años. Él pescaba, ella paseaba. El nudo en el estómago que se le iba subiendo al pecho lo obligó a sentarse. No tenía fuerzas para abrir la urna, así que lo hizo su pequeño compañero de fugas. —Dile adiós a la abuela antes de que nos pillen.

Obra y magia del creador

Llegamos al Mirador del Río antes de su apertura. Para nuestro asombro, aunque el cielo estaba despejado, no se veía La Graciosa. Al rato llegaron numerosos barcos cargados al lugar exacto donde debería encontrarse la isla. Colocaron la arena, las casas, el muelle, las olas, volcanes y hasta unas gaviotas. A las diez abrió el Mirador y ofreció su impecable estampa de blanco sobre azul tan popular. Cuando días más tarde pernoctamos en la Graciosa, observamos cómo al anochecer, los mismos barcos capitaneados por César recogían Lanzarote y se perdían en el mar.

El lagarto atlántico

En días calurosos como hoy me gusta salir de mi escondite, surfear entre las olas de lava antigua, saltar de piedra en piedra y, sobre todo, observarlos. Los míos les temen, pero a mí me apasiona mirarlos. Tan bípedos, tan pelones, tan sorprendidos. Viajando en ese trasto metálico que les enseña mi casa, mis Montañas del Fuego. Les dicen que en Timanfaya alguien plantó una higuera y no salió fruto porque del fuego no puede salir la vida. Cuando lo escucho, siempre me río y me siento especial. Porque estoy vivo, aquí entre las llamas apagadas.

Del agua

Blanca huía del monstruo hacia el jameo mientras el alisio se encabritaba. Ella no quería volverse a mirar las facciones de la bestia conocida. El viento húmedo le susurró al oído y la empujó por la abertura del jameo. 14 A la orilla del lago interior, con la piel rasgada por las rocas, sintió la respiración del monstruo en la nuca. Blanca se negó a ver cómo él extendía sus garras. Cerró los ojos y se lanzó al agua. Cayó al fondo en cientos de pedazos blancos y ciegos que el monstruo no podría alcanzar.

Cosquilleos

El último día del viaje, visitamos los Jameos. Tenía los sentimientos rasgados. Alegría por disfrutar de su presencia. Tristeza por la cercana despedida. Ya no volveríamos a ser compañeros, íbamos a estudiar carreras distintas. Me quedé contemplando a los cangrejitos albinos y le susurré a uno: eres como él, especial y ciego. Huyes sin dejarte querer. Abstraída, introduje una mano en la orilla de aquella laguna. Sentí unas cosquillitas en la palma, el diminuto crustáceo bailaba en ella. Sentí las cosquillitas de unos labios besando mi cuello. Vi el reflejo de su rostro; sonreía, haciéndole cosquillitas al agua.

Travesuras

Mi abuelo me lo contó cien veces. Yo imaginaba el lugar, las caras de sus primos, las risas infantiles tras la travesura... Y por fin llegó el día. Volamos de vuelta a sus raíces. Parecía un
chinijo la víspera de Reyes, como si volver a ese lugar mágico diese marcha atrás al reloj descontando cincuenta años de su marcador. Buscaba con su mirada el punto exacto en un cielo de lava dormida. Un rayo de luz fue su cómplice. -¡Ahí! Siempre que visito Jameos, veo a mi abuelo con 10 años, cayendo al agua por el hueco del techo.

La mujer sentada

Ella sonrió para la foto. Las manos sobre la mesa agarraban su sombrera y, sentada en la silla verde, miró a la cámara. El objetivo captó su cabello entrecano enredado por el alisio, su blusa de flores, la falda negra hasta las rodillas no tapaba sus piernas hinchadas ni sus pies cobijados en los zapatos planos, cómodos y sencillos. ¿Para qué lucir altos tacones trabajando la tierra? Al lado, una silla de camellos y, en la pared blanca, utensilios de labranza en aquel monumento al campesino... al hombre... y a la mujer que también el campo labra.

Sin Título

A su lado se veía diminuto. Aquella enorme sombra no paraba de mirarle, vigilándole sin rostro mientras se le acercaba. Apretó la piedra picuda tan fuerte que le corrió sangre por la mano. No pudo verla, pues no había luz, salvo la que proyectaba la silueta, pero notó como discurría caliente por sus dedos flacos y temblorosos. El miedo era ya dueño de todas sus acciones y en la Cueva de los Verdes nunca fue buena decisión correr por mucho que fuera el miedo quién la tomara. Erguido, queriendo aparentar ser alto y fornido esperó su llegada. Y llegó.

Catastrophe
Cuando recuperé el conocimiento, la puerta estaba abierta... y toda la tienda destrozada... como si un condenado siroco hubiese entrado por error y luego no supiese encontrar la salida, rebotando en las paredes, en las lámparas, en las piezas de porcelana, en los diminutos cactus, en los abalorios de olivina, en todos los “Souvenirs from Lanzarote”... antes de volver a salir por donde había entrado... Me arrastré como pude, a cuatro patas y, al pasar delante de un espejo, descubrí al auténtico culpable de la catástrofe...Un viejo y desquiciado dromedario harto de aguardar la jubilación...

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