El Reino de la Sed

30 de marzo de 2026 (18:59 WEST)

No hace tanto que en Haría el agua era una liturgia de nubes bajas y maretas colmadas. El “Reino del Norte” se distinguía por ese verdor insolente que desafiaba la aridez geológica del resto de la isla. Sin embargo, hoy, ese orgullo se resquebraja con la misma fragilidad que la tierra agostada de las fincas abandonadas. El municipio se deshidrata ante la mirada indolente de unas instituciones que parecen haber borrado el norte de su mapa de prioridades…

La crisis hídrica de Haría no es un accidente, sino el síntoma de un desequilibrio territorial profundo. El norte perece por pura desidia administrativa y por una injusticia estructural que condena a sus vecinos a una ciudadanía de segunda.

Mientras en los grandes núcleos de consumo la abundancia se da por sentada, en pueblos como Máguez, Guinate o Arrieta, el simple gesto de abrir un grifo se ha transformado en un ejercicio de incertidumbre. Esta asimetría es una falta de respeto institucional hacia quienes custodian la identidad rural de Lanzarote.

Las averías recurrentes y la anemia de presión no son incidentes aislados, sino la fatiga de materiales de una red de tuberías que, como el propio paisaje, ya no resiste más promesas de papel. Se ha aceptado implícitamente que el norte sea una zona de sacrificio, un territorio donde el coste de mantenimiento parece no compensar la rentabilidad del servicio.

La responsabilidad se diluye en un laberinto de competencias, un juego de espejos donde las culpas son intrusas y las soluciones nunca llegan. Se anuncian inversiones millonarias en despachos climatizados mientras la realidad a pie de calle es la de fincas que se cuartean y palmerales milenarios que languidecen. Sin agua de riego ni abastecimiento doméstico garantizado, el discurso oficial sobre la soberanía alimentaria se revela como una cáscara vacía, un sagaz eslogan de campaña que se evapora con los primeros cortes de suministro…

No existe sostenibilidad ni cohesión posible si se permite que una de nuestras tierras más emblemáticas se desvanezca de sed por abandono. La paciencia de los harianos no es infinita y la afonía de las administraciones ante el clamor del norte es una herida abierta en la credibilidad de nuestro sistema público. Es complicidad con el desastre…

La gestión del agua es la medida de la decencia de un gobierno. Si las instituciones no garantizan que la savia de la isla llegue al norte con la misma fluidez con la que emiten sus promesas, habrán fracasado en su contrato social más elemental. 

Haría no reclama privilegios, exige el derecho primario frente a la sequía institucional. Es hora de que el agua deje de ser un objeto de mercadeo político para volver a ser un derecho garantizado, sin importar el código postal.

El “Valle de las Mil Palmeras” es custodio de nuestra identidad. Si permitimos que sus troncos se venzan por la sed, estaremos renunciando a lo que nos hace únicos. Salvar el agua en Haría es preservar el alma de Lanzarote antes de que un desierto de piedras mudas y despachos apagados lo devore todo.

 

No entreguemos nuestra historia al desierto… 

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