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Hay debates que se resuelven con datos, otros con argumentos y algunos,  sencillamente, con la experiencia. Las recientes declaraciones sobre quienes dirigimos  los aeropuertos de Canarias, donde se nos tilda de "paracaidistas" y, en cierto modo,  de desterrados y despreocupados, pertenecen, a mi juicio, a esta última categoría. 

No suelo participar en polémicas públicas. Quienes ejercemos responsabilidades de  dirección sabemos que nuestras decisiones están sometidas al análisis, la crítica y la  discrepancia. Es legítimo y necesario para mejorar. Sin embargo, cuando el foco deja de  situarse sobre las decisiones para proyectarse sobre las personas, creo que merece la  pena reflexionar. 

Lo hago porque soy una de las personas a las que alcanzan esas afirmaciones y porque  tengo el privilegio de conocer bien a los ocho directores que gestionan nuestros  aeropuertos. 

A lo largo de mi vida profesional he aprendido que las personas se conocen realmente  cuando surgen los problemas, las decisiones resultan incómodas y la responsabilidad  no admite demora. Es ahí donde he visto actuar a quienes hoy están al frente de los  aeropuertos canarios. 

He compartido con ellos incidencias, situaciones operativas complejas, fenómenos  meteorológicos adversos y muchas horas de trabajo que nunca aparecerán en ningún  titular. He visto cómo asumían decisiones difíciles, acompañaban a sus equipos y  mantenían la serenidad en los momentos más exigentes. 

También los he visto celebrar una nueva conexión, seguir el avance de una obra  esperada o defender proyectos necesarios para el futuro de la isla a la que servían.  Porque quien dirige un aeropuerto en Canarias entiende pronto que su labor  trasciende el ámbito aeroportuario. 

Vivimos en un territorio profundamente vinculado a la conectividad. Los aeropuertos  forman parte de la vida cotidiana y condicionan el desarrollo económico, la cohesión  territorial y las oportunidades de futuro. Quizá por eso me cuesta aceptar las  simplificaciones. 

He conocido excelentes profesionales nacidos en Canarias y excelentes profesionales  nacidos lejos de ella. La diferencia nunca estuvo en el lugar de procedencia, sino en la  forma de entender el servicio, la responsabilidad y la disposición para implicarse de  verdad. 

Canarias posee, además, una larga tradición de apertura y una gran capacidad para  integrar experiencias diversas. Por eso me parece empobrecedor juzgar la aportación 

de una persona únicamente por una circunstancia biográfica sobre la que nadie tiene  capacidad de elección. 

Es natural que existan diferencias sobre inversiones, prioridades o modelos de gestión.  Pero una sociedad madura sabe distinguir entre cuestionar una decisión y cuestionar a  quien la adopta; entre el análisis crítico y las etiquetas que terminan sustituyendo a la  realidad. 

Como responsable del Grupo Canarias me siento especialmente orgulloso de quienes  hoy dirigen nuestros aeropuertos. No por una cuestión jerárquica, sino porque los he  observado durante años allí donde se pone a prueba el carácter: en la dificultad, la  incertidumbre y la obligación de responder. 

Los cargos pasan y las etapas profesionales concluyen. Lo que permanece es la huella  que dejamos. Cuando algún día deje esta función, me gustaría que se me juzgara por  mis decisiones, errores y aciertos, pero nunca por el lugar donde nací. El mismo criterio  reclamo para quienes dirigen nuestros aeropuertos. 

Mis compañeros y yo hemos entregado muchos años de nuestra vida profesional a  Canarias. Hemos afrontado situaciones complejas, celebrado avances, aprendido de los  errores y procurado contribuir al futuro de estas islas. 

Nunca he sentido la necesidad de que nadie expida certificados de pertenencia. Me  basta con haber intentado estar a la altura de la tarea encomendada. Porque las raíces  no siempre coinciden con el lugar donde empezó el viaje. A veces nacen allí donde se  concentran nuestras preocupaciones, nuestras ilusiones, nuestros desvelos y una parte  importante de nuestra propia historia. 

Por eso puedo aceptar la crítica, la discrepancia y el desacuerdo. Lo que no puedo  compartir es que se ponga en cuestión la dedicación de quienes han consagrado años  de trabajo y responsabilidad al servicio de estas islas. 

Después de tantos años caminando junto a ellos, no tengo ninguna duda de la calidad  profesional, humana y ética de los ocho directores de los aeropuertos canarios.  Tampoco de su vinculación con esta tierra. 

Quienes hemos compartido una parte de nuestra vida con Canarias sabemos que  existen lealtades que no necesitan proclamarse porque se demuestran cada día;  afectos que nacen de la convivencia y del trabajo compartido; y vínculos más  profundos que cualquier etiqueta. 

Y son esos, precisamente, los que permanecen cuando todo lo demás ha pasado. 

 

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