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Me pregunto qué tipo de persona es capaz de salir de su casa y juntarse con una caterva para ir a prender fuego a un campamento.

No acepto ningún tipo de explicación que pase por justificar ese comportamiento salvaje basándose en la tensión que genera la presencia de los inmigrantes.

Con esa misma justificación, completamente inaceptable, se racionalizó el quemar campamentos de gitanos o entrar a sangre y fuego en barrios judíos.

La única explicación, nunca justificación, que admiten estos ataques es sobradamente conocida: ante una situación compleja y potencialmente explosiva los ánimos se inflaman por la presencia de agitadores.

Lo verdaderamente preocupante es que en este caso los agitadores han sido agentes institucionales, precisamente los llamados a estabilizar la situación: la ultraderecha y la derecha cada vez más ultra con el apoyo de medios de comunicación convertidos en elementos de agitación.

En ningún caso cabe renunciar a criticar el papel jugado por el Gobierno de España. Aunque hubiera hecho todo lo posible, la ciudadanía estaría en su derecho de sentirse insatisfecha.

Pero en ningún caso cabe aceptar que la respuesta sea desatar la violencia, con un papel destacadísimo del ecosistema ultra.

Desde el primer momento de la crisis había quien deseaba un Torre-Pacheco reloaded y llamó a cazar a los inmigrantes uno a uno, como hizo el bocazas miserable de Figaredo en nombre de Vox. Pero, también desde el primer momento, tuvo el apoyo de Feijóo cuando planteaba el imposible de expulsar a todos los inmigrantes llegados a Ceuta.

El único atenuante que podría considerarse al analizar el salvajismo de los incendiarios es precisamente ese, que actuaron movidos por la crispación generada por Vox y el Partido Popular, convenientemente amplificada por las redes sociales y la constelación de medios que han hecho bandera de hacer caer a Sánchez al precio que sea.

Pero vuelvo a insistir en que por muy legítimo que sea criticar la actuación del Gobierno y considerar que no ha estado a la altura del desafío que supone gestionar la permanencia de miles de inmigrantes sin control alguno en una población tan reducida como la de Ceuta, no existe justificación alguna para el salvajismo de la turba.

Es preocupante. Estamos viendo en tiempo real que Ceuta está invadida.

Invadida de salvajes descerebrados capaces de sumarse a un hatajo de incendiarios que, por más que constituyan una minoría, han sido capaces de colocar a la ciudad en un estado de tensión mucho más preocupante que el generado por la llegada masiva de inmigrantes.

Invadida de políticos de medio pelo, de populistas mezquinos y miserables dispuestos a exacerbar hasta el límite los ánimos de esos salvajes para ponerlos al servicio de su estrategia partidista.

Insisto en que son una minoría de descontrolados. Estoy seguro de que si recorriéramos Ceuta encontraríamos que a pesar de lo insoportable de la situación, la mayoría de ceutíes diría que no, que por ahí no, que es inaceptable recurrir a la violencia descontrolada.

De Abascal no cabe esperar nada. De Feijóo, aunque cada vez sea más improbable, cabría esperar una condena sin paliativos a lo sucedido y sí, una crítica implacable al Gobierno de Sánchez, pero la condena explícita a la violencia es imprescindible.

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