12/nov./2019

Nacionalismo, ese hermoso veneno

Nacionalismo, ese hermoso veneno

Todos los nacionalismos son iguales, empiezan con ideas románticas sobre el pueblo, las tradiciones, los ideales y los valores compartidos, y todo para envolver a sus miembros en esa maravilla llamada “identidad cultural”, que tan bien hace sentir a sus integrantes (la pertenencia a algo más grande siempre ha sido un reclamo útil). Pero esta vacua idea de bienestar siempre acaba con una sólida y triste realidad: la imposición mediante la violencia. En definitiva, el totalitarismo.

Desde los nacionalismos estatales que dieron forma a los Estados modernos hasta los nacionalismos regionales que habitan en los mismos hoy en día, los fundamentos de su formación, transformación y objetivos, han sido siempre los mismos. Y todos, sin excepción, acaban como ha acabado el nacionalismo catalán en la actualidad, con la imposición de ideas mediante la violencia sobre aquellos que están fuera del colectivo.

Porque si, esto va de imposición sobre el reducto de catalanes que no comulgan con el independentismo. Y sí, sucede siempre que los nacionalismos alcanzan la fuerza social y política suficiente. Porque sin el “pueblo” (ese concepto tan difuso) y las instituciones, el nacionalismo no es nada. El fuego y el terror del que hemos sido testigos esta semana, llevado a cabo por los “cachorros” empujados por los ocupantes de las instituciones catalanas, y que han crecido bajo la convicción (y mentiras) de que la independencia era posible y estaba cerca, es un ejemplo de ello.

El problema base de los nacionalismos, todos los nacionalismos, es que son excluyentes per se, autoritarios, populistas y acaban cayendo en contradicciones. Dentro del nacionalismo está el pueblo y están los que no forman parte del mismo, y estos últimos son el enemigo. Por ello, un nacionalismo que defiende una identidad cultural dada no encaja en esa idea de multiculturalidad que tanto defiende Europa o España. Tenemos ejemplos de actualidad en Alemania, Francia o Polonia en donde partidos de corte nacionalista acusan a los “extranjeros” de intentar destruir su tierra. Es más, esta es la razón por la cual la Unión Europea se fundó, para evitar que el 

nacionalismo prendiera de nuevo la llama del conflicto entre los diferentes pueblos de Europa o, incluso, entre hermanos. Lo triste de todo es que a la luz de los hechos, tanto a nivel nacional como a nivel europeo, parece que los nacionalismos vuelven a encandilar al personal con ideas retrogradas y arcaicas aprovechándose de ciertas circunstancias sociopolíticas que, favorablemente, les otorgan una fuerza argumentativa difícil de rebatir desde las posturas ideológicas tradicionales. Los nacionalismos también son contrarios de por sí a la integración. Cualquier nacionalismo es contrario a perder su identidad mientras se diluye con el paso del tiempo dentro de otra cultura. Lo cual supone una completa estupidez porque toda cultura es una mezcla de otras tantas culturas. Pasa así con el nacionalismo catalán, el vasco o el flamenco, en donde se lucha con uñas y dientes contra todo lo que no sea catalán, vasco o flamenco. Pero mientras no tengan la fuerza suficiente se supeditan a favor de la pertenencia a una entidad política superior. Por tanto, es la fuerza disponible la que determina su capacidad de acción (hasta que la obtienen y comienzan las presiones y protestas hasta llegar a la violencia) y no la falta de ganas.

Un ejemplo cercano lo tenemos en Canarias. El nacionalismo canario se expresa por medio de partidos como Coalición Canaria, un partido nacionalista que establece en su propia página la siguiente ideología: “Coalición Canaria es una fuerza nacionalista y progresista que antepone Canarias por encima de todo, consolidando, con cada una de nuestras singularidades, nuestro territorio desde la Isla hacia la nación canaria. No somos un partido de derechas ni de izquierdas, sino un partido comprometido con el avance de Canarias y su desarrollo, implicado con la integridad del Estado siempre que sepa reconocer las singularidades de sus territorios”. Como bien puede apreciarse, en la propia expresión ideológica del partido encontramos una posición preferente de Canarias y sus singularidades como nación canaria, por encima de todo; y, a su vez, la implicación con la integridad del Estado mientras se cumplan ciertos requisitos.

Requisitos que, como el nacionalismo catalán o vasco, irán aumentando si se va ganando fuerza social y política suficiente hasta el punto de rozar la exigencia bajo amenaza de violencia. En el caso del nacionalismo canario, los actos de “rebeldía” suelen tener, por el momento, un bajo nivel. Por ejemplo, izar la bandera de las siete estrellas en un acto institucional cuando no es la bandera oficial ni legal.

Los nacionalismos son también autoritarios porque, al fin y al cabo, su objetivo principal es representar a todo un pueblo en conjunto y sin fisuras. Ser la verdadera voz de pueblo. Esto lleva a que, en algún momento, cualquier otra forma de expresión cultural o social que no comulgue con la mayoría, acabe siendo perseguida y excluida.

Y sí, también Coalición Canaria encaja en el perfil. Recordemos las palabras de Ana Oramas: “vamos a representar el orgullo de una tierra que nunca se rinde, el orgullo de un pueblo que no está dispuesto a que se nos ignore y se nos machaque”. Incluso en las etapas iniciales los nacionalismos ya excluyen y persiguen. ¿Quién no ha escuchado el uso de términos como “godo” para referirse a aquellos que vienen a Canarias a aprovecharse de lo “nuestro”?¿O el uso de la bandera con las siete estrellas como símbolo de enfrentamiento contra el Estado y lo de “fuera”? Todos en algún momento hemos sido testigo de ello. 

Otro aspecto relevante del nacionalismo es su “populismo” si entendemos la definición simple del concepto como la defensa de los intereses y aspiraciones de un pueblo, lo cual encaja a la perfección en este artículo. Este populismo suele tener unas raíces que se desmarcan por completo de los términos clásicos de izquierda y derecha. De boca de Elie Kedourie: “Es un error preguntar si el nacionalismo es una política de la derecha o de la izquierda. (...) No es ninguna de las dos cosas. Su propio fin es la autodeterminación nacional y la satisfacción permanente.”

La realidad es que el nacionalismo canario en sus diferentes versiones no es muy diferente al nacionalismo catalán o vasco. Pese a quién le pese. Es cierto que no tiene la misma intensidad, por ahora, pero eso no quita que su base ideológica, sus posicionamientos y principios políticos, y sus exposiciones, sean similares. Es verdad, también, que a todos nos gusta formar parte de algo, de una identidad común que puedes compartir con tu vecino y que te permite interactuar con las personas de tu entorno en busca de una satisfacción mutua o de un objetivo común. Pero la realidad es que, cuando menos te lo esperas, los nacionalismos acaban destruyendo esa ilusa fantasía de bienestar emocional y personal para convertirse en el peor reflejo de la raza humana. Acaban destruyendo lo bueno de la gente y a la gente.

Por todo esto, porque el nacionalismo solo sirve para dividir, para construir muros, para ejercer la violencia sobre los demás bajo preceptos erróneos, evitando que la sociedad evolucione a una identidad común real que quede impregnada de todos los elementos culturales que han trascendido a la historia, tanto los que desaparecen como los que se quedan, es por lo que me opongo rotundamente a cualquier tipo de nacionalismo. Da igual de dónde venga o que te venda, nunca entenderé que un pueblo se deje llevar por este hermoso veneno de identidades, folclore, ideas y tradiciones compartidas, porque al final lo que hace es vender su alma al maquinista del odio, la división y exclusión. Y este maquinista se aprovecha de ti hasta que alcanza su destino, el totalitarismo.

Alejandro Pérez O’Pray, Ciencias Políticas y de la Administración, UNED.

 

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