La vida de José Manuel Elvira (San Bartolomé, 1955) siempre ha estado marcada por una cosa: ser diferente a los demás en una época en la que lo que se salía de lo establecido se miraba con odio y desprecio. Ser homosexual en una España franquista era sinónimo de ocultarse o reprimirse, tener que aparentar ser heterosexual para que tu vida no corriera peligro ni las miradas de la gente se clavaran sobre ti. Sin embargo, este lanzaroteño optó por luchar y ser un ejemplo de libertad siendo él mismo a pesar de los insultos que muchas veces recibía.
En una entrevista con La Voz, José Manuel hace un repaso de su vida y de cómo decidió irse a vivir a Arrecife para poder encontrar una mayor libertad que en San Bartolomé no encontró. Lo hace abriendo las puertas de su casa, heredada de su madre, uno de los mayores pilares que tuvo en su vida.
Elvira cuenta que con siete años fue monaguillo en San Bartolomé y reconoce haber tenido "una infancia muy bonita". "Estaba todo el día en la iglesia, los domingos me gozaba tres misas porque iba a Montaña Blanca, San Bartolomé y demás", desvela.
Muy similar fue su adolescencia. "Fue muy bonita, como todo joven del pueblo me crié mucho entre la plaza, la iglesia y la sociedad, donde pisé la primera discoteca con 17 o 18 años", recuerda.
"Me sentía diferente en mi forma de ser"
José Manuel Elvira, como todo hombre de la época, se vio obligado a realizar el servicio militar obligatorio de España. "Quizás me di cuenta en el tiempo en el que estuve en la mili porque notaba que mi orientación sexual se iba a los hombres", recuerda. Su paso por la mili le trae buenos recuerdos a pesar de lo que muchos puedan pensar. "Yo repetiría, para mí fue como una escuela. Te decían que te harías un hombre, pero en la mili te haces muchos hombres si quieres", indica.
Allí reconoce que no aprendió nada porque "no me gustaba disparar", pero sí que hizo grandes amistades con las que a día de hoy mantiene relación. "Había hombres heterosexuales que veían mi condición sexual y me ayudaban, me protegían", apunta. En aquella época, tener relaciones con una persona del mismo sexo estaba prohibido y condenado, además de mal visto. "Tú imagínate, te metían directamente al calabozo, pero al final tu orientación era una cosa que tú dejabas en el aire y no la tocabas", explica Elvira, que resalta que el pensamiento que siempre venía a la mente era si "seré o no seré homosexual".
Sin embargo, en el fondo sabía que sí lo era porque "me gustaba el roce y el cariño con un hombre, pero no era lo mismo que tener una relación sexual".
Este lanzaroteño siempre supo, desde que tuvo uso de razón, que no era igual que el resto. "Yo me sentía diferente en mi forma de ser, de vestir, de caminar o de gesticular, pero siempre me respetaban, es lo bueno que yo tuve en ese tiempo. Ahora, quizás por ser más mayor he visto cosas más feas que antes", asegura.
Insultos homófobos en pleno 2026
Elvira nunca intentó disimular su condición sexual, ni su forma de ser ni de vestir. "Fui muy moderno en esa época y me ponía lo que me daba la gana, la campana más grande que existiese y nunca me oculté porque me gustaba cantar y hacer teatro", dice. "Yo me pintaba, me arreglaba y me iba a trabajar, no hacía daño a nadie. ¿Me miraban? Sí porque me ponía uno suecos de diez centímetros, pero no me he escondido de nadie y miedo no he sentido de nadie porque no me han hecho daño físicamente, pero sí me han agredido verbalmente, pero las palabras se las lleva el viento", relata.
Siempre recibió algunos insultos por ser homosexual. "Me decían mariquita, pero nunca me hicieron daño como el daño que hacen ahora a la juventud que quiere ser libre y como es", declara. "verbalmente sí me señalaban con el dedo, pero maltrato y violencia física nunca", continúa.
Ante estos insultos, el batatero prefería no responder. "Antes de dar el pregón del Orgullo de San Bartolomé, iba caminando por la avenida del pueblo y me insultaron, pero a mí eso no me hunde, me suman, no me restan porque vienen de personas ignorantes", cuenta.
"Lo importante es hacerte respetar y que te respeten, y que cada uno piense como le dé la gana, siempre y cuando no se meta en mi vida porque yo no molesto a nadie", prosigue. Y es que Elvira se define como "una persona con mis defectos y mis virtudes, que he cometido errores como todo el mundo, pero yo tengo un caparazón tan grande que no puedo hacer daño a nadie y yo perdono, pero no olvido".
Respecto al aumento de agresiones homófobas y los discursos de odio en los últimos años, Elvira no entiende "por qué siguen ocurriendo estas cosas". "Vivan, sean felices y dejen vivir, acabemos ya con esto porque si yo quiero ser transexual, lo soy porque me siento así y no tengo que ser heterosexual porque tú lo eres", defiende. "Cuando yo salía de mi casa y me ponía unas esclavas, llegaba a la plaza y me decían mariquita porque eran de niña", continúa.
En este sentido, aboga porque cada uno viva la vida a su manera porque hace hincapié en que pertenecer al colectivo LGTBIQ+ "no es una enfermedad, un hijo nace con una condición que él verá cuando vaya desarrollándose y ya está, no tiene que ser como diga la sociedad". "Pido respeto para mí y para los demás, para los jóvenes de hoy que están saliendo y que tienen mucha más libertad que la que tuve yo porque pueden salir cogidos de la mano y besarse en la plaza y yo eso no lo pude hacer en mi juventud, me tuve que esconder aunque se me notara", reivindica.

Dejar San Bartolomé para encontrar más libertad
Siendo joven José Manuel decidió abandonar San Bartolomé y trasladarse a vivir a Arrecife, donde las puertas de un mundo nuevo se abrieron para él. En la capital, comenzó a trabajar en un estudio fotográfico en Cuatro Esquinas. "Por eso digo que me fui de San Bartolomé, porque una vez que empecé mis estudios de fotografía y trabajé al mismo tiempo, estaba más en Arrecife que en el pueblo", recalca.
Con el paso del tiempo, fue creciendo en su profesión hasta que conoció a una mujer de la que se enamoró. En Arrecife ha pasado la mayor parte de su vida, hasta que hace tres años decidió regresar por los precios del alquiler y por otros problemas personales.
Al volver al pueblo, se estableció en la casa de su madre, donde se siente en paz y a gusto y donde sus vecinos son su propia familia. "Me he sentido muy acogido por mi familia", confiesa. Su regreso a San Bartolomé despertó la alegría de muchos de sus vecinos de verlo de vuelta. "Yo tengo la costumbre de visitar a la gente mayor y me conoce, yo voy por el pueblo y me siento de él, pero al mismo tiempo me siento extraño porque me meto en casa y ya no me entero de nada", comenta.
Arrecife, a pesar de no ser una gran ciudad, es lo suficientemente grande como para notar una mayor libertad que en la que puede haber en un pueblo. "Lo notaba muchísimo, mi juventud la pasé en Arrecife y tenía mi vida ahí, me casé, formé una familia, me divorcié, seguí viviendo solo y también estuve en Gran Canaria", puntualiza.
En la ciudad vivió momentos muy buenos, pero también muy malos, como una de las relaciones sentimentales que tuvo durante cuatro años. "Lo conocí en la calle, lo recogí de ella, le di trabajo, lo mandé a un centro (de desintoxicación) y compartimos cuatro años hasta que me cansé porque no salía de donde estaba", relata. En ese momento, decidió elegir por su propio bienestar y dejar esa relación. "Tú das lo que puedes hasta un punto porque si no te hundes también con la persona", indica.
La época más bonita que recuerda Elvira de su vida en San Bartolomé fue cuando impartió clases de fotografía en laboratorio en el Ayuntamiento. "Fue tanto a niños como adultos durante cuatro años y me sentía en el pueblo porque hacía algo para él", recuerda con cariño.
Su familia, su gran apoyo
A diferencia de otras personas que lo miraban con desprecio y odio, la familia de José Manuel siempre lo ha apoyado y protegido en cada paso que ha dado a lo largo de su vida. "Siempre me han apoyado, yo pienso que mi madre sabía que su hijo era diferente", apunta.
De los siete hermanos que eran en total, Elvira asegura que siempre él fue "el más delicado y siempre me acuerdo de tener un arropamiento muy grande porque mi madre me trataba siempre con mucha delicadeza", recuerda.
Su historia, un ejemplo de lucha y libertad por ser uno mismo, lo llevó a dar el pregón del Orgullo LGTBIQ+ de San Bartolomé promovido por el Área de Igualdad del Ayuntamiento con el objetivo de luchar contra los discursos de odio.
Para José Manuel, esto significó mucho en su vida. "De todo lo que he hecho, para mí ese día fue un gran orgullo de dedicar ese pregón a la gente de San Bartolomé y el otro día estuve leyéndolo de nuevo y me emociona todavía porque es algo que salió de mí y de mi corazón para toda la juventud y para la gente del pueblo", cuenta emocionado.
"Solo con ver a mi familia y a mis amigos, para mí fue un día muy especial y estará siempre en mi retina y en mi memoria", continúa.
Su objetivo: volver a impartir un taller de fotografía
José Manuel Elvira dedicó gran parte de su vida a la fotografía y uno de sus mejores recuerdos en San Bartolomé fue enseñar al resto de vecinos esta práctica a través de talleres en laboratorio. Por ello, su sueño ahora es volver a retomar este proyecto en el pueblo.
"La vida hay que vivirla porque se va muy rápido y me veo con 71 años y pienso que esto no puede ser, tiene que haber algo más y por eso me gustaría impartir actividades como el taller de fotografía si me dejasen", desvela.
Volver a crear este espacio de enseñanza artística "me encantaría, por lo menos para el pueblo". "En San Bartolomé era muy bonito el Día de Canarias porque pasaba todo el colegio por el laboratorio. Tener veinte niños para enseñarles cómo se revela el carrete o cómo se hacen las fotos, era maravilloso", asegura.
Echando la vista atrás, el lanzaroteño reconoce estar orgulloso de cómo ha vivido su vida. "Lo hecho, hecho está. Yo nunca me he arrepentido de lo que he hecho porque lo que hice, lo hice con corazón y amor", reflexiona. Sin embargo, si reconoce "haber hecho cosas malas y haber tropezado con la misma piedra varias veces porque yo he sido como una ONG, me he volcado con la gente y le doy más de lo que me dan a mí".
"Llega un momento en el que dices: ya está bien, hasta aquí y ahora me tengo que querer yo y darme a mí para vivir lo mejor que pueda y con calidad de vida", concluye.
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