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Durante generaciones, las mujeres gracioseras cruzaron el mar y remontaron el Risco para cambiar pescado por alimentos. Por esa misma ruta también se trasladaba a los fallecidos hasta Haría, antes de que la isla dispusiera de cementerio propio. 

La historia del Camino de los Gracioseros permite reconstruir una escena que resume buena parte de la vida tradicional de La Graciosa: mujeres que cruzaban el mar, desembarcaban en la costa de Famara y afrontaban la subida por el Risco con la esperanza de regresar con alimentos y productos necesarios para sus hogares. Los sombreros tradicionales, las cestas y las cargas que acompañaban a aquellas caminantes forman parte de una memoria documentada en fotografías históricas y estudios antropológicos, pero también conservada en los relatos transmitidos entre generaciones. 

Más allá de la imagen que podamos hacernos de aquellas jornadas, lo importante es comprender qué representaba ese recorrido. No era una excursión ni una estampa costumbrista, sino una actividad económica esencial para una comunidad que dependía del mar para subsistir y de Lanzarote para conseguir buena parte de lo que no podía producir en su propia isla. 

El 14 de octubre de 2023, la segunda Bajada del Camino de las Gracioseras recuperó públicamente esa memoria. La iniciativa rindió homenaje a las mujeres que convirtieron aquella ruta en una vía de abastecimiento y comunicación, pero también recordó una historia menos conocida: por el mismo camino que servía para llevar pescado a los pueblos del norte de Lanzarote tuvieron que pasar, en circunstancias mucho más dolorosas, los cortejos que acompañaban a sus muertos. 

 

Un sendero anterior a la tradición comercial 

El Camino de los Gracioseros tiene una historia anterior a las mujeres que terminaron convirtiéndolo en un símbolo de la identidad graciosera. Su utilización estuvo vinculada al aprovechamiento del territorio, el pastoreo, la recolección de orchilla y las comunicaciones entre la costa de Famara y los asentamientos del norte de Lanzarote. 

Con el desarrollo de la comunidad de La Graciosa, la ruta adquirió una función cotidiana. La pesca constituía una actividad esencial, pero no bastaba para cubrir todas las necesidades de la población. Verduras, papas, cereales, telas y otros productos debían llegar desde Lanzarote mediante la compra o el intercambio. 

El recorrido reunía tres espacios inseparables: el mar que había que cruzar, la costa donde se desembarcaba y el camino que ascendía por el Risco hasta las proximidades de Yé y los pueblos de Haría. Alcanzar tierra firme no significaba haber terminado el viaje. Quedaban por delante la subida y el desplazamiento por los núcleos rurales donde se comercializaba el pescado. 

La documentación divulgativa permite reconocer la importancia de esta actividad durante las décadas anteriores a la generalización de los transportes regulares, aunque no establece una fecha única para el comienzo del comercio por el sendero. Su historia, por tanto, no puede reducirse a una época concreta: fue una vía de comunicación utilizada y transformada según las necesidades de quienes dependían de ella. 

 

Las mujeres que convertían el pescado en alimentos 

La pesca y el comercio formaban parte de una misma cadena económica. Mientras los hombres se dedicaban principalmente a faenar, las mujeres desempeñaban un papel decisivo en la conservación, la comercialización y el transporte del producto. En una época en que las embarcaciones carecían de motorización, también asumían el traslado del pescado hasta Lanzarote, remontaban el Risco y regresaban con mercancías necesarias para sus hogares. 

El estudio antropológico de Manuel del Río Suárez sobre La Graciosa describe esta organización económica y recoge los intercambios mantenidos con localidades como Haría, Teguise y Arrecife. El pescado podía venderse o cambiarse por frutas, verduras, telas y otros productos. No era una actividad marginal, sino una aportación esencial al sostenimiento de las familias. 

Las descripciones tradicionales hablan de cargas pesadas y de mujeres que, en determinados tramos, preferían caminar descalzas para proteger sus alpargatas. Son testimonios que ayudan a comprender la dureza del trayecto, aunque no deben presentarse como una práctica idéntica en todos los viajes ni para todas las caminantes. 

El Risco se convirtió así en una infraestructura económica sin más medios que el conocimiento del terreno, la resistencia física y la necesidad. A un lado quedaba el pescado; al otro, los alimentos y los productos que permitían completar la economía doméstica. 

 

Las hogueras que anunciaban el regreso 

Entre los aspectos más singulares de aquella tradición destaca el sistema de señales que permitía comunicar el regreso de las mujeres a sus familias. 

Manuel del Río Suárez describe cómo, al alcanzar la parte alta del Risco, encendían hogueras para anunciar que estaban de vuelta. Las señales podían repetirse después en unos recintos de piedra conocidos como tegalas, situados en la costa. La localización del fuego permitía identificar a la familia correspondiente y avisar al marido para que acudiera a recoger a su mujer en el barquillo. 

En una comunidad separada de Lanzarote por el estrecho de El Río, aquellas señales cumplían una función práctica. Permitían coordinar el último tramo del recorrido y comunicar que la travesía había concluido. 

Las tegalas revelan, además, que el camino no terminaba en la cumbre. Su funcionamiento dependía de una red familiar que aguardaba en la costa, reconocía las señales y colaboraba para completar el regreso. La supervivencia no descansaba únicamente en el esfuerzo individual, sino también en una organización comunitaria adaptada a las condiciones del territorio. 

 

Cuando el último viaje también cruzaba El Río 

La historia del Camino de los Gracioseros contiene un episodio de especial dureza. Antes de que La Graciosa dispusiera de cementerio propio, los fallecidos debían ser trasladados hasta Lanzarote para recibir sepultura. 

El estudio de Del Río Suárez recoge que los cuerpos eran transportados en barquillos hasta la costa y que, desde allí, la comitiva fúnebre emprendía la subida por el Risco hasta Haría. El trayecto que las mujeres recorrían para vender pescado y regresar con productos para sus hogares se transformaba entonces en una ruta funeraria. 

La carencia de un cementerio obligaba a las familias a afrontar el cruce del mar y la subida por un sendero empinado en las circunstancias más dolorosas. La ruta conectaba mercados y hogares, pero también a la comunidad con el lugar donde descansaban sus muertos. 

La situación comenzó a cambiar durante la década de 1940, cuando el Mando Económico de Canarias impulsó la construcción de infraestructuras básicas en La Graciosa. La documentación fotográfica conservada en la colección FEDAC/Casa de Colón registra una inversión de 12.000 pesetas para el cementerio en 1943. En los años siguientes se desarrollaron otras actuaciones, entre ellas la construcción de la iglesia, el embarcadero y un aljibe. 

Estas obras formaron parte de un proceso de transformación que permitió dotar a la isla de servicios hasta entonces inexistentes o insuficientes. El cementerio significó algo más que disponer de un espacio para los enterramientos: puso fin a la necesidad de trasladar sistemáticamente a los fallecidos hasta Haría para darles sepultura. 

 

El camino que permanece en la memoria 

La evolución de los transportes marítimos y terrestres fue reduciendo progresivamente la función comercial cotidiana del sendero. Sin embargo, su importancia no desapareció de inmediato. En 1987, Jesús Manuel Páez publicó en Lancelot un artículo sobre los transportes y las comunicaciones de La Graciosa en el que recordaba las dificultades de las conexiones marítimas y la utilidad del camino cuando las condiciones del mar impedían navegar. 

La memoria de aquella ruta ha quedado registrada en fotografías, estudios antropológicos y relatos transmitidos entre generaciones. La Bajada conmemorativa recuperó públicamente esa tradición para reconocer el esfuerzo de quienes sostuvieron la economía de la isla, sin pretender reproducir exactamente unas condiciones de vida que pertenecían a otro tiempo. 

El camino permite comprender una historia que va más allá de la dureza de una subida. Habla de mujeres que asumieron una parte decisiva de la economía familiar, de una comunidad que aprendió a aprovechar los recursos disponibles y de unos vínculos con Lanzarote que resultaban indispensables para la vida cotidiana. 

El Risco de Famara fue una barrera física, pero nunca una separación absoluta. Durante generaciones, los habitantes de La Graciosa encontraron la manera de cruzar el mar, recorrer el camino y mantener los vínculos económicos y familiares con Lanzarote. También tuvieron que utilizar esa misma ruta para acompañar a sus muertos. 

La Bajada del 14 de octubre de 2023 recordó una tradición que no nació aquel día. Su valor estuvo en devolver al presente una parte de la historia insular asociada al trabajo silencioso de varias generaciones, especialmente de unas mujeres cuya actividad resultó decisiva para la supervivencia de sus hogares. 

Porque hubo un tiempo en que la vida de La Graciosa dependía de una travesía, una subida y una señal de fuego. Y en ese recorrido, repetido una y otra vez, se sostuvo una comunidad entera. 

 

Fuentes documentales  

1. Memoria de Lanzarote. Preparándose para bajar El Risco. Fotografía de Jan Blaauboer, Archivo General del 

Cabildo de La Palma, referencia CLP_72. 

2. Del Río Suárez, Manuel. Aproximación antropológica a la Isla de La Graciosa. Publicado originalmente en el 

Boletín Informativo Aguayro, n.o 162, 1985. 

3. Memoria de Lanzarote / FEDAC-Casa de Colón. Documentación fotográfica sobre las inversiones del Mando 

Económico de Canarias en La Graciosa, incluida la construcción del cementerio en 1943. 

4. Historia de la Graciosa. Información sobre la segunda Bajada del Camino de las Gracioseras, celebrada el 14 

de octubre de 2023. 

 

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