Ginés de la Hoz Gil había nacido en Arrecife el 27 de diciembre de 1918. Antes de alcanzar la Alcaldía ya había desarrollado una intensa actividad social y deportiva y había presidido la Sociedad Democracia en 1944. Posteriormente fue presidente del Casino Club Náutico y del Club Leones entre 1966 y 1968. Su actividad pública no se limitó al Ayuntamiento: desde 1961 hasta 1971 fue consejero del Cabildo de Lanzarote, donde asumió responsabilidades en áreas como Sanidad, Urbanismo y Vivienda, Educación, Deportes y Turismo, y también ejerció como procurador en Cortes. De este modo, su influencia durante los años sesenta se extendió mucho más allá de las competencias estrictamente municipales.
Cuando llegó a la Alcaldía, Lanzarote atravesaba uno de sus problemas históricos más graves: la falta de agua. La sequía de 1960 había obligado a las autoridades insulares a buscar soluciones de emergencia mediante el transporte de agua desde otras islas. Ginés de la Hoz viajó a Madrid junto al presidente del Cabildo, José Ramírez Cerdá, y el delegado del Gobierno, Santiago Alemán, para solicitar un suministro regular mediante buques cisterna. Pero aquel viaje terminaría abriendo una puerta mucho más ambiciosa. En el Parque del Retiro de Madrid, Ginés de la Hoz conversó con el ingeniero naval lanzaroteño Manuel Díaz Rijo sobre la posibilidad de utilizar el agua del mar para resolver definitivamente el problema. Díaz Rijo propuso desarrollar una planta capaz de transformar el agua salada en potable y el alcalde apoyó la iniciativa.
El resultado fue la puesta en funcionamiento en 1964 de la planta de Termolansa, una instalación pionera que produjo agua potable a partir del mar y que se convirtió en uno de los grandes puntos de inflexión de la historia contemporánea de Lanzarote. El problema del agua no desapareció, pero la isla había encontrado una herramienta decisiva para afrontar su futuro. La desalación permitió superar uno de los principales obstáculos que habían limitado históricamente el crecimiento de la población y de la actividad económica y proporcionó a Arrecife una base indispensable para su posterior expansión.
Resuelto parcialmente el cuello de botella del agua, la ciudad comenzó a experimentar una transformación demográfica y urbana acelerada. Uno de los problemas más visibles era la vivienda. Durante el mandato de Ginés de la Hoz se impulsó la construcción de centenares de viviendas sociales en Santa Coloma. La documentación de la Sociedad Democracia cifra en unas 500 las viviendas promovidas a comienzos de los años sesenta, 160 construidas por el Estado y 340 por el propio Ayuntamiento. A ellas se sumaron en 1967 otras cien viviendas de las denominadas Casas Nuevas, en la barriada Juan Salazar Ortiz. La expansión de estos núcleos residenciales contribuyó decisivamente al crecimiento de la capital y a la incorporación de nuevos espacios al tejido urbano de Arrecife.
Aquella política de vivienda formaba parte de un proceso mucho mayor. Arrecife necesitaba prepararse para una población que crecía al mismo tiempo que aumentaban las expectativas económicas de la isla. La construcción de viviendas exigía calles, servicios, equipamientos y nuevas comunicaciones. En esos años se impulsaron actuaciones relacionadas con el abastecimiento y el saneamiento, la urbanización y la ampliación de los espacios disponibles para una ciudad que empezaba a desbordar sus límites tradicionales.
Uno de los grandes instrumentos para ordenar ese crecimiento fue el primer Plan General de Ordenación Urbana de Arrecife, aprobado en 1968. Ginés de la Hoz estaba al frente del Ayuntamiento cuando la capital se dotó de ese instrumento de planificación, en un momento en que comenzaba a mirar decididamente hacia el futuro. La aprobación del Plan significaba asumir que Arrecife iba a crecer y que ese crecimiento debía intentar ser encauzado mediante una planificación urbana.
La documentación municipal de aquellos años muestra además una concepción de ciudad que hoy resulta especialmente reveladora. En 1970 el Ayuntamiento trabajaba sobre la delimitación del Plan General, contemplaba paseos marítimos y estudiaba la posibilidad de ganar terrenos al mar para ampliar los espacios disponibles. Una resolución municipal de febrero de aquel año solicitaba autorización para ejecutar obras encaminadas a ganar terrenos al mar y aprovechar la zona marítimo-terrestre. El objetivo era transformar la fachada marítima y proporcionar a Arrecife nuevos espacios urbanos.
La relación de Ginés de la Hoz con la marina y con el patrimonio de Arrecife también fue importante. Durante su mandato se impulsó el acondicionamiento del Castillo de San Gabriel, un elemento histórico que se encontraba separado de la vida cotidiana de la ciudad y que se pretendía integrar nuevamente en el espacio urbano. En 1960 se inauguró el castillo después de su reforma y de la instalación de iluminación exterior. Unos años más tarde, en 1963, el alcalde solicitó al capitán general de Canarias la cesión del inmueble para continuar con su acondicionamiento y explotación cultural.
También se produjeron durante aquella década importantes transformaciones en la fachada marítima y en las infraestructuras de Arrecife. La expansión del puerto, las actuaciones sobre la marina, la mejora de los espacios públicos y la creación de nuevas zonas de paseo formaban parte de una concepción urbana que pretendía convertir el frente marítimo en uno de los grandes espacios de la capital. En paralelo, el Ayuntamiento estudiaba nuevas actuaciones sobre zonas como Puerto Naos y el Charco de San Ginés, mientras el puerto adquiría una importancia creciente para la actividad pesquera e industrial.
La educación ocupó igualmente un lugar destacado. Durante los años de Ginés de la Hoz se consolidaron nuevos equipamientos que respondían al crecimiento de la población y a las necesidades de una isla que comenzaba a modernizar su estructura económica. Entre ellos destacó el Instituto Blas Cabrera Felipe, además de la Escuela de Artes y Oficios Pancho Lasso y la Escuela de Pesca. También se desarrollaron instalaciones deportivas y otros servicios públicos. La expansión de los nuevos barrios estuvo acompañada por equipamientos que contribuyeron a incorporarlos progresivamente a la vida urbana de Arrecife.
La cultura y el patrimonio tampoco quedaron fuera de aquella política. En 1961 Ginés de la Hoz impulsó la renovación y ampliación de los fondos de la Biblioteca Municipal, mientras que la recuperación de edificios y monumentos y la creación de nuevos espacios de actividad cultural formaban parte de una visión más amplia de la ciudad. Las referencias retrospectivas sobre su mandato destacan también la atención prestada a los monumentos históricos, a las zonas verdes y a las iniciativas culturales y artísticas.
La dimensión deportiva fue otra de las constantes de aquellos años. A la creación de nuevos equipamientos se sumó la preocupación por dotar a una ciudad en crecimiento de espacios para el deporte y el ocio. La expansión urbana exigía no solo viviendas y calles, sino también instalaciones capaces de atender a una población cada vez más numerosa.
Pero quizá uno de los mejores testimonios para comprender qué ciudad imaginaba Ginés de la Hoz se encuentra en una entrevista publicada en 1969 bajo el significativo título de «Arrecife, la capital». En ella, el alcalde hablaba de una ciudad que rondaba ya los veinte mil habitantes y que concentraba aproximadamente a la mitad de la población insular. Arrecife se encontraba ante un futuro de expansión que requería nuevas zonas residenciales, playas, puertos deportivos, paseos marítimos, espacios verdes e instalaciones deportivas. También había que adaptar la planificación a la evolución de la actividad pesquera e industrial del puerto.
Aquella entrevista permite apreciar que la transformación no era entendida solamente como una suma de obras. Existía una determinada idea de ciudad. El crecimiento turístico comenzaba a formar parte de las expectativas, pero convivía todavía con una economía muy vinculada a la pesca y al puerto. Arrecife debía prepararse para ambas realidades. El propio Plan General contemplaba diferentes usos para las zonas de la capital y, ya en aquellos años, se planteaban actuaciones relacionadas con la creación de nuevos espacios frente al mar y con la expansión de la ciudad.
En 1970, precisamente durante los últimos meses de Ginés de la Hoz en la Alcaldía, comenzó también a tomar forma un proyecto que afectaría al futuro del Charco de San Ginés. La iniciativa pretendía transformar una parte importante de su entorno mediante nuevos accesos, una fachada urbana hacia el Charco y terrenos ganados al mar. Una carta enviada al Ayuntamiento el 13 de agosto de 1970 mostraba el interés de la empresa Cinam por desarrollar el plan parcial porque completaría la futura fachada marítima de la ciudad. El proyecto tendría su mayor desarrollo durante el mandato de Rogelio Tenorio y acabaría abandonándose en 1974, pero su origen se encuentra en los últimos meses de la etapa de Ginés de la Hoz.
Resulta significativo que muchas de aquellas actuaciones estuvieran relacionadas con una misma preocupación: preparar Arrecife para una transformación que todavía estaba comenzando. El agua, la vivienda, las carreteras, el puerto, el urbanismo, la educación, el patrimonio, los espacios públicos y el turismo no eran asuntos independientes. Formaban parte de una misma necesidad: dotar a la capital de las condiciones necesarias para afrontar el crecimiento que se intuía en el horizonte.
Aquella década tuvo también una dimensión política y administrativa. Ginés de la Hoz fue reconocido en 1962 con la Medalla de la Orden de Cisneros por su labor como alcalde, mientras simultáneamente desarrollaba responsabilidades en el Cabildo y en las Cortes. Su posición le permitía intervenir en diferentes niveles de la Administración para buscar recursos y proyectos para la isla. La combinación de responsabilidades municipales, insulares y estatales fue una característica relevante de su trayectoria durante aquellos años.
El 16 de septiembre de 1970, por tanto, no terminó simplemente una alcaldía. Terminó una década en la que Arrecife había cambiado de escala. La ciudad que Ginés de la Hoz recibió en 1960 era todavía una capital relativamente pequeña, con importantes carencias de agua, vivienda y equipamientos. La que dejó diez años después tenía una población creciente, nuevas barriadas, instalaciones educativas y deportivas, una planificación urbanística general, una infraestructura hidráulica revolucionaria y unas expectativas económicas que comenzaban a mirar hacia el turismo.
La sucesión correspondió a Rogelio Tenorio de Páiz, que permanecería al frente de la Alcaldía hasta 1974. Con él continuaría una parte de los proyectos iniciados durante la etapa anterior, aunque la ciudad entraría progresivamente en una nueva fase. La transformación económica de Lanzarote se aceleraría durante los años setenta y el turismo acabaría adquiriendo un peso determinante en el futuro de la isla.
Ginés de la Hoz moriría el 17 de julio de 1972, con 53 años. Su desaparición se produjo apenas dos años después de abandonar la Alcaldía, pero su nombre quedó ligado a aquella década de transformación. En 1975, una avenida de Arrecife recibió su nombre y, décadas después, la Sociedad Democracia lo reconoció a título póstumo como Socio de Honor, reivindicando también un mayor reconocimiento institucional a su figura.
Su legado, como ocurre con cualquier periodo histórico, puede ser objeto de valoración y debate. Pero los datos permiten identificar con claridad la magnitud del cambio producido durante aquellos diez años. La llegada del agua desalada en 1964, la construcción de cientos de viviendas sociales, la expansión de los barrios, el primer gran instrumento de planificación urbana de 1968, la recuperación del Castillo de San Gabriel, los nuevos centros educativos y deportivos, las actuaciones sobre la marina y el puerto y los proyectos para transformar la fachada marítima forman parte de una misma secuencia histórica.
El 16 de septiembre de 1970 fue, en definitiva, el final de una década decisiva. Ginés de la Hoz dejaba la Alcaldía cuando Arrecife todavía no había alcanzado el futuro que él y su equipo habían comenzado a imaginar, pero cuando ya estaban colocados muchos de los elementos que permitirían a la capital afrontar la transformación de las décadas siguientes. El agua había dejado de ser una barrera insalvable, la ciudad había comenzado a expandirse, el urbanismo había adquirido una dimensión planificada y el puerto y la fachada marítima se habían convertido en piezas fundamentales de su futuro. Arrecife entraba entonces en otra etapa. Y buena parte de sus cimientos habían sido colocados durante aquella década.
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