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El Cristo que llegó flotando y trajo la lluvia

La tradición del Cristo de las Aguas de Guatiza cuenta que una imagen de Cristo crucificado apareció flotando en la Caleta del Riadero después de tres años de sequía. El hallazgo, seguido de la llegada de las lluvias, fue interpretado como un milagro

Iglesia del Cristo de las Aguas en Guatiza (Fotos: La Voz)
Iglesia del Cristo de las Aguas en Guatiza (Fotos: La Voz)

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Hay historias que nacen en los archivos y otras que sobreviven en la memoria de los pueblos. La del Cristo de las Aguas de Guatiza pertenece a las dos dimensiones, aunque no con la misma intensidad. Sabemos que existió y existe una devoción, sabemos que hubo una iglesia levantada bajo esa advocación y podemos seguir documentalmente buena parte de su evolución. Lo que no tenemos es el documento que certifique el momento exacto en que aquella imagen de Cristo habría aparecido flotando frente a la costa. Y, sin embargo, la historia ha sobrevivido. 

Sobrevivió porque habla de algo que durante siglos determinó la vida de Lanzarote: el agua. En una isla donde la lluvia nunca fue un elemento seguro y donde una sucesión de años secos podía convertir una mala cosecha en hambre, emigración y pobreza, que un crucificado llegara desde el mar y que poco después comenzara a llover no podía ser un episodio indiferente para quienes lo vivieron o para quienes recibieron el relato de sus mayores. 

La tradición sitúa el episodio en la Caleta del Riadero, en el litoral de Guatiza, junto a la zona de Los Cocoteros. Allí, después de una prolongada sequía de tres años, un pastor que se encontraba cerca de la costa habría visto en el agua un objeto que, por su forma y dimensiones, le hizo pensar que podía tratarse de un cuerpo humano. Al aproximarse descubrió que era una imagen de Cristo crucificado. La sacó del mar y la llevó hasta el pueblo. Poco después llegaron las lluvias y, con ellas, un tiempo de mejores cosechas. Así nació, según la memoria transmitida, el Cristo de las Aguas. 

No se trata de una historia aparecida recientemente para alimentar el atractivo turístico de Guatiza. La tradición forma parte de la historiografía local y fue recogida por Agustín de la Hoz en su obra Lanzarote, publicada en 1962. Investigaciones académicas posteriores han reproducido el episodio y citan expresamente a De la Hoz al explicar el origen de la advocación. La fuente académica conservada por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria señala que el Cristo recibió su nombre tras aparecer flotando en la Caleta del Riadero y que el hecho quedó relacionado con las lluvias después de tres años de sequía. 

Pero precisamente porque la historia es atractiva conviene contarla con cuidado. Una cosa es afirmar que la tradición existe y otra convertir en hecho probado cada uno de sus detalles. No se ha localizado el documento que permita establecer el día o el año exacto de la aparición. En distintas publicaciones actuales se repite que ocurrió «a mediados del siglo XIX», pero esa datación no aparece respaldada, en la documentación primaria localizada, por un acta o expediente que permita fijarla con seguridad.

Para comprender por qué el relato pudo adquirir tanta fuerza hay que situarse en la Lanzarote de aquellos siglos. La isla dependía extraordinariamente de unas precipitaciones escasas e irregulares. La agricultura y la ganadería estaban sometidas a una permanente incertidumbre y los periodos prolongados sin lluvias podían provocar consecuencias devastadoras. La documentación histórica confirma que las sequías fueron una de las grandes calamidades de Lanzarote. En el siglo XIX, los episodios de hambre y malas cosechas llegaron a estimular movimientos migratorios y a agravar la fragilidad de unas comunidades que vivían pendientes del agua. 

Ese contexto ayuda a entender el significado profundo de la tradición del Cristo. La lluvia no era simplemente un cambio meteorológico. Podía representar la diferencia entre permanecer en la isla o marcharse, entre cosechar o perderlo todo, entre alimentar al ganado o verlo desaparecer. Por eso el relato de un Cristo que llega desde el mar y anuncia la lluvia adquiere una dimensión que va mucho más allá de la religiosidad popular. Es también una historia sobre la supervivencia. 

La historia del Cristo está además relacionada con la propia transformación del asentamiento. Agustín de la Hoz habló de «las dos Guatizas»: la antigua Guatiza de Santa Margarita y la nueva Guatiza asociada al Cristo de las Aguas. La población de la antigua zona de Santa Margarita fue desplazándose hacia otros espacios y la nueva Guatiza fue creciendo en un lugar más resguardado. El cambio tuvo también una dimensión defensiva: la exposición de determinados asentamientos al litoral y a los desembarcos de piratas y corsarios formaba parte de la experiencia histórica de la isla. 

La nueva población necesitaba sus propios servicios religiosos. Y aquí la leyenda empieza a encontrarse con los documentos. Uno de los datos más sólidos de toda la investigación es 1832. Un estudio de José Concepción Rodríguez, publicado en las II Jornadas de Estudios sobre Lanzarote y Fuerteventura, documenta que en ese año comenzó a construirse el templo del Santo Cristo de las Aguas de Guatiza. La investigación se apoya en un expediente conservado en el Archivo Diocesano de Las Palmas, relacionado con la petición de los vecinos para disponer de un templo más próximo, ante la distancia de la antigua ermita de Santa Margarita. 

El expediente es especialmente interesante porque refleja una necesidad concreta de los habitantes. Los vecinos reclamaban una solución religiosa para la comunidad que se había ido consolidando en el nuevo núcleo. No estamos, por tanto, ante una iglesia levantada únicamente por una decisión artística o arquitectónica. Su construcción responde también al crecimiento de la población y a una necesidad social y religiosa. La cronología de Memoria de Lanzarote recoge igualmente 1832 como el año en que comenzó la construcción de la Iglesia del Santo Cristo de las Aguas. 

La fecha de 1832 obliga a mirar con cautela la afirmación, hoy repetida en algunas publicaciones, de que el Cristo apareció «a mediados del siglo XIX». Si en 1832 ya se estaba levantando un templo dedicado al Santo Cristo de las Aguas, la advocación y la presencia de la imagen debieron de tener, como mínimo, un contexto previo que todavía necesitamos documentar mejor. La cuestión no está resuelta: puede haber distintas fases constructivas, puede existir una tradición anterior vinculada a un lugar de culto previo, y también es posible que la datación divulgada del hallazgo sea demasiado tardía.

Una fuente especializada en arquitectura de Lanzarote sostiene precisamente que el edificio actual se levantó a partir de 1869, mientras que antes habría existido otra iglesia, situada cronológicamente entre finales del siglo XVII y comienzos del XVIII. Esa interpretación relaciona la iglesia primitiva con la tradición del Cristo encontrado en el Riadero después de tres años sin lluvias. Se trata de una pista de gran interés, pero debe mantenerse en el terreno de la hipótesis hasta que la documentación permita reconstruir de forma definitiva las distintas fases del templo. 

Lo que sí podemos seguir documentalmente es la consolidación de la devoción. En 1890, varios vecinos de Guatiza se dirigieron al Ayuntamiento de Teguise para solicitar un espacio destinado a cementerio. En el documento explicaban que los habitantes de Guatiza y Mala habían obtenido una Ayuda de Parroquia, establecida en «la otra ermita» existente en Guatiza, bajo la advocación del Santo Cristo de las Aguas. Aquella referencia administrativa demuestra que a finales del siglo XIX el Cristo ya formaba parte plenamente de la organización religiosa y de la vida cotidiana de la comunidad. 

El documento de 1890 tiene además un valor social. Los vecinos necesitaban disponer de un cementerio que evitara el traslado de los difuntos hasta otro espacio, situado, según el expediente, a unos diez kilómetros. La historia del Cristo deja así de ser solamente la de una imagen y un supuesto milagro: aparece vinculada a la construcción de una comunidad, a sus necesidades materiales y a la consolidación de un núcleo de población con identidad propia. 

La evolución culminó, décadas después, con la creación de la parroquia. El 10 de mayo de 1915 se creó formalmente la parroquia del Santo Cristo de las Aguas para atender a Guatiza y Mala. La fecha permite completar una trayectoria iniciada mucho antes: una tradición nacida en la memoria de un hallazgo marítimo, una comunidad que reclama un templo, una construcción documentada desde 1832, una ayuda de parroquia a finales del siglo XIX y, finalmente, una parroquia constituida formalmente en el siglo XX. 

También la propia imagen conserva interrogantes. Diversas fuentes señalan que presenta características de la escuela sevillana, aunque su autor no ha sido identificado. Se ha planteado incluso que pudiera haber sido una imagen cuyo destino original fuese América y que, por circunstancias desconocidas, terminara llegando a Lanzarote. Pero no hemos localizado documentación que permita afirmar esa hipótesis como un hecho. Debe seguir tratándose como una posibilidad abierta, del mismo modo que tampoco existe una prueba primaria que explique exactamente cómo llegó la escultura hasta la costa de Guatiza. 

Hay, sin embargo, algo profundamente simbólico en la historia. El Cristo no habría llegado por tierra, ni por una ruta conocida, ni de la mano de un escultor identificado. La tradición dice que llegó desde el mar. Y el mar, en la historia de Lanzarote, ha sido al mismo tiempo camino, amenaza y frontera. Por él llegaron conquistadores, comerciantes, piratas, emigrantes y mercancías; por él también partieron los lanzaroteños que tuvieron que abandonar la isla en épocas de hambre y sequía. Que una imagen religiosa apareciera precisamente en ese espacio convierte el relato en una historia profundamente lanzaroteña. 

La festividad del Santo Cristo de las Aguas se celebra el 14 de septiembre, pero esta fecha necesita también una precisión. No podemos afirmar que la imagen apareciera en el mar un 14 de septiembre. La fecha corresponde a la celebración religiosa, no a un día del hallazgo que haya quedado acreditado documentalmente. Esa diferencia puede parecer pequeña, pero es esencial cuando se pretende transformar una tradición en una efeméride histórica sin perder rigor. 

Quizá por eso la historia conserva todavía algo de misterio. Sabemos dónde sitúa la tradición el hallazgo: la Caleta del Riadero. Sabemos qué apareció: un Cristo crucificado. Sabemos qué ocurrió después según la memoria transmitida durante generaciones: llegaron las lluvias después de tres años de sequía. Sabemos que la advocación estaba consolidada en el siglo XIX y que en 1832 ya se estaba levantando un templo dedicado al Santo Cristo de las Aguas. Sabemos que la tradición fue recogida por Agustín de la Hoz y que posteriormente ha sido estudiada desde la historia del arte, la arquitectura y el patrimonio. 

Lo que todavía no sabemos es igualmente importante: el día exacto del hallazgo, el año preciso, la identidad del vecino que habría recuperado la imagen y la relación documental entre el episodio tradicional y las distintas fases constructivas del templo. Tampoco podemos dar por demostrado que la imagen estuviera destinada originalmente a América. La ausencia de esas pruebas no invalida la tradición; simplemente marca la frontera entre lo que podemos documentar y lo que pertenece a la memoria colectiva. 

Tal vez esa frontera sea precisamente lo que hace tan atractiva la historia. Las comunidades no siempre conservan aquello que aparece en un documento. También conservan aquello que explica quiénes son. Para Guatiza, el Cristo de las Aguas parece haber cumplido durante generaciones esa función. Su historia une el paisaje y la fe, el mar y la tierra, la sequía y la lluvia, la antigua Guatiza de Santa Margarita y la nueva población que creció alrededor de su advocación. 

Es una historia de miedo y esperanza. Primero está la sequía. Después aparece una imagen en el mar. Luego llega la lluvia. No sabemos si ocurrió exactamente así. La historia documental no puede demostrar el milagro. Pero sí puede demostrar algo quizá más importante: que aquella historia llegó a convertirse en una parte esencial de la memoria y de la identidad religiosa de Guatiza. Y en una isla en la que el agua siempre ha sido una cuestión de supervivencia, no resulta difícil comprender por qué un Cristo llegado desde el océano después de tres años de sequía terminó siendo llamado, sencillamente, el Cristo de las Aguas. 

Cada 14 de septiembre, Guatiza vuelve a celebrar a su Cristo. No celebra únicamente una imagen religiosa. Celebra también una historia nacida entre la tierra sedienta y el mar: la historia de un Cristo que, según la tradición, llegó flotando y que, poco después, trajo la lluvia. 

 

Fuentes y documentación contrastada 

Agustín de la Hoz, Lanzarote (1962), p. 154, citado por investigaciones posteriores sobre el Cristo de las Aguas. 

José Concepción Rodríguez, «Esculturas del imaginero don Fernando Estévez en Lanzarote», en II Jornadas de Estudios sobre Lanzarote y Fuerteventura, con referencia al expediente del Archivo Diocesano de Las Palmas y al inicio de la construcción del templo en 1832. 

Memoria de Lanzarote, registro histórico de 1832 sobre el comienzo de la construcción de la Iglesia del Santo Cristo de las Aguas. 

Documentación histórica y municipal reproducida por Guatiza, ayer y hoy, especialmente el expediente de 1890 relativo al cementerio y a la Ayuda de Parroquia del Santo Cristo de las Aguas.

Documentación de la Diócesis de Canarias sobre la creación de la parroquia del Santo Cristo de las Aguas para Guatiza y Mala el 10 de mayo de 1915. 

Investigaciones y fuentes locales sobre la antigua Guatiza de Santa Margarita, el desplazamiento de la población y la tradición del Cristo aparecido en la Caleta del Riadero. 

Fuentes sobre la arquitectura del templo que plantean distintas fases constructivas y sitúan el edificio actual en la segunda mitad del siglo XIX; esta cuestión se mantiene como hipótesis historiográfica cuando no existe prueba documental definitiva. 

Las referencias a un posible destino americano de la imagen y a su factura sevillana se mantienen como hipótesis mientras no aparezca documentación primaria que permita confirmarlas.

 

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