La pérdida puede entenderse como la ausencia de lo que antes se poseía o como la muerte de alguien o algo que ha sido relevante en nuestra vida. Al pasear por Arrecife existe una imagen recurrente, la de viviendas y edificios históricos abandonados, fachadas desde las que se desprenden cascotes y ventanas o puertas tapiadas. Sobre las aceras estrechas de la capital, la población y los turistas se abren paso ante una ciudad deshabitada por tramos. De telón de fondo, la pérdida de la ciudad y su identidad.
Arrecife tiene más de 70.200 habitantes y una media de 2.894 residentes por kilómetro cuadrado, una densidad de población mayor que la de todos los municipios de Lanzarote juntos y que multiplica por nueve la media de Canarias. También cuenta con uno de los patrimonios arquitectónicos más deteriorados del archipiélago, a pesar de ser la capital de la isla con el paisaje más singular de Canarias.
"Lo que significa para una ciudad perder sus edificios históricos depende de cómo se tenga interiorizado el patrimonio y de si existe una atmósfera de aprecio y respeto por la memoria", relata la arqueóloga arrecifeña y doctora en Prehistoria Nona Perera, quien ha construido su carrera defendiendo la protección del patrimonio canario.

Uno de los elementos esenciales para definir una ciudad son sus edificios históricos, pedazos que recuerdan la vida política, cultural, comercial o religiosa de cada lugar y que hacen que no sea lo mismo pasear por las calles de La Laguna o Santa Cruz de La Palma que por las de Arrecife o Puerto del Rosario (Puerto Cabras). Aunque tengan una historia común, no siempre es la misma.
Arrecife no podría entenderse sin su relación con el mar, sin sus salinas ni sus conserveras en ruinas. Sin ir más lejos, el Charco de San Ginés es un reflejo del pasado marinero de la capital de la isla, con sus chalanas amarradas en sus aguas todo el año. También es una muestra de todo lo que no funciona en la ciudad, con problemas recurrentes de vertidos de aguas residuales y edificaciones abandonadas.
Para Perera, que ha participado en numerosos estudios sobre el patrimonio de Arrecife, los conceptos que resumen el estado actual de estos inmuebles son dos: "Desastroso" y "peligroso".

La pérdida de un edificio histórico, una laguna en la identidad
Hay muchas formas de perder un edificio histórico, explica la arquitecta y urbanista María Tomé durante una entrevista con La Voz, que relata que estas infraestructuras son parte de la identidad de un lugar. "Cuando eres consciente de la importancia para la salud cívica, científica, social, económica -porque el patrimonio da dinero- y de la relevancia de todo esto para vivir, experimentas la pérdida con mucho dolor", añade la arqueóloga Nona Perera.
Por un lado, la forma más visible es cuando el inmueble se abandona (como cientos de ejemplos en la capital) o, incluso, se derrumba. En el año 2011 había en Arrecife 2.742 viviendas vacías de las más de 23.200 censadas. Además, algunos inmuebles históricos fueron tumbados en antes de que fueran declarados como bienes protegidos o a pesar de estar protegidos.
Por ejemplo, en 2006, durante la alcaldía de la condenada Isabel Déniz, se autorizó el derribo de un inmueble histórico que pertenecía al conjunto de casas altas, viviendas construidas entre los siglos XIX y XX en la calle Real relacionadas con gente pudiente. En este edificio desaparecido, localizado en el número 33 de la principal vía comercial de la capital pasó consulta el doctor José Molina Orosa y vivió Guillermo Topham, aunque ya nunca podrá visitarse. Aún hoy, la calle Real muestra las cicatrices de su pérdida.
Por otro lado, también existe otra manera de perder un inmueble histórico: acabando con su uso tradicional. "Si se abandona su cotidianeidad, el uso histórico que se le daba a ese edificio se pierde", continúa Tomé. Esta situación se produce las franquicias sustituyen al comercio local, resignifican los espacios y "la idea de barrio", pero también cuando las viviendas terminan convirtiéndose en pisos turísticos. En la capital de Lanzarote hay actualmente cerca de 1.200 viviendas vacacionales, según el Registro General Turístico. Ante esta realidad, la ciudad deja de ser entonces para vivir y se convierte en un decorado o en una reproducción de otros espacios, perdiendo su esencia.
Un abandono que comenzó en los años 80 y continuó con la presión económica
Nona Perera sitúa en los años 80 del siglo XX el momento en el que la población más pudiente de Arrecife abandonó sus viviendas en la capital para instalarse en otros espacios, como El Cable. "Ese despojo fue voluntario y de gente con recursos, después otras personas o empresas se hicieron con las viviendas", indica.
Al abandono de los inmuebles por parte de la población, se sumó la presión empresarial de las últimas décadas para evitar la protección patrimonial y así poder derrumbar algunos edificios y comercializar con el suelo de zonas céntricas de la capital.
Algunos inmuebles históricos de Arrecife han desaparecido por la falta de un catálogo de bienes patrimoniales actualizado, a pesar de que ha habido intentos en la últimas décadas de sacarlo adelante. Hasta ahora, la capital de la isla está guiándose por un documento de 1991, que solo reconoce la protección de diecinueve inmuebles en todo el municipio.
El Área de Patrimonio de Arrecife anunció el pasado diciembre que el nuevo catálogo contempla proteger 220 inmuebles y elementos patrimoniales. Mientras este catálogo aún no se ha aprobado, en enero un Juzgado dio vía libre a una promotora inmobiliaria para derribar otro edificio histórico, localizado en los números 12 y 14 de la calle Luis Morote, que estaba contemplado para su protección como bien patrimonial, por la falta de respuesta del consistorio ante la solicitud de derrumbe.

Una ciudad con edificios tapiados, un lugar especialmente inseguro para las mujeres
Las viviendas de Arrecife tienen vidas pasadas y su suelo una vez fue de jable y adoquines, pero de aquello solo queda el paso del tiempo. La identidad y la seguridad son dos factores que inevitablemente se pierden cuando se abandonan los inmuebles. Sin embargo, ante este escenario no todo es pesimismo porque conocer el patrimonio que se pierde es un paso para poder protegerlo.


























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