En las últimas semanas, la expresión farmear aura ha corrido como la pólvora por las redes sociales y en el boca a boca de la gente. Este término, que forma parte ya de la jerga de Generación Z, es una expresión coloquial que viene a significar algo así como adquirir una gran reputación a través de la seguridad y la presencia para "ganar puntos". En muchos parques de España, muchos jóvenes se reúnen para llevar a cabo estas batallas, en la que se enfrentan dos personas y el público se coloca en círculo a su alrededor.
Para comprenderlo mejor, farmear aura es hacer cualquier tipo de movimiento que te haga ser más "icónico" o con más presencia que tu contrincante. En cuanto al significado de aura, viene a significar lo 'guay' que es alguien. Tener aura es ser una persona con presencia y magnetismo, un término muy usado por los más jóvenes que ha surgido de las redes sociales.
Sin embargo, esta nueva práctica extendida entre muchos de los jóvenes y potenciada en redes sociales como TikTok es una de las muchas que también conquistaron a generaciones pasadas, como el breakdance, las batallas de gallos o el voguing que, en su momento, también eran consideradas por muchos como actividades mal vistas.
Y es que, para una parte de la sociedad, farmear aura es un fenómeno que muchos califican de "ridículo" o de "vergüenza ajena", a pesar de que muchos defienden que solo es un pasatiempo de moda de los más jóvenes que solo se divierten al aire libre sin causar problemas.
El breakdance, un estilo de baile que triunfó entre los lanzaroteños de los ochenta
Uno de los ejemplos de estos fenómenos en generaciones anteriores es el breakdance, un estilo de baile urbano proveniente del hip hop que surgió de las comunidades afroamericanas del Bronx y Brooklyn y que se popularizó en los años setenta y ochenta por todo el mundo. El breakdance también llegó a Lanzarote en los años ochenta y los más jóvenes de la isla lo practicaban en las calles.
Según cuentan algunos de estos lanzaroteños, películas como Beat Street (1984) supusieron la entrada de este estilo de baile en las vidas. "Empezamos todos los chicos de la isla y creábamos pequeñas pandillas", recuerda. "Pintábamos algún grafitti pequeñito y, sobre todo, lo que hacíamos era bailar y hacer batallas, que en aquella época le llamábamos 'piques'", continúa.
Estas batallas se hacían en los colegios porque así podían poner cartones en el suelo y bailar encima de ellos. "Nos picábamos, por ejemplo, un sábado en la Escuela de Artes y Oficios o en el colegio Antonio Zerolo y, aparte, los que bailábamos mejor íbamos a Puerto del Carmen, poníamos una gorra y los turistas nos ponían dinero", relata. Con este dinero, iban al cine o se tomaban algo con amigos.
"Era muy divertido y nos picábamos con gente tanto en los colegios como en el antiguo parque Islas Canarias porque aquí había una zona de patinaje al lado del Puente de las Bolas donde llevábamos cartones y un radiocasete enorme de doble pletina (con dos casetes al mismo tiempo)", explica. En estas batallas de breakdance se alternaban, primero bailaba un contrincante y luego el otro. "Uno bailaba mejor en el suelo u otro arriba, a mí se me daba bien dar vueltas con la cabeza en el suelo", desvela. Según indica, "los que ganaban en aquella época eran los que hacían el tornillo y el molino".
A pesar de que el público se ponía alrededor en forma de música para disfrutar del espectáculo, cuenta que "no había jueces" y el ganador se decidía por obviedad. "Cuando nosotros éramos muy buenos, no había color", asegura. "Cuando nosotros éramos muy pequeños, los grandes se picaron y hubo algún empujón, pero nunca había peleas y me acuerdo que fuimos corriendo a la Escuela de Artes y Oficios para ver ese pique, era impresionante", reconoce.
Tal era el éxito de algunos de estos jóvenes que algunas veces, la antigua discoteca Wilson contactó con ellos para ir a bailar. "Nos ponían a bailar para que nos viera la gente y nos pagaban 1.000 pesetas en aquella época", recuerda.
A pesar que de era un pasatiempo de lo más sano y normal entre los jóvenes, muchos lo veían como un peligro. "Nos decían que el breakdance era malo para los huesos porque veían que nos dábamos golpes en el suelo con movimientos como la oruga, que tenías que tirarte en el suelo y saltar sobre él", indica.
Las batallas de gallos de rap, ejemplo de compañerismo y respeto
Otro de los pasatiempos que congregaban (y siguen congregando) a los más jóvenes en la calle eran las batallas de gallos de rap. Su origen se remonta a la década de los setenta en Nueva York y es un tipo de enfrentamientos que provienen del freestyle que, a su vez, surgen del Mcing (rap), un elemento del hip hop. Una de sus características más importantes es que nació para "reivindicar los derechos de las etnias minoritarias en Estados Unidos". En el caso de los países hispanohablantes, fue en los años noventa y 2000 cuando llegó a las plazas y parques como un pasatiempo juvenil.
Como explica el artista y freestyler Antonio Miguel González, también conocido artísticamente como Nase, los freestylers se suelen reunir cada semana y hacer batallas de calle a las que se puede unir cualquier persona. "En ocasiones llegan chicos nuevos que les gusta eso de improvisar y hacer rimas, a partir de ahí, pues suelen formar parte de este grupo y luego, generalmente, con el paso del tiempo van mejorando ese proceso mental", indica.
Nase comenzó a rapear, escribir canciones e improvisar en el año 2007, pero "en aquel entonces no existían aplicaciones como WhatsApp, por lo que la forma de crear esos grupos de freestylers pasaba a ser a grupos de amigos. En mi caso, estudiando en el instituto con otros compañeros de otros cursos nos hicimos nuestro grupo de raperos y quedábamos de esa manera no solo en el recreo, sino también los fines de semana".
En la mecánica de las batallas de gallos, por lo general se enfrentan dos participantes y compiten haciendo rimas sobre una instrumental. Lo que se valora en estas competiciones es el flow (adaptación al ritmo), el mensaje, el estilo y la puesta en escena, entre otros aspectos. Es un jurado formado por tres a cinco jueces quien decide el ganador y trasladan sus sensaciones. Cuando la decisión de los jurados es mayoría, ese es el resultado definitivo.
"Uno de los aspectos que creo que es más importante es esa libertad de expresión que otorga la posibilidad de rimar sobre lo que quieras en una instrumental. Digamos que el freestyle es la representación más cruda de la libertad de expresión en la cultura hip hop", señala el artista.
Además, hace hincapié en que "también aporta una serie de valores como el compañerismo, la colectividad, la tolerancia y el respeto, aunque muchos piensen que una batalla de gallos son dos freestylers insultándose, la realidad es que siempre empiezan dándose la mano y en la mayoría de los casos terminan con un abrazo y un saludo".
Farmear aura con influencias del voguing
Durante los encuentros para farmear aura se utilizan diferentes movimientos, todos los que se le ocurran al participante, para mostrar esa presencia que se busca y superar al contrincante. Dentro de esos movimientos existen influencias de otros bailes como el voguing, un estilo de danza urbano que se caracteriza por imitar las poses de las modelos en las revistas de moda. De hecho, la conocida revista Vogue tomó su nombre de este baile.
En concreto, el voguing consiste en congelar el movimiento en poses dramáticas y angulares al ritmo de música house. Este estilo de baile surgió en los años setenta y ochenta en Harlem, Nueva York, de la mano de la comunidad LGTBIQ+ afroamericana y latina.
Se solía bailar en los Ballrooms, una especie de salones de baile en la que a través del voguing conseguían expresarse y encontraban refugio. En estos salones se hacían competiciones de baile entre "casas", es decir, aquellas familias elegidas en la que las personas del colectivo se sentían comprendidas y en libertad.
La fama del voguing se extendió de forma significativa a nivel mundial gracias al documental Paris is Burning de 1990 y al popular videoclip de Vogue de la artista Madonna.
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