Hay fechas que pertenecen a la historia. Y hay fechas que cambian para siempre la memoria de un territorio. El 25 de septiembre de 1992 fue una de ellas para Lanzarote. Aquel día murió César Manrique. Tenía 73 años. Había nacido en Arrecife el 24 de abril de 1919. Salía de la Fundación que llevaba su nombre, en Tahíche, y regresaba a Haría, donde residía desde 1988. Era un trayecto cotidiano. Pero aquel día no llegó a su casa. Su vehículo sufrió un accidente de tráfico en el cruce de Tahíche con la carretera de Arrecife a Teguise y Haría. Fue trasladado al Hospital General de Lanzarote y murió poco después. La noticia recorrió la isla. Lanzarote perdió al hombre que durante décadas había contribuido a transformar la manera de mirar, representar y proteger su territorio.
El niño que aprendió a mirar la isla
César Manrique Cabrera nació en Arrecife el 24 de abril de 1919, en una familia vinculada a la capital lanzaroteña. Su infancia transcurrió en una isla muy diferente de la actual. El turismo todavía no había transformado el territorio y buena parte de la vida estaba ligada al mar, la agricultura y las comunicaciones entre los pueblos. Entre los paisajes que marcaron sus primeros años estuvo Famara. Los testimonios familiares recopilados por la Fundación César Manrique recuerdan aquellas estancias y la relación temprana del futuro artista con el paisaje.
Aquella experiencia no fue un episodio menor. La naturaleza volcánica de Lanzarote se convertiría después en una de las fuentes esenciales de su lenguaje artístico. Manrique creció mirando una isla que todavía no había descubierto el valor turístico internacional de sus volcanes. Las montañas negras, las coladas, las playas, los jameos, los cultivos protegidos por muros de piedra y las casas blancas formaban parte de la vida cotidiana. Años después, cuando otros vieran en aquellos elementos recursos turísticos, Manrique los convertiría también en materia artística y en argumentos para defender la identidad insular.
Del paisaje a la formación artística
En 1939 comenzó sus estudios en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando de Madrid, donde obtuvo posteriormente el título de profesor de pintura y dibujo. Durante las décadas siguientes desarrolló una trayectoria fundamentalmente pictórica. Su obra evolucionó desde planteamientos figurativos hacia la abstracción y entró en contacto con las corrientes artísticas contemporáneas.
En 1964 viajó a Nueva York gracias a una beca de la Fundación Guggenheim. Vivió allí hasta 1966 y entró en contacto directo con algunas de las principales tendencias del arte estadounidense de aquel momento. Expuso en la galería Catherine Viviano y conoció de cerca el expresionismo abstracto, el pop art y otras corrientes que ampliarían su concepción del arte. Pero aquella experiencia internacional terminaría teniendo una consecuencia especialmente importante para Lanzarote: Manrique regresó a la isla con una visión artística mucho más amplia y con la convicción de que el territorio podía convertirse en un espacio de creación.
1966: el regreso que cambió la isla
En 1966 regresó definitivamente a Lanzarote. La isla estaba entrando en una nueva etapa económica. El turismo comenzaba a adquirir importancia y las primeras transformaciones territoriales empezaban a hacerse visibles. En ese contexto coincidieron dos figuras decisivas para el futuro insular: César Manrique y José Ramírez Cerdá, presidente del Cabildo de Lanzarote entre 1960 y 1974.
Ramírez Cerdá impulsó desde la institución insular una estrategia de desarrollo turístico y de transformación de Lanzarote. Manrique aportó una concepción artística y territorial basada en la integración entre arquitectura, paisaje y naturaleza. La colaboración entre ambos, documentada por la Fundación César Manrique, resultó fundamental para comprender el modelo que se desarrolló durante aquellos años. La idea no consistía simplemente en construir atractivos turísticos. Se trataba de aprovechar lugares singulares de la isla y convertirlos en espacios donde la intervención humana estuviera integrada en el paisaje.
Jameos del Agua: cuando el volcán dejó de ser un obstáculo
Jameos del Agua se convirtió en uno de los primeros grandes ejemplos de esa concepción. Las actuaciones comenzaron en los años sesenta y Manrique transformó un espacio volcánico en un conjunto en el que naturaleza, arquitectura, iluminación, vegetación y arte convivían.
El Jameo Chico, el Jameo Grande y posteriormente el auditorio fueron integrándose en el tubo volcánico. El resultado no consistió en ocultar la naturaleza, sino en hacer que la intervención humana dependiera de ella. El lugar se convirtió en uno de los principales símbolos turísticos de Lanzarote y también en una demostración práctica de la concepción de Manrique sobre la relación entre arte y naturaleza.
La lava no era un obstáculo. Era el punto de partida.
Tahíche: una casa dentro del volcán
En 1968 comenzó a construir su vivienda de Tahiche sobre un terreno cubierto por las coladas de las erupciones de Timanfaya de 1730-1736. La casa aprovechó cinco burbujas volcánicas naturales situadas bajo la superficie y las incorporó a los espacios habitables.
El resultado fue una arquitectura singular en la que las formas contemporáneas convivían con la geología del lugar. Manrique no construyó una casa convencional sobre un solar convencional. Construyó aprovechando el paisaje que ya existía. La vivienda se convirtió en su residencia y estudio hasta 1988. Posteriormente sería transformada en la sede de la Fundación César Manrique.
Lanzarote. Arquitectura inédita: conservar la memoria
Existe otro proyecto fundamental para comprender la relación de Manrique con Lanzarote: Lanzarote. Arquitectura inédita. El trabajo comenzó en 1966 y culminó con la publicación del libro en 1974. Manrique recorrió la isla y documentó mediante fotografías numerosas muestras de arquitectura tradicional. Casas, patios, hornos, aljibes, palomares, elementos agrícolas y soluciones constructivas adaptadas al clima y al territorio quedaron recogidos en aquella obra.
No se trataba únicamente de mostrar una arquitectura pintoresca. El proyecto respondía a la preocupación por la desaparición progresiva de formas tradicionales de construir. Manrique entendía que el paisaje de Lanzarote no estaba formado únicamente por volcanes. También lo componían las construcciones levantadas durante generaciones por sus habitantes.
Mirador del Río: una arquitectura para mirar
En el norte de Lanzarote, sobre el macizo de Famara, surgió otra de sus intervenciones más conocidas. El Mirador del Río comenzó a construirse en 1971 y fue inaugurado en 1973. El proyecto fue realizado por César Manrique junto con los arquitectos Eduardo Cáceres y Jesús Soto. El edificio se integró en el terreno y fue concebido como un lugar desde el que contemplar el Archipiélago Chinijo.
La Graciosa, Montaña Clara, Alegranza y el océano se convierten allí en los verdaderos protagonistas. La arquitectura funciona como intermediaria. El paisaje ocupa el primer plano.
Timanfaya: el volcán como identidad
En las Montañas del Fuego se produjo otra de las grandes intervenciones asociadas a Manrique. El restaurante El Diablo se integró en el paisaje volcánico y convirtió la propia actividad geotérmica del lugar en parte de la experiencia.
La intervención contribuyó a consolidar una nueva forma de presentar Timanfaya al visitante. El territorio no debía ser domesticado para resultar atractivo. Precisamente su carácter volcánico constituía su principal valor. La lava, la piedra, el fuego y la ausencia de vegetación se transformaron en elementos de una experiencia turística y cultural singular.
Arrecife: el patrimonio también era parte de la obra
La intervención de Manrique no se limitó a los paisajes naturales. También alcanzó Arrecife. En el Castillo de San José impulsó la creación del Museo Internacional de Arte Contemporáneo de Lanzarote. La antigua fortaleza del siglo XVIII fue restaurada y transformada en espacio cultural.
La colección reunió obras de destacados artistas españoles e internacionales y convirtió el castillo en uno de los principales espacios de arte contemporáneo de la isla. En 1974 también impulsó El Almacén, un espacio cultural situado en Arrecife. Su objetivo era favorecer la actividad artística y cultural en la capital. Era una dimensión menos conocida de su proyecto lanzaroteño: no quería limitar la transformación de la isla a la creación de espacios destinados a los visitantes. También quería ampliar la oferta cultural para quienes vivían en ella.
El Jardín de Cactus: la última gran intervención
En Guatiza se encuentra otra de sus obras esenciales. El Jardín de Cactus fue inaugurado en 1990 y se convirtió en la última gran intervención de Manrique en el territorio de Lanzarote.
El proyecto recuperó un antiguo espacio agrícola y lo convirtió en un jardín especializado en cactus y plantas suculentas. El recinto aprovechó la forma de una antigua cantera y quedó dominado visualmente por el molino de Guatiza. La piedra volcánica, las plantas, las formas circulares y la arquitectura volvieron a combinarse en un mismo espacio.
Era, en cierto modo, la culminación de una manera de trabajar que había comenzado décadas atrás.
Pero el éxito turístico comenzó a preocuparle
Aquí aparece uno de los aspectos más importantes y menos simplificables de la trayectoria de Manrique en Lanzarote. El artista había participado en la creación de una imagen turística basada en la singularidad del territorio. Pero a medida que el turismo crecía también aumentaba la presión urbanística.
La Fundación César Manrique documenta que Manrique manifestó preocupación por este proceso desde los años sesenta. Su posición fue evolucionando hacia una defensa cada vez más activa del territorio. El hombre que había ayudado a convertir Lanzarote en un destino turístico comenzó también a advertir de los riesgos de un crecimiento turístico que consideraba incompatible con la conservación del paisaje.
"Lanzarote se está muriendo"
En enero de 1986, El País publicó un amplio reportaje sobre la situación de Lanzarote en el que recogía las críticas de Manrique al desarrollo turístico y urbanístico de la isla. El titular utilizó una de sus expresiones más contundentes: «Lanzarote se está muriendo».
La frase refleja la preocupación que había adquirido el artista ante el crecimiento urbanístico y la transformación del litoral. Su posición no era contraria al turismo como actividad económica. Lo que cuestionaba era un modelo de crecimiento que pudiera terminar destruyendo los valores paisajísticos sobre los que se sustentaba la propia imagen de Lanzarote.
Era una paradoja evidente. Y también uno de los capítulos más importantes de su legado.
Los Pocillos: del artista al activista
En 1988 Manrique participó en las movilizaciones contra determinados proyectos turísticos en la zona de Los Pocillos. Su presencia en aquellas protestas muestra hasta qué punto había cambiado su papel público.
Ya no era únicamente el artista que diseñaba espacios para enseñar Lanzarote. Era también uno de los rostros más visibles de la defensa del territorio. La Fundación César Manrique conserva documentación sobre su participación en diferentes acciones de protesta y sobre sus críticas a determinadas actuaciones urbanísticas. Su activismo terminó formando parte inseparable de su figura pública.
Haría: los últimos años
En 1988 Manrique trasladó su residencia a Haría. Allí recuperó una vivienda rural y la convirtió en su último hogar y taller. El cambio tuvo también una dimensión personal. Después de décadas de intensa actividad pública, Haría representó un espacio más íntimo.
Continuó trabajando. Continuó pintando. Continuó interviniendo en proyectos. Y continuó defendiendo públicamente el territorio. Aquella casa sería su última residencia.
1992: La Fundación que dejó preparada para el futuro
La Fundación César Manrique fue constituida en 1983 y comenzó a funcionar en 1992. La inauguración oficial se produjo el 27 de marzo de aquel año y abrió al público el 1 de abril.
Manrique convirtió su antigua casa de Tahíche en la sede de una institución destinada a conservar y difundir su obra, pero también a promover la relación entre arte y naturaleza y a contribuir a la defensa del medio natural y a una ordenación territorial sostenible. Era un proyecto que trascendía su propia producción artística. Manrique estaba creando una institución que pudiera continuar trabajando cuando él ya no estuviera. No podía saber que dispondría de apenas seis meses.
25 DE SEPTIEMBRE DE 1992
El 25 de septiembre de 1992 salió de la Fundación César Manrique, en Tahíche. Se dirigía hacia Haría. En el trayecto sufrió un accidente de tráfico. El siniestro se produjo en las proximidades de Tahíche y su vehículo quedó implicado en una colisión con otro automóvil.
Manrique fue trasladado al Hospital General de Lanzarote. Tenía 73 años. Murió poco después. La noticia provocó una enorme conmoción en la isla. El hombre que había convertido muchos de sus paisajes en espacios reconocibles internacionalmente acababa de morir dentro del territorio que había sido el centro de su vida.
Lanzarote se despidió de Manrique
El día siguiente comenzó el último recorrido público de César Manrique por Lanzarote. Su féretro salió del Hospital Insular de Arrecife y fue acompañado por una multitud por diferentes calles de la capital. El funeral se celebró en la iglesia de San Ginés.
Después, el cuerpo fue trasladado a Haría. Allí fue enterrado. El lugar que había elegido como residencia durante sus últimos años se convirtió también en el lugar definitivo de su descanso. Las instituciones insulares decretaron varios días de luto y se suspendieron actos previstos en la isla. Incluso una celebración prevista en Jameos del Agua con motivo del Día Mundial del Turismo fue cancelada.
La isla que había aprendido a mostrar al mundo sus paisajes guardó silencio.
Un año después, Lanzarote fue declarada Reserva de la Biosfera
Existe una coincidencia histórica especialmente significativa. Manrique murió el 25 de septiembre de 1992. En 1993, Lanzarote fue declarada Reserva de la Biosfera por la UNESCO.
No sería correcto afirmar que la declaración fue consecuencia directa de la obra de Manrique. La decisión correspondió a la UNESCO y respondió a un conjunto de factores relacionados con el territorio, la población, la actividad económica y la conservación ambiental. Pero la declaración llegó después de décadas en las que Manrique había defendido públicamente una idea fundamental: Lanzarote debía encontrar un equilibrio entre desarrollo económico y protección del territorio.
La isla que había convertido en su gran proyecto acababa de recibir un reconocimiento internacional directamente relacionado con los valores naturales y culturales que él había contribuido a poner en primer plano.
La obra que no cabe en un museo
César Manrique dejó pinturas, esculturas, murales, jardines, miradores y edificios. Pero su legado lanzaroteño no cabe en un catálogo. Está en Jameos del Agua. En Timanfaya. En Tahíche. En Haría. En el Mirador del Río. En Guatiza. En Arrecife. En el Castillo de San José. En El Almacén.
Está también en una forma determinada de construir. En las paredes blancas. En los muros de piedra. En los cultivos protegidos. En la utilización de la arquitectura tradicional. Y, sobre todo, en una idea que acabó formando parte de la imagen contemporánea de Lanzarote: que el paisaje no debía ser destruido para generar riqueza, sino conservado precisamente porque constituía una de las mayores riquezas de la isla.
El hombre que ayudó a crear el modelo y después alertó de sus riesgos
La historia de Manrique en Lanzarote contiene una paradoja que no conviene ocultar. Participó en el proceso que convirtió la isla en un destino turístico internacional. Pero también fue uno de sus críticos más contundentes cuando consideró que determinados proyectos ponían en peligro el territorio.
No rechazó la modernización. No rechazó el turismo. Defendió una determinada forma de desarrollarlos. Su trayectoria muestra cómo aquella preocupación fue aumentando hasta convertir la defensa ambiental en una parte esencial de su actividad pública.
Por eso su legado no puede reducirse a una colección de lugares turísticos. También incluye una posición sobre cómo debía crecer Lanzarote.
Treinta y cuatro años después
El 25 de septiembre de 1992 murió César Manrique. Pero aquel día no desapareció su proyecto. Desapareció su creador. La obra permaneció. Cada vez que alguien entra en los Jameos del Agua. Cada vez que contempla La Graciosa desde el Mirador del Río. Cada vez que atraviesa las Montañas del Fuego. Cada vez que visita el Jardín de Cactus. Cada vez que entra en su antigua casa de Tahíche. Cada vez que recorre las calles de Arrecife y encuentra las huellas de aquel proyecto cultural. Cada vez que alguien observa una casa tradicional lanzaroteña y entiende que también forma parte del paisaje.
Ahí continúa Manrique. No como una estatua. No únicamente como un nombre. Sino como una pregunta que Lanzarote todavía tiene que responder. ¿Qué hacer con el territorio que recibió? ¿Qué conservar? ¿Qué transformar? ¿Qué límites aceptar? ¿Qué futuro construir?
Manrique murió antes de poder responder esas preguntas para la Lanzarote del siglo XXI. Pero dejó una idea suficientemente poderosa para que siguieran abiertas. El 25 de septiembre de 1992, César Manrique dejó físicamente Lanzarote. Pero Lanzarote no dejó a César Manrique.
Porque su obra más importante no estaba encerrada en una sala. No estaba en una colección. No estaba en un lienzo. Estaba fuera. Bajo el cielo de la isla. Entre volcanes. Entre jameos. Entre muros. Entre casas blancas. Entre el océano y la lava.
Su última obra no era un cuadro.
Era Lanzarote.
Fuentes documentales
Fundación César Manrique: biografía, obra, activismo, Fundación, Casa-Museo de Tahíche, Casa-Museo de Haría, Jameos del Agua, Mirador del Río, Castillo de San José, Jardín de Cactus y documentación sobre Lanzarote. Arquitectura inédita. UNESCO, Programa Hombre y Biosfera (MAB), documentación de la Reserva de la Biosfera de Lanzarote. Cabildo de Lanzarote, documentación histórica y cultural sobre César Manrique y sus intervenciones en la isla. Hemeroteca de El País, especialmente informaciones publicadas en enero de 1986, agosto de 1988 y septiembre de 1992 sobre la trayectoria, activismo, accidente y fallecimiento de César Manrique. Documentación histórica sobre José Ramírez Cerdá y el desarrollo turístico de Lanzarote durante las décadas de 1960 y 1970.
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