En febrero, el amanecer en el pueblo convalece lentamente de la noche. No se despierta con el chillido de un despertador, sino con el susurro de un pañuelo que se desdobla al salir de la caja. La luz aquí no elimina la sombra, sino que la emborrona en las nubes hasta fundirse en una penumbra gris como el hormigón armado, ese que tantos edificios en este pueblo industrial dejan al descubierto. Son edificios fuertes, pero sostienen el peso de un cielo para el que no fueron diseñados. Buscas el contraste en los árboles, pero, ya sin hojas, solo te pueden ofrecer los tonos grisáceos de sus cortezas. Te vale.
Entonces la ves. Una palmera canaria que a pesar de todo se mantiene verde. Sus hojas se mueven en el viento como los dedos de una mano. Para ti, que te has criado con la lengua de signos, es como si te susurraran algo. Pero no logras entenderlo. El movimiento de esas hojas incluye todo lo que sobra en la comunicación y nada de lo esencial. Piensas que quizás echa de menos el sol y el calor de las islas Canarias, pero es solo una planta. No puede desear.
Pasan los años y te vas a vivir a Lanzarote. Al principio te fijas en las palmeras, pero con los meses te empieza a pasar como con las farolas: las ves pero no las notas. Un día por la mañana, de imprevisto, el cielo gris del que huiste se instala sobre la isla. Y otra vez te quedas mirando las hojas de una palmera. Sacudidas por el viento, te gritan. Las observas como quien escucha el ruido blanco de una radio mal sintonizada. Oyes fragmentos de palabras parecidas a árbol, viento, fuego... Pero por más que lo intentas, no lo entiendes. Algo sale del interior de la palmera, pero se queda a medio camino antes de llegar al lenguaje, como si te pidiera algo que no necesita y que no tienes. Es una voz y nada más.
Pero el gris aguanta poco en el cielo de Lanzarote. Vuelve el azul, aunque ahora lo ves más grisáceo que antes. Bajas la mirada hacia tus manos, esas que para tantas personas han sido tu otra voz y al mismo tiempo la voz de otros. Miras tus pulseras, tus anillos, el esmalte de tus uñas... y entonces lo ves: azul grisáceo. Vuelves a mirar a la palmera y ves el verde de sus hojas, de sus manos, de su voz. Un verde que estuvo ahí incluso en el amanecer más débil cuando todo parecía gris. Y quieres pintarte las uñas de verde. No como otra voz que tengas que interpretar para ti o traducir para otros, sino como una voz y nada más. Y te vale.
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