Si la historia de mi vida hubiera sido pensada para el celuloide, tengo claro qué canción sonaría al principio: Everytime I Look for You de Blink-182.
Y la escena comenzaría de la forma más cliché posible.
—¿Ves a ese chico con cascos, gafas y subido en un skate? Ese soy yo.
La cámara avanzaría unos metros y se detendría en una chica.
—Y aunque lo parezca, esta no es la típica historia. Yo no consigo a la chica. Para bien o para mal.
Así empezarían mis primeros versos.
Y entonces comenzaría el flashback.
Mi sueño de ser escritor nació mucho antes. Nació siendo una auténtica rata de biblioteca, leyendo todo aquello que caía en mis manos mientras huía de un patio en el que muchas veces me sentía más presa que niño.
Entre libros, películas de superhéroes y una pregunta extraña que no dejaba de rondarme la cabeza:
—Si ellos pueden escribir historias, ¿por qué yo no?
Cuando era niño acompañaba a menudo a mis padres al trabajo. A mi padre, chófer de profesión, y a mi madre, TCAE en el hospital.
Puede parecer algo sencillo, pero aquellas experiencias me permitieron asomarme a mundos muy distintos desde muy pequeño.
Mientras otros niños veían pasar los días sin más, yo observaba conversaciones, silencios, despedidas, reencuentros y preocupaciones que entonces apenas comprendía. Veía personas de todo tipo, cada una cargando con sus propias alegrías y sus propias batallas.
Con el tiempo entendí que aquello me había enseñado algo importante:
que detrás de cada persona existe una historia.
Quizá por eso acabé obsesionandome con contarlas.
Así empecé. Inventando aventuras de superhéroes para mis amigos de la infancia, para que ninguno de nosotros se sintiera como un bicho raro.
Sin embargo, aquel sueño fue apagándose poco a poco.
Nunca destaqué como estudiante y, además, arrastraba problemas de ortografía. Durante mucho tiempo pensé que un escritor no podía permitirse algo así.
Así que decidí refugiarme en otra de mis pasiones: el inglés.
Lo estudié con intensidad y terminé matriculándome en Filología Inglesa en La Laguna, una ciudad que acabaría marcando mi vida.
Pero tampoco salió como esperaba.
Dejé la carrera que siempre había soñado estudiar y durante un tiempo me encontré a la deriva, sin saber muy bien hacia dónde iba.
Entonces escribí lo que sería mi debut como articulista, aunque realmente había empezado antes como poeta con 19 años.
Creo que personas como Ismael Lozano y Pablo Martín me apoyaron cuando yo todavía no era capaz de ver lo que podía llegar a hacer.
Y entonces encontré aquello que realmente me apasionaba.
Investigar y contar historias.
Por primera vez ya no tenía miedo de compartirlas con los demás.
Mientras otros niños soñaban con ser futbolistas o astronautas, yo soñaba con escribir historias. Y cuando dejé de creer que podía inventarlas, descubrí que también podía encontrarlas. Hubo caídas, miedos, llantos e intentos de entender quién era.
Durante mucho tiempo pensé que había algo raro en mí.
La curiosidad que me llevaba a pasar horas investigando un tema.
La necesidad de comprender el porqué de las cosas.
La incapacidad de abandonar una historia cuando sentía que todavía quedaba algo por descubrir. Durante años vi esas cosas como defectos.
Hoy sospecho que simplemente eran la forma que tenía de mirar el mundo. Al final soy solo un chaval de 24 años.
Uno que escucha a Quevedo, a Bad Bunny y a Blink-182.
Uno al que, igual que a tantos otros, le han dicho más de una vez que no sirve para algo. Uno que muchas veces ha sentido que iba con retraso respecto al resto.
Y, sin embargo, aquí sigo.
No porque sea más valiente que nadie.
Sino porque siempre hubo algo dentro de mí incapaz de rendirse del todo.
Ese algo fue el que me hizo escribir historias de superhéroes para mis amigos cuando éramos niños.
El que me empujó a publicar mis primeros poemas y artículos cuando apenas tenía 19 años. El que me llevó a investigar vidas olvidadas cuando nadie me lo pedía. El que me hizo escribir un libro pensando que quizá nadie lo leería.
Porque, si soy sincero, nunca he sido el mejor estudiante, ni el más popular, ni el que tenía las cosas más claras.
Solo he sido un chaval con un portátil empeñado en contar historias.
Puede que aún siga buscando respuestas.
Pero si algo he aprendido en estos 24 años es que no necesito ser perfecto para perseguir mis sueños.
Solo necesito seguir viviendo una historia que merezca la pena ser contada. Y, por suerte, esa historia todavía se está escribiendo.
Así que hoy no quiero celebrar una vida perfecta.
Quiero celebrar los errores, las caídas, los cambios de rumbo, los sueños que sobrevivieron cuando parecía imposible y a todas las personas que me ayudaron a llegar hasta aquí.
Si la cámara volviera ahora al presente, probablemente seguiría viendo al mismo chico. Quizá ya no pase tantas horas sobre el skate.
Quizá la vida me haya cambiado más de lo que imaginaba cuando era niño. Y supongo que, después de todo, la historia nunca fue conseguir a la chica. Era encontrar mi lugar dentro de ella.
Pero me gusta pensar que la última escena sería sencilla.
Un atardecer cualquiera.
El skate apoyado a un lado.
El sonido del mar de fondo.
Y yo sentado frente a ese océano que tantas veces me ha visto celebrar, dudar, caer, levantarme y desahogarme cuando no sabía muy bien qué hacer con todo lo que llevaba dentro.
Mirando el horizonte.
Pensando en todas las personas que me ayudaron a llegar hasta aquí.
Pensando en aquel niño que escribía historias de superhéroes para sus amigos. Y sonriendo.
Porque después de todo este tiempo, sigo siendo él.
Solo que ahora tengo 24 años, un portátil lleno de proyectos y muchas más historias que contar. Y, por suerte, la película todavía no ha terminado.
Añadir La Voz de Lanzarote como fuente preferida de Google.
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.