Lo que se espera de nosotras

A veces maquilladas y otras veces no. Dependiendo del contexto, se nos exige cuidar nuestra imagen para ajustarnos a determinados estándares de feminidad; en otros, se nos reprocha hacerlo por considerarse excesivo o impropio. La contradicción no es casual. Lo que subyace es una expectativa constante de adecuación a un modelo de mujer que sigue estando condicionado por parámetros patriarcales.

Se espera que seamos discretas, complacientes y, en ocasiones, prácticamente invisibles. Que ocupemos el espacio justo, que hablemos lo necesario, que expresemos nuestras opiniones sin incomodar y que ajustemos nuestra conducta a un conjunto de normas no escritas sobre cómo debe comportarse una mujer para resultar aceptable socialmente.

Por eso resultan tan preocupantes las declaraciones de Echedey Eugenio al intentar desacreditar una manifestación señalando que las mujeres participantes iban “hasta maquilladas”. Más allá de la frivolidad del comentario, lo verdaderamente relevante es lo que revela: la persistencia de una mirada que sigue evaluando a las mujeres por su apariencia antes que por el contenido de sus reivindicaciones. Además, no es la primera vez que Echedey Eugenio realiza afirmaciones de este tipo, lo que hace aún más preocupante la reiteración de discursos que sitúan el foco en la apariencia de las mujeres en lugar de abordar el fondo de las cuestiones planteadas.

Desde una perspectiva sociológica, este tipo de afirmaciones no son anecdóticas ni inocentes. Forman parte de una larga tradición de control simbólico sobre los cuerpos y las conductas de las mujeres. Históricamente, se nos ha juzgado por cómo vestimos, por cómo hablamos, por los espacios que ocupamos y por la forma en que decidimos presentarnos ante la sociedad. Cuando no es la ropa, es el maquillaje; cuando no es el maquillaje, es el tono de voz; cuando no es el tono de voz, es la forma de reivindicar nuestros derechos.

La cuestión de fondo nunca ha sido el maquillaje. El maquillaje es simplemente la excusa. Lo que se cuestiona es la legitimidad de las mujeres para ocupar el espacio público y hacerlo desde su propia autonomía. Subyace la idea de que existe una manera correcta de ser mujer para que nuestras opiniones sean consideradas válidas y nuestras reivindicaciones sean tomadas en serio.

Sin embargo, una mujer maquillada no pierde capacidad crítica. Una mujer maquillada no ve reducida su conciencia política. Una mujer maquillada no deja de tener razones legítimas para manifestarse. Vincular la apariencia física con la validez de una reivindicación no solo constituye un argumento profundamente sexista, sino también intelectualmente pobre.

Por ello, considero que un representante público pierde credibilidad cuando recurre a este tipo de descalificaciones. No porque mantenga una posición política distinta, sino porque demuestra una preocupante incapacidad para debatir sobre el fondo de las cuestiones planteadas. Cuando el argumento frente a una movilización social es el aspecto físico de quienes participan en ella, el problema no está en las manifestantes.

Lo verdaderamente preocupante es que, en pleno 2026, todavía haya responsables públicos que crean que el maquillaje de las mujeres merece más atención que los motivos por los que esas mujeres han decidido salir a la calle.