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En El viejo y el mar, Hemingway nos deja una de las enseñanzas éticas más luminosas del siglo XX: en la vida no siempre vence quien consigue el premio, sino quien mantiene intacta su fuerza interior. Una lectura imprescindible para acompañar a los niños en el aprendizaje del esfuerzo, la paciencia y el respeto.

El viejo y el mar, de Ernest Hemingway, es una obra sencilla y profundamente humana. Con muy pocas páginas describe algo enorme: el esfuerzo silencioso y la capacidad de seguir adelante cuando parece que todo está perdido.

Su protagonista, Santiago, me produjo mucha ternura. Es un pescador cubano que lleva ochenta y cuatro días sin pescar. Todos a su alrededor lo consideran un hombre sin suerte, y hasta su joven amigo Manolín termina alejándose de él por decisión de sus padres. Aun así, Santiago no quiere rendirse.

Cuando por fin captura una pieza extraordinaria y regresa a la costa, los tiburones devoran su presa y solo puede mostrar el esqueleto del pez. El viejo pescador vuelve cansado, hambriento, dolorido y solo. Y, sin embargo, respeta al pez, porque reconoce en él la misma fuerza y el mismo deseo de sobrevivir que siente dentro de sí.

Al principio pensé que Santiago era un hombre derrotado. Después comprendí que su verdadera victoria fue afrontar la adversidad: perdió el pez, pero no el respeto por sí mismo, y supo escuchar la enseñanza que el mar le estaba dando. En la vida vence quien más resiste, quien no deja de avanzar.

 

Una lección para nuestros niños

Qué lección tan valiosa para las nuevas generaciones. Hoy se destacan las notas, los premios y los resultados, y olvidamos con demasiada frecuencia lo que hay detrás: el esfuerzo y la perseverancia. Los pequeños necesitan comprender que no todo se consigue a la primera, que habrá exámenes difíciles, amistades que cambian y momentos en los que crean que no pueden continuar. Y necesitan saber, también, que eso no los hace peores.

Santiago aprendió del mar que equivocarse o no alcanzar una meta no es fracasar. Leyendo esta historia comprendí que el fracaso es abandonar sin haberlo intentado una y otra vez, y permitir que las dificultades apaguen nuestras ilusiones o magullen nuestra fe.

También Manolín deja una enseñanza preciosa: la de creer en los demás. Sigue admirando a Santiago incluso cuando todos dudan de él. Ese acto de confianza, en un mundo que descarta con rapidez a quien no rinde, es en sí mismo una lección de ética.

 

Del aula a la vida

Trabajar este libro en la escuela permitiría hablar con los niños de perseverancia, paciencia y respeto. Enseñarles que su valor no depende de los resultados. Un niño no es menos capaz por necesitar más tiempo, por cometer errores o por aprender a su propio ritmo.

Santiago vuelve con las manos vacías, pero demuestra que en la vida no siempre vence quien obtiene el premio, sino quien mantiene intacta su fuerza interior a pesar del resultado. Esa es, quizá, una de las lecciones más importantes que podemos transmitir a nuestros pequeños: no gana el que llega primero, sino el que, a pesar de las dificultades, encuentra el valor de seguir avanzando.

A veces la vida, como el mar, no nos permite elegir la dirección del viento ni la intensidad de las olas. Pero incluso en medio de la tormenta, nosotros podemos decidir con qué fuerza sujetar el timón y seguir navegando, sin dejar que el azar decida por nosotros. Leer El viejo y el mar es aprender, junto a Santiago, que algunas derrotas esconden las victorias más grandes.

 

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