Revuelta con etiqueta de marca

Hay revoluciones que surgen del hambre o la necesidad, de la desesperación y de la urgencia de cambiar las cosas. Otras parecen nacer de la necesidad de estrenar unos tenis caros.

He visto acciones de grupos de jóvenes que me llenan de orgullo. Los hay, y no pocos, conscientes de su clase social y de la necesidad de compromiso político, que emplean todo su esfuerzo y valor en ayudar a que esta sociedad avance por el camino del progreso.

Ahora asistimos a escenas protagonizadas por grupos de jóvenes que se lanzan a las calles, se enfrentan, destrozan escaparates y saquean comercios. Se habla de rabia, de descontento. Pero basta observar qué buscan entre los cristales rotos para descubrir que no hay detrás una reivindicación, una conciencia colectiva o siquiera una necesidad material.

No buscan pan, sino marcas. No asaltan los supermercados para llenar las despensas de sus familias, sino las tiendas de lujo para llenar sus armarios. No cuestionan el modelo económico que los convierte en consumidores compulsivos; aspiran a llevarse gratis los mejores productos.

Es una falsa rebelión. Lo que ha nacido es un monstruo alimentado por el consumismo y el capitalismo que ahora ataca a su propia sociedad. Es una enfermedad autoinmune que se ve con fuerza para combatir toda la seguridad y fuerzas del estado.

Es una revuelta sin ideología, sin objetivos colectivos y sin horizonte social. Una especie de «rebelión de escaparate» en la que la única desigualdad que parece molestar es no poder permitirse lo que otros exhiben.

Entre sus participantes encontramos jóvenes acomodados, hijos de una sociedad de consumo que les ha enseñado a desearlo todo, pero no a comprender nada. No es gente con capacidad de empatizar. Se agrupan, actúan en manada y confunden la impunidad con la libertad y el saqueo con la protesta.

La verdadera rebeldía no consiste en romper el escaparate, sino en preguntarse quién lo construyó, quién obtiene los beneficios y quién paga el precio. Tampoco consiste en cambiar de propietario unas zapatillas, sino en cuestionar las condiciones que hacen que unos puedan comprarlas sin mirar el precio mientras otros no pueden pagar lo imprescindible y sigan siendo pobres, aunque tengan un trabajo regularizado.

Al final, quizá lo más triste de estas revueltas es que el capitalismo ni siquiera necesita defenderse de ellas. Aunque nunca venga mal para exhibir cuerpos especiales (como la UNIPOL de Santa Cruz, de reciente recreación) o justificar brutales intervenciones retransmitidas por televisión. 

Mientras los asaltantes salen en los noticiarios haciendo publicidad gratuita de las marcas que mejor pueden pagar por ella. 

Ahora, resulta que los culpables encontrados por las investigaciones oficiales son unos pocos menores con actividad en las redes y capacidades de influencia. 

Aunque para algunos es evidente que el propio sistema se devora por dentro.

Aunque está claro que, en estados como el español, en época preelectoral, hay un sector muy interesado en desestabilizar la sociedad e infundir miedo y reclamo de la mano dura que nunca se les aplicó a ellos y no han dejado de demandar para otros. 

Las acciones más feas de la derecha española llevan bien visible su marca.

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