El problema de El Reducto ya no puede explicarse como un episodio aislado. La bandera roja ha vuelto a aparecer. Otra vez. La contaminación fecal vuelve a impedir el baño en una de las playas más conocidas de Arrecife. Y esta vez existe un elemento especialmente preocupante. Después de meses de investigaciones, obras, reparaciones y explicaciones, todavía hay que volver a buscar el origen. Cerrar una playa cuando existe contaminación es una decisión necesaria. Lo que obliga a abrir otro debate es que la contaminación vuelva a aparecer una y otra vez. Porque cuando una incidencia se repite durante casi un año deja de ser solamente una incidencia. Se convierte en una pregunta. Y esa pregunta ya no es cuándo volverá a abrir El Reducto. Es por qué vuelve a cerrarse.
La historia reciente es difícil de ignorar. En octubre de 2025 apareció uno de los primeros episodios que desencadenaron una investigación sobre posibles vertidos en la zona de Punta del Camello. Llegaron los análisis. Llegaron las restricciones al baño. Llegaron las explicaciones. Llegaron las búsquedas del origen. Durante meses se intentó localizar el problema. Hasta que apareció una pieza fundamental del rompecabezas. Un antiguo colector de saneamiento, con más de cuatro décadas de antigüedad, relacionado con varias viviendas de la zona. Se apuntó entonces a una posible afección provocada durante las obras de peatonalización de la Avenida Fred Olsen. Se realizaron trabajos. Se planteó un bypass. Se actuó sobre el colector. Se habilitó un sistema de bombeo. Y finalmente, después de aproximadamente cinco meses y medio, El Reducto volvió a abrir al baño en abril de 2026.
Parecía el final. No lo fue. En julio volvió a detectarse contaminación bacteriológica en Punta del Camello. Volvieron las analíticas. Volvió el cierre. Volvieron las explicaciones. En aquella ocasión apareció sobre la mesa otra posible incidencia relacionada con una tubería de impulsión de aguas residuales. Y ahora, en septiembre de 2026, vuelve a ocurrir. El Ayuntamiento vuelve a prohibir el baño. Salud Pública vuelve a detectar contaminación fecal. Y lo más inquietante es que, según la información publicada, todavía no está determinado el origen de este nuevo episodio.
Aquí comienza realmente el debate. Porque una playa puede cerrarse un día. Puede cerrarse dos. Puede cerrarse durante una emergencia. Lo que resulta difícil de asumir es que una de las playas más emblemáticas de Arrecife acumule episodios de contaminación durante casi un año. Que después de una actuación considerada suficiente para resolver un foco concreto vuelva a aparecer contaminación. Que cada episodio obligue a empezar de nuevo la búsqueda. Que la respuesta institucional vuelva a ser el cierre. Y que la ciudadanía tenga que esperar a que una analítica diga si puede volver al agua.
Conviene decirlo con claridad. No todo recae sobre una única administración. El Ayuntamiento tiene competencias en materia de alcantarillado y servicios urbanos. El Consorcio del Agua desempeña un papel esencial en las infraestructuras hidráulicas. Canal Gestión participa en la gestión y explotación
del sistema. Salud Pública vigila la calidad sanitaria de las aguas de baño y adopta las medidas necesarias cuando existe riesgo. El Consejo Insular de Aguas tiene también competencias relevantes en materia de aguas y vertidos. Hay muchas instituciones alrededor de una misma tubería. Y precisamente por eso existe un riesgo. Que la responsabilidad termine fragmentada hasta desaparecer entre despachos.
No se trata de buscar un culpable político. Se trata de identificar responsabilidades técnicas. De saber quién es responsable de cada infraestructura. De conocer cuándo fue revisada por última vez. De saber qué actuaciones se realizaron. De conocer qué resultados obtuvieron. De determinar por qué aparecieron nuevos episodios después de las reparaciones. Y, sobre todo, de saber qué se va a hacer ahora para impedir que el problema vuelva a repetirse.
Porque existe una diferencia enorme entre reparar una avería y solucionar un problema. Una avería se repara. Un problema estructural se investiga. Se analiza. Se planifica. Se revisa toda la red. Se comprueba que las actuaciones funcionan. Se establecen controles posteriores. Y se informa públicamente de los resultados.
El Reducto necesita precisamente eso. Una explicación global. No otra explicación puntual. No otro parche. No otra reapertura seguida de un nuevo cierre. Necesita conocer qué está ocurriendo realmente bajo el paseo marítimo. Qué colectores existen. Cuántos son antiguos. Qué conexiones permanecen activas. Qué estaciones de bombeo intervienen. Qué aliviaderos existen. Qué capacidad tiene la red. Qué ocurre cuando llueve. Qué sucede cuando aumenta la presión del sistema. Y qué puntos pueden estar provocando filtraciones o vertidos.
Porque debajo de la arena no hay solamente arena. Hay una red de tuberías. Hay décadas de crecimiento urbano. Hay infraestructuras antiguas. Hay conexiones. Hay estaciones de bombeo. Hay colectores. Hay una historia de obras y modificaciones. Y todo ese sistema tiene que funcionar.
El problema es que el ciudadano no ve nada de eso. Solo ve una bandera. La roja. Ve la playa cerrada. Ve las vallas. Ve los carteles. Ve el agua aparentemente tranquila. Y se pregunta qué está pasando. También se pregunta cuánto tiempo durará. Y empieza a preguntarse algo todavía más incómodo. Si esto ocurre aquí, ¿qué está ocurriendo en otros puntos del litoral de Arrecife?
Esa pregunta no debería generar alarma. Debería generar transparencia. Porque controlar las aguas de baño no es un fracaso. Es precisamente lo que debe hacerse. Detectar contaminación y cerrar una playa cuando existe riesgo es una medida de protección sanitaria. El verdadero problema comienza cuando las causas no quedan resueltas de manera definitiva.
Y aquí aparece una contradicción que merece una respuesta. El Reducto ha vuelto a abrir después de actuaciones importantes. Se han realizado investigaciones. Se ha localizado un antiguo colector. Se han ejecutado obras. Se ha instalado un sistema de bombeo. Se han realizado controles. Y, sin
embargo, vuelve a aparecer contaminación fecal. Si el primer foco estaba solucionado, hay que explicar qué está provocando ahora el nuevo episodio. Si existen varios focos, hay que identificarlos. Si la red presenta vulnerabilidades, hay que conocerlas. Y si existen infraestructuras obsoletas, habrá que renovarlas.
No basta con preguntar cuándo se podrá volver a bañar la gente. Hay que preguntar cuánto tiempo puede una capital turística convivir con una infraestructura de saneamiento que obliga periódicamente a cerrar una de sus principales playas.
El Reducto tiene todo lo que una ciudad turística quiere mostrar. Tiene paseo marítimo. Tiene hoteles. Tiene restaurantes. Tiene servicios. Tiene hamacas. Tiene sombrillas. Tiene visitantes. Tiene vecinos. Tiene una de las imágenes más reconocibles de Arrecife. Pero una playa turística no se protege solamente con servicios. Ni con promoción. Ni con fotografías. Ni con banderas azules.
Se protege con algo mucho menos visible. Con una red de saneamiento que funcione.
Por eso la pregunta ya no debería ser solamente cuándo volverá a ondear la bandera verde. La pregunta debería ser otra. Mucho más incómoda. Mucho más necesaria.
¿Qué hace falta para que El Reducto deje de ser noticia por sus aguas fecales?
Porque una bandera roja puede proteger al bañista durante un día. Pero no puede reparar una tubería.
Y después de casi un año de cierres, investigaciones, obras, reaperturas y nuevos episodios de contaminación, quizá haya llegado el momento de dejar de contar cuántos días permanece cerrada la playa.
Y empezar a contar cuántos días lleva pendiente una solución definitiva.
Emilio José Hernández Domínguez
Profesor y licenciado en Ciencias de la Información (Periodismo)
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