¿Qué queda de aquella Lanzarote?

Hay llugares que cambian con el paso del tiempo. Es algo natural. Las sociedades evolucionan, las generaciones se suceden y las islas, como cualquier territorio, reciben nuevas personas, nuevas costumbres y nuevas formas de entender la vida. Lanzarote tampoco puede permanecer ajena a ese proceso. 

Sin embargo, una cosa es evolucionar y otra muy distinta es correr el riesgo de perder aquello que nos hacía diferentes. 

Quienes hemos conocido otra Lanzarote recordamos una isla con una personalidad muy marcada. Una tierra en la que las tradiciones, las costumbres, la forma de relacionarse, las fiestas populares, la gastronomía, el habla, la arquitectura y hasta la manera de entender el paisaje formaban parte de una identidad colectiva que se había construido durante generaciones. 

Hoy aquella Lanzarote está cambiando a una velocidad que invita, al menos, a detenerse y reflexionar. 

El crecimiento demográfico, la llegada de nuevos residentes procedentes de distintos lugares del mundo, la transformación del mercado residencial y el desarrollo económico y turístico han modificado profundamente nuestra realidad cotidiana. No se trata de señalar a quienes llegan. Toda persona que viene a Lanzarote tiene derecho a construir aquí su vida y a sentirse parte de esta tierra. 

Pero también quienes ya estaban aquí tienen derecho a preguntarse qué queremos conservar. 

Porque integrar no significa sustituir. Y convivir tampoco debería significar que una cultura tenga que desaparecer para que otras puedan incorporarse. 

Lanzarote siempre ha sabido recibir. Su historia está llena de intercambios, de personas que llegaron y terminaron formando parte de la sociedad insular. Precisamente por eso, quizá deberíamos hablar más de integración y menos de simple crecimiento de población. 

La integración debe ser un camino de doble sentido: quienes llegan conocen y respetan las costumbres del lugar que los acoge, y quienes ya viven en él abren las puertas a quienes vienen con voluntad de formar

parte de la comunidad. 

El problema aparece cuando dejamos de transmitir lo nuestro. 

Cuando nuestros niños y jóvenes conocen cada vez menos las tradiciones de sus mayores. Cuando determinadas expresiones, fiestas, juegos, oficios, canciones o costumbres quedan relegados al recuerdo. Cuando las nuevas generaciones pueden reconocer fácilmente las referencias culturales que llegan de fuera, pero tienen dificultades para identificar aquellas que forman parte de la historia de su propia isla. 

Ahí es donde deberíamos poner el foco. 

No se trata de construir una Lanzarote cerrada al mundo. Sería absurdo y contrario a su propia historia. Lanzarote siempre ha estado conectada con otras tierras y otras culturas. 

Se trata de que esa apertura al exterior no nos haga olvidar quiénes somos. 

Una isla puede ser moderna, cosmopolita y abierta sin renunciar a su identidad. Puede recibir nuevos vecinos sin dejar de enseñar a sus hijos de dónde vienen. Puede convivir con diferentes culturas y, al mismo tiempo, proteger sus propias tradiciones. 

Quizá la pregunta no debería ser cuántas personas llegan a Lanzarote, sino qué estamos haciendo para que, al incorporarse a nuestra sociedad, conozcan también la tierra que han elegido para vivir. 

Porque una identidad cultural no desaparece de un día para otro. Se pierde poco a poco, cuando dejamos de valorarla, de enseñarla y de transmitirla. 

Y quizá ese sea nuestro verdadero reto. 

Que dentro de veinte, treinta o cincuenta años podamos seguir hablando de una Lanzarote diferente, reconocible, orgullosa de su historia y de sus tradiciones, pero también abierta, plural y acogedora. 

Una Lanzarote capaz de incorporar nuevas realidades sin borrar las anteriores. 

Una Lanzarote en la que nadie tenga que sentirse extranjero, pero en la que tampoco sus propios habitantes terminen sintiéndose extraños en su propia tierra. 

Porque conservar nuestra identidad no significa rechazar al que llega. 

Significa recordar, entre todos, que para construir el futuro también necesitamos saber qué queremos llevarnos del pasado.

Y esa es, quizá, la pregunta que deberíamos hacernos: 

¿QUÉ QUEDA DE AQUELLA LANZAROTE Y QUÉ QUEREMOS QUE QUEDE DE ELLA?

 

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