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Empieza el curso. 

Los nervios llegan a las aulas. El alumnado de primero de la ESO llega al instituto donde pasará sus próximos años y, más allá del pasillo, una clase de 2.º de Bachillerato A. 

Las presentaciones ya están hechas y ahora toca hablar de la tan temida, odiada y desconocida PAU. 

La prueba que decidirá mi futuro. La que, según parece, con su nota dirá qué haré, a qué universidad iré y, sobre todo, qué será de mi vida. 

Y alerta de spoiler: no. 

Nadie se para demasiado a explicar en qué consiste realmente la Selectividad. Se habla de ella como si fuera una especie de frontera entre el éxito y el fracaso, entre tener futuro o no tenerlo. 

Y sí, la prueba es importante. 

Hay que estudiarla, prepararla y darlo todo. Su resultado puede determinar qué opciones académicas están disponibles en ese momento y qué camino resulta más sencillo tomar. 

Pero no tiene esa potestad mágica que durante meses se le atribuye. 

No es el Sombrero Seleccionador de Harry Potter. 

No tiene el poder de decidir qué camino seguirá una vida. 

Porque el futuro no lo decide una prueba que dura unas horas. 

Lo vamos construyendo nosotros mismos, todos los días. Poco a poco. Con las decisiones que tomamos, con las veces que lo intentamos, con los errores que cometemos, con las oportunidades que aprovechamos y también con aquellas que dejamos pasar. 

La PAU puede ser una puerta. 

Pero no es el destino. 

Así que estudiad. Esforzaos. Pedid ayuda. Dadlo todo. 

Pero no permitáis que una nota os convenza de que sois un éxito o un fracaso. 

Porque cuando dentro de unos años miréis hacia atrás, probablemente descubriréis que aquel examen fue importante. 

Pero no fue quien decidió vuestra vida.

 

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