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La Unión Europea, conocida por ser una organización internacional concéntrica, creada sobre los cimientos de unos tiempos marcados por la guerra, vuelve a celebrar un año más, en su Pleno de Estrasburgo, el discurso sobre el estado de la Unión Europea (en la jerga, SOTEU, por sus siglas en inglés). Y aunque cada año asistimos atentos a la solemnidad de la Presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, este ha sido distinto. El orden multilateral que concebíamos hasta ahora se desvanece rápidamente. La guerra de agresión de Rusia contra Ucrania sigue su curso, y en Europa los ataques híbridos siguen aumentando. Seguir convencidos de que Estados Unidos nos proporcionará el paraguas de seguridad ante cualquier circunstancia que comprometa nuestra integridad ya no es una certeza. Asimismo, China se consolida como potencia mundial, mientras se intensifica la inestabilidad en Oriente Próximo.

Por si no fuera suficiente, a nivel interno la situación no parece mostrarnos un escenario mejor. La crisis de Ceuta ha vuelto a poner la mirada de la Unión Europea sobre la contradicción entre sus proclamas declaradas y su verdadera realización. La Presidenta se comprometió a articular un “Mecanismo de Emergencia” como respuesta ante ataques híbridos en las fronteras de la UE. Medidas colmadas de contenido que caen al vacío y la falta de solidaridad de los países europeos con España han evidenciado la necesidad de impulsar una cooperación efectiva con aquellos países cuyas fronteras exteriores que -por tanto, europeas, y españolas- están sujetas a riesgos como los vividos el pasado 30 de julio. En las elecciones de Sajonia-Anhalt, las fuerzas nacionalistas ganan mayor terreno. Solo una Unión Europea resiliente y madura puede dar respuesta a estos desafíos.

Tras años de configuración de nuestras relaciones exteriores con nuestros aliados basadas en la confianza, a la Unión Europea ya no le basta con confiar. Por primera vez en mucho tiempo, los europeos deben ser capaces de garantizar su propia seguridad, su soberanía cultural y digital (Ley de IA) y su propia regulación frente al modelo de negocio de las plataformas digitales basado en algoritmos adictivos. Paradójicamente, como ocurre en nuestras vidas cotidianas, las crisis nos ayudan a crecer, y en el caso de la Unión Europea, históricamente han actuado como catalizadores que han supuesto un mayor impulso en el proceso de integración. En otras palabras, Europa, ante la necesidad, sabe ofrecer respuestas. Ejemplo de ello fue la respuesta a la Covid-19, a través de un mecanismo de endeudamiento común, y el apoyo facilitado a Ucrania, bajo circunstancias inéditas en el contexto europeo.

Sin embargo, la Unión Europea no puede continuar gobernando bajo las emergencias que las circunstancias históricas impongan; más bien al contrario, Europa necesita un músculo diplomático fortalecido, unas reglas del juego que dejen atrás la unanimidad en el plano de la política exterior y de seguridad, una mayor cohesión política y una mayor capacidad de respuesta institucional.

El problema de no estar a la altura de estos desafíos tendrá como consecuencia que quienes miran hacia el horizonte prometedor de la adhesión consideren que formar parte de la UE no les beneficiaría. Pongamos que hablamos de Islandia, donde, a finales de agosto, un ajustado referéndum ha cerrado la puerta a la negociación de su futura entrada en la UE. Las razones más verosímiles podrían ser la falta de confiabilidad y de liderazgo de la UE frente a los desafíos que enfrenta. Este resultado nos concierne a todos. Nos debería invitar a reflexionar de forma seria, profunda y concienzuda sobre la posición de la UE para atraer a nuevos socios en el futuro.

Entre los anuncios evocados por la Presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, mencionó el septuagésimo aniversario de los Tratados de Roma de 1957, fundacionales de las entonces Comunidades Europeas. No hay punto en el orden del día más importante en esta celebración que el de que la Unión Europea se revista de una voz propia y fuerte en un contexto marcado por las voladuras del Derecho Internacional, la ruptura del multilateralismo y la falta de contacto con los problemas reales de la ciudadanía. 

Querer constituir una Unión Europea capaz de dar respuesta a las necesidades reales de nuestras sociedades, de las generaciones que hemos nacido en ellas y de aquellas que anhelan un presente y futuro promisorio no puede ser una utopía, sino una tarea que acometer. En un mundo marcado por la inestabilidad y el desorden global nos cierne a todos madurar y escribir la letra de nuestros tiempos. Tal situación será posible con una Unión Europea adulta, con capacidad de liderazgo y decidida a que su voz sea no solo escuchada, sino tenida en cuenta, con sumo respeto a sus propios valores fundacionales y a su razón de ser.

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