Ir al contenido principal

Escucha el artículo ahora…

0:00
0:00

De las tardes de pelota, familias y sosiego de los años 80 y 90 a la preocupación de los vecinos ante las situaciones que vive actualmente este espacio de La Vega. 

 

Hay lugares que uno no olvida porque allí aprendió a ser niño. 

Para quienes vivimos aquellos años, la Plaza Simón Bolívar de Arrecife no era simplemente una plaza. Era nuestro territorio. El lugar donde las tardes parecían interminables, donde la pelota rodaba de un lado para otro, donde los niños corríamos, jugábamos y nos inventábamos nuestras propias reglas. 

Era una plaza para las familias. 

La documentación histórica sitúa en 1983 la inauguración de la Plaza Simón Bolívar, en la zona de La Vega, después de que un año antes se inaugurara el monumento dedicado al Libertador. Pero quienes fuimos vecinos no necesitamos consultar ningún archivo para recordar lo que significaba aquel espacio. 

Lo vivimos. 

Durante los años ochenta y noventa, la plaza era un lugar de expansión, de encuentro y de sosiego. Los servicios estaban atendidos. El entorno era familiar. Los niños jugábamos mientras nuestros padres podían estar relativamente tranquilos. Los mayores conversaban. Los vecinos se conocían. 

No había teléfonos móviles que nos mantuvieran encerrados en una pantalla. No había que organizar una tarde de juegos. 

Bajábamos a la plaza y jugábamos. 

Una pelota era suficiente. Un grupo de amigos era suficiente. Incluso el aburrimiento terminaba convirtiéndose en un juego. 

Aquella plaza tenía algo que hoy parece extraordinario: normalidad. Y quizá sea precisamente esa normalidad la que más echamos de menos. 

No pretendo decir que los años ochenta y noventa fueran perfectos. No lo fueron. Cada época tuvo sus problemas y sus dificultades. Pero quienes vivimos aquellos años sabemos que determinados espacios públicos conservaban algo esencial: eran lugares de convivencia y no de preocupación.

Hoy duele contemplar determinadas situaciones que se producen en espacios que fueron escenario de nuestra infancia. 

Duele especialmente cuando uno vive cerca y puede comprobar cómo ha cambiado el ambiente. 

Porque una plaza no debería generar miedo, inquietud o sensación de abandono. Una plaza debería generar ganas de salir. 

De sentarse. 

De hablar. 

De jugar. 

De encontrarse. 

Una plaza debería pertenecer a sus vecinos. 

Y aquí está, quizá, la verdadera cuestión. 

No se trata únicamente de reclamar más vigilancia cuando ocurre un problema. Tampoco de señalar a quienes protagonizan determinados comportamientos. Se trata de algo mucho más profundo: qué ciudad queremos construir y qué espacios queremos dejar a nuestros hijos y nietos. 

Yo recuerdo una Plaza Simón Bolívar llena de vida familiar. 

Recuerdo niños jugando a la pelota. 

Recuerdo vecinos. 

Recuerdo conversaciones. 

Recuerdo tardes tranquilas. 

Recuerdo esa sensación, tan difícil de explicar hoy, de que mientras estabas en la plaza no tenías que estar pendiente de lo que podía suceder a tu alrededor. 

Quizá por eso las imágenes actuales duelen más. 

Porque cuando uno ha conocido un lugar en su mejor versión, resulta imposible contemplar su deterioro con indiferencia. 

No pido regresar a 1985. 

El tiempo no vuelve.

Pero sí creo que podemos exigir que una plaza vuelva a cumplir aquello para lo que fue concebida: ser un lugar de encuentro, de convivencia, de tranquilidad y de vida. 

Que los niños vuelvan a jugar. 

Que las familias vuelvan a sentarse. 

Que los mayores vuelvan a conversar. 

Que los vecinos vuelvan a sentir que aquella plaza es suya. 

Porque recuperar la Plaza Simón Bolívar no consiste solamente en mejorar sus jardines, reparar sus elementos o mantenerla limpia. 

Consiste en devolverle algo mucho más importante: la tranquilidad. La tranquilidad de saber que nuestros hijos pueden jugar. 

La tranquilidad de sentarnos en un banco. 

La tranquilidad de encontrarnos con un vecino. 

La tranquilidad de volver a mirar una plaza y reconocerla como parte de nuestra casa. Yo fui niño allí. 

Y quizá por eso, cuando miro hoy la Plaza Simón Bolívar, no veo solamente lo que es. Veo lo que fue. 

Y también veo lo que todavía puede volver a ser. 

Porque algunas plazas no deberían perderse nunca. 

Y esta, para quienes la vivimos, es una de ellas.

 

Añadir La Voz de Lanzarote como fuente preferida de Google.

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora