Lanzarote tiene tesoros en sus entrañas.
No me refiero a la olivina, ni al calor de sus volcanes o a monumentos como la Cueva de los Verdes o los Jameos del Agua.
Sus antiguos pobladores no buscaban o excavaban cuevas en las cumbres o barrancos, como pasaba en Tenerife u otras islas montañosas. En Titerogakat, los mahos excavaban en el suelo o aprovechaban las cuevas naturales para no estar a la vista de piratas y otros saqueadores que visitaban continuamente el Archipiélago.
Del interior de esa tierra, de sus entrañas, nace mi estimado amigo Ramón Alfonso Hernández. Ramón se ha ganado, por méritos propios, ser conocido como artesano y reconocido en el Lanzarote de hoy, aunque su labor no es nueva.
Yo tuve la suerte de conocer a Ramón en los años ochenta del siglo pasado. Ya no éramos niños, pero aún nos quedaba mucho por aprender. Éramos solo dos jóvenes interesados por la cultura de Canarias. Y rápido se fraguó una amistad sincera, auténtica, desde dos islas distantes, como eran el Lanzarote y el Tenerife de la era analógica.
No conocí a Ramón como alfarero o artesano; para mí era un referente del Juego del Palo de Lanzarote, el de don Cristín Feo. Fue uno de sus alumnos destacados y por eso lo llevaba a las exhibiciones importantes. Así, coincidíamos en encuentros de Juego del Palo memorables, que quedaron en mi memoria por maestros como Maestro Paquito, del garrote de Telde, o el mismísimo don Cristín Feo de Lanzarote.
El Juego de Lanzarote era y es un auténtico espectáculo. Es rítmico, corto, circular, con una riqueza de movimientos tremenda y una estampa única.
El pasado 26 de julio tuve la suerte de volver a coincidir con Ramón y parte de la escuela de Juego del Palo de Lanzarote que dirige, verdaderos descendientes de la de don Cristín Feo.
El Auchón Guanil le hizo un merecido homenaje en Tenerife, tan lejos y tan cerca. Ahora puede parecer que más cerca que su propia isla, la que siempre lo ha llevado en sus entrañas, la que lo parió, la que lo conoce como artesano. Igual hacen las instituciones, aunque estas aún no le hayan dado el reconocimiento que merece como maestro de Juego del Palo Lanzaroteño.
Junto al de él, también se hizo un homenaje póstumo a Joaquín Reyes (Chiche), fallecido hace solo unos meses, cuyo retrato (obra de Gara Espinel) recogió su amigo Ramón Alfonso.
Hay tesoros por desenterrar en Lanzarote. A veces solo es querer.
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