Los derechos humanos no son un premio para quienes nos resultan cómodos, ni una puerta que se abre según quién llame. Son la última orilla de quienes lo han perdido todo.
Estos días hemos visto imágenes de Ceuta que deberían preocuparnos a todos: personas hacinadas, calles convertidas en campamentos, suciedad y menores sin ninguna protección. Casi dos meses después de la entrada masiva del 30 de julio, cuando cruzaron desde Marruecos decenas de miles de personas, miles siguen durmiendo a la intemperie mientras se amplían a marchas forzadas los centros de acogida.
No se trata de negar la realidad ni, mucho menos, de defender el descontrol. Los adultos que entran de forma irregular deben ser identificados y registrados; cuando corresponda su devolución, esta debe hacerse con todas las garantías, y quien cometa un delito debe ser juzgado, sea cual sea su nacionalidad. Defender los derechos humanos no implica renunciar al cumplimiento de la ley: implica exactamente lo contrario.
Con los niños, sin embargo, la cuestión es distinta. La ley obliga a estudiar cada situación individualmente y a proteger su interés superior. No se puede ordenar su devolución como si fueran paquetes sin nombre y sin historia. Según los datos del propio Gobierno, hay más de mil quinientos menores ya identificados en Ceuta y cerca de un millar que todavía duermen en la calle.
Preguntas que merecen respuesta
Me pregunto por qué no se habilitaron desde el primer momento instalaciones dignas. El Gobierno ha aprobado un decreto que moviliza más de trescientos millones de euros para Ceuta, convalidado en el Congreso a mediados de septiembre. La ciudadanía tiene derecho a saber cómo van a emplearse: si ese dinero llega a tiempo o si llegará cuando las imágenes ya hayan servido a otros fines.
Porque con recursos públicos comprometidos, cabe preguntar por qué no se levantó de inmediato un campamento en condiciones, con duchas portátiles, puntos de agua potable, letrinas y atención sanitaria. ¿Por qué se permite que tantas personas permanezcan tiradas en playas y calles, sin intimidad y sin poder acudir dignamente a un servicio para hacer sus necesidades? Nada justifica que un ser humano viva entre basura. Eso es abandono, y el abandono es una vulneración de los derechos humanos.
También se ha llamado invasores a los niños. Son niños. No podemos permitir esas descalificaciones.
El negocio del miedo
Ceuta no puede afrontar sola esta situación, pero tampoco puede aceptar el caos como si fuera inevitable. Y sospecho que a algunos les interesa mantener esas imágenes de desorden: personas en el suelo, basura, gritos. Un escenario perfecto para fabricar miedo, para convertir el sufrimiento ajeno en espectáculo.
Hay dirigentes que saben perfectamente que el odio reúne más adeptos que la empatía. Por eso hablan de invasores en lugar de seres humanos, y generalizan cualquier delito para condenar a un colectivo entero.
Y sin embargo, cuando llegaron quienes huían de la guerra de Ucrania, Europa fue la primera en activar mecanismos de protección, y millones de personas fueron bien recibidas sin que su presencia se utilizara para alimentar el rechazo. Fue una acogida justa y necesaria. Pero me pregunto por qué nuestra sensibilidad cambia según el color de la piel o la procedencia.
No olvidemos que los españoles también fuimos emigrantes. Francia, México y otros países acogieron a quienes huían de la guerra y de la dictadura. Entre ellos, los niños de Morelia: cuatrocientos cincuenta y seis hijos de republicanos que en 1937 cruzaron el Atlántico solos, sin sus familias, para salvarse de la violencia. Alguien, al otro lado, decidió mirarlos como niños y no como una amenaza.
Empatizar no es justificar
Las agresiones sexuales son hechos gravísimos, y sus responsables deben ser juzgados, sean españoles, belgas o marroquíes. Pero los delitos los cometen personas concretas, no una raza ni una religión. Cuando un español comete un delito, nadie afirma que todos los españoles seamos delincuentes. Cuando el acusado es extranjero, en cambio, su origen ocupa los titulares y la sospecha cae sobre miles de inocentes.
Empatizar no es justificar delitos. Significa no utilizar el crimen de una persona para condenar a un pueblo entero. Algunos menores podrán reunirse con sus familias, otros permanecerán bajo tutela y otros se quedarán y necesitarán protección y acompañamiento. Ninguno puede cargar con los delitos cometidos por adultos.
Parece que se ha puesto de moda ser cruel. Se presume de dureza, se confunde la falta de compasión con la valentía y se ridiculiza a quienes sienten empatía. Pero lo verdaderamente valiente es defender la seguridad sin despreciar al inocente, exigir justicia sin convertirla en venganza y no aprovechar el sufrimiento para ganar votos.
Si la crueldad se convierte en moda, la indiferencia se convierte en costumbre. Y si una sociedad se acostumbra al dolor ajeno, empieza poco a poco a perder su alma.
Las niñas desprotegidas no pertenecen a ningún partido. Los niños asustados no tienen ideología. Quienes los utilizan para ganar votos deberían recordar que la responsabilidad de un país se mide por la forma en que trata a quienes no pueden defenderse.
Que no nos obliguen a elegir entre orden y humanidad: una democracia necesita ambos. Ni racismo ni descontrol, ni impunidad ni abandono. Porque antes que fronteras o colores, estamos hablando de seres humanos.
Me impactó aquel mar lleno de zapatos flotando. No vi una invasión: vi vidas que llegaron descalzas, gente pobre que tuvo que perderlo todo antes de que nosotros perdiéramos la capacidad de mirarlos como seres humanos. No utilicen el caos para obtener rédito político; utilicen los medios que tienen para ayudar y no pasen a formar parte del problema. Que no esté de moda ser malas personas.
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