Hay personas que enseñan sin necesidad de ponerse delante de una pizarra. Personas de las que se aprende observando, escuchando y compartiendo tiempo con ellas. Mi abuelo, Juan Díaz, es una de esas personas. Agricultor, y alguien de quien siempre he aprendido, me recuerda que detrás de cada tierra trabajada hay mucho más que una cosecha: hay esfuerzo, paciencia, sacrificio y una forma de entender la vida que no deberíamos permitirnos perder.
A veces pienso que quienes hemos crecido en Lanzarote no somos del todo conscientes de lo que tenemos. Hemos aprendido a reconocer los volcanes, a admirar La Geria y a sentir orgullo por nuestros paisajes. Los vemos en fotografías, en campañas turísticas y en postales que recorren el mundo. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar en las personas que han hecho posible que ese paisaje siga existiendo.
Porque Lanzarote no es solo una isla de volcanes, playas y hoteles. También es una isla de agricultores, de manos curtidas por el trabajo y de generaciones que aprendieron a sacar adelante la tierra incluso cuando las condiciones parecían estar en su contra.
Y, sin embargo, ¿qué estamos haciendo para que todo eso no desaparezca?
Nos gusta presumir de nuestras raíces, pero no siempre cuidamos de quienes las mantienen vivas. Hablamos de tradición, de identidad y de patrimonio, mientras muchas de las actividades que dieron sentido a esas palabras se enfrentan a un futuro cada vez más incierto. Parece que solo nos acordamos del campo cuando se convierte en una imagen bonita que enseñar a quienes vienen de fuera.
Los datos ayudan a entender la dimensión del problema. Según las estadísticas del sector agrario recopiladas por el Centro de Datos del Cabildo a partir del ISTAC, Lanzarote contaba en 2024 con 3.872 hectáreas cultivadas. Aunque la superficie había aumentado respecto a los mínimos de años anteriores, la producción agrícola cayó hasta las 12.913 toneladas, la cifra más baja de las últimas dos décadas. Además, cultivos que formaron parte de la alimentación tradicional de la isla, como los tubérculos, han pasado de ocupar 654 hectáreas en 1996 a apenas 56 en 2024.
Detrás de estos números hay una realidad que no podemos ignorar: mantener viva la agricultura lanzaroteña es cada vez más difícil. La escasez de agua, los costes de producción, las dificultades para obtener rentabilidad y la falta de relevo generacional son algunos de los obstáculos a los que se enfrenta el sector. Y mientras tanto, el paisaje que tanto nos enorgullece depende, en buena medida, de que alguien siga trabajando esas tierras.
Mi abuelo me hace pensar precisamente en eso: en todo lo que podemos aprender de las personas mayores y en lo poco que valoramos, a veces, lo que tienen para enseñarnos. Durante demasiado tiempo hemos asociado el progreso con dejar atrás determinadas formas de vida, como si lo tradicional fuera necesariamente antiguo, y lo antiguo, prescindible. Pero ¿de qué sirve avanzar si en el camino olvidamos aquello que nos ha convertido en lo que somos?
No se trata de idealizar el pasado ni de pedir que las nuevas generaciones vivan como lo hicieron sus abuelos. Se trata de entender que el conocimiento acumulado durante décadas tiene un valor que no siempre aparece en las estadísticas. Saber trabajar la tierra, comprender sus tiempos y adaptarse a las condiciones de una isla como Lanzarote es también una forma de conocimiento. Uno que merece respeto, reconocimiento y continuidad.
Y lo mismo ocurre con nuestros mayores. Nos hemos acostumbrado a pensar que son ellos quienes tienen que adaptarse a una sociedad que cambia cada vez más deprisa, cuando también nosotros deberíamos detenernos a escuchar. Detrás de cada persona mayor hay una vida entera de experiencias, decisiones y aprendizajes que no podemos recuperar una vez que ya no están. A veces esperamos demasiado para preguntar, para agradecer o, simplemente, para sentarnos a escuchar sus historias.
Por eso, este artículo también es para ellos. Para quienes han trabajado durante toda una vida sin esperar reconocimiento, para quienes han cuidado de sus familias y han contribuido a construir la isla que hoy disfrutamos. Personas que no siempre aparecen en los grandes discursos, pero sin las cuales Lanzarote no sería la misma.
No basta con homenajearlas cuando ya no están ni con recordar la importancia de la agricultura cuando una finca se ha perdido definitivamente. Hace falta apoyar a quienes siguen cultivando, facilitar que los jóvenes encuentren en el campo una opción de futuro y proteger un patrimonio agrícola que forma parte de nuestra identidad. También hace falta dar a nuestros mayores el lugar que merecen mientras todavía podemos aprender de ellos.
Porque una isla no pierde sus raíces de un día para otro. Las pierde poco a poco, cada vez que deja de cuidar a quienes las sostienen, cada vez que abandona una tierra y cada vez que permite que un conocimiento desaparezca sin preguntarse qué valor tenía.
Ojalá aprendamos a cuidar lo que tenemos antes de echarlo de menos. A escuchar a nuestros mayores antes de que sus voces se apaguen y a valorar el campo antes de que sus tierras dejen de darnos aquello que durante generaciones nos han dado.
Porque cuando ya no quede nada, recordar nuestras raíces será fácil. Lo verdaderamente difícil será recuperarlas.
Añadir La Voz de Lanzarote como fuente preferida de Google.
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.