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No olvidarnos de dónde venimos nos ayuda a estar más presentes y a sentirnos más conectadas con nosotras mismas y con nuestra realidad. Cuando analizo las circunstancias que le tocó vivir a mi madre en su niñez, en la época de la posguerra, me doy cuenta de los privilegios que he tenido yo, a pesar de las dificultades que también han marcado mi camino.

Nuestra realidad condiciona quiénes somos: nuestras vivencias, nuestros tropiezos y también aquellos que aún están por venir. Por eso, no quiero perder mi identidad ni olvidar de dónde vengo. Porque, antes de ser quien soy hoy, fui aquella niña de familia humilde que muchas veces jugaba en la calle con los zapatos rotos. Y quiero seguir recordándola, porque en ella están mis raíces, mi historia y una parte esencial de la persona en la que me he convertido.

La imagen que acompaña esta reflexión tiene un significado muy especial para mí. La niña representa a mi madre, aunque su rostro es el mío en una foto en blanco y negro de cuando era pequeña. A través de ella quiero dar vida a sus recuerdos, a las historias que me contaba y a una realidad que, aunque parezca lejana, pertenece a una generación anterior a la mía.

Mi madre me contaba que alguna vez iba en burra a diferentes lugares. En alguna ocasión, incluso, hizo el camino desde Mácher hasta Femés para visitar a su abuela. Pero hay una historia que me llamó especialmente la atención: cuando, con apenas ocho o nueve años, iba desde Mácher, concretamente desde la zona donde hoy se encuentra el Instituto de Yaiza, hasta San Bartolomé para comprar batatas.

¡Cincuenta kilos de batatas! Un viaje que realizaba entre 1954 y 1956, siendo todavía una niña, acompañada de algunas vecinas. Salían muy temprano para recorrer aquel camino. Cuando pienso en ello, no puedo evitar imaginarme a esa niña, con toda la responsabilidad que asumía a una edad en la que hoy pensamos, sobre todo, en jugar, aprender y crecer protegidas.

Esta historia me hace reflexionar sobre el enorme cambio social que se ha producido en tan solo una generación. Las experiencias de mi madre tienen poco que ver con las mías, y, sin embargo, forman parte de la misma historia familiar. Escuchar de su propia voz estas vivencias, así como las historias que nos cuentan las personas mayores, nos permite acercarnos a una realidad que no está tan lejos como a veces creemos.

Conocer su cotidianidad nos invita a mirar de otra manera el mundo en el que vivimos, a comprender cuánto han cambiado nuestras vidas y a preguntarnos cómo es posible que hoy tengamos tanto y, al mismo tiempo, sintamos que nos falta mucho.

Recuerdo algo que mi madre me decía y que, con el tiempo, he aprendido a mirar de otra manera. Cuando echaba la vista atrás, le costaba creer que tuviera un coche propio. Había pasado de desplazarse caminando o en burro a conducir su propio coche, algo que nunca habría imaginado. Lo que hoy nos parece cotidiano, para ella había sido durante mucho tiempo impensable.

Su historia me hace pensar en Una habitación propia, de Virginia Woolf, y hago el símil con Un coche propio y la importancia que la independencia económica y la autonomía tuvieron para la emancipación de las mujeres. Porque la libertad también consiste en poder hacer cosas que antes parecían inalcanzables, en tener la posibilidad de elegir y en descubrir que nuestra vida puede ser distinta de la que conocimos.

Cuando pienso en el camino recorrido por mi madre, comprendo que muchas de las cosas que hoy damos por sentadas son, en realidad, fruto de una transformación profunda. Lo que para ella fue inimaginable, para mí forma parte de la normalidad. Y quizá por eso es tan importante mirar atrás: para reconocer lo que hemos avanzado, y no olvidar que nuestra realidad no siempre fue posible para quienes nos precedieron.

Sus condiciones de vida mejoraron, pero ese camino no fue sencillo. Con tan solo nueve años tuvo que dejar la escuela para trabajar en el campo. Una infancia marcada por responsabilidades y renuncias que me ayuda a comprender mejor de dónde vengo y a valorar las oportunidades que llegaron después.

Por eso, esta imagen no habla únicamente de una niña, una burra y unas batatas. Habla de mi madre, de su infancia, de su esfuerzo y de todo lo que una generación fue capaz de recorrer para que la siguiente pudiera vivir de otra manera. Habla también de mí, de mis raíces y de la responsabilidad de mantener viva esa memoria.

Porque conocer de dónde venimos no significa quedarnos en el pasado, sino comprender mejor quiénes somos y valorar el camino que nos ha traído hasta aquí.

A la memoria de mi madre

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