Debajo de las letras grandes que proclamaban un rotundo ¡POR LA VIVIENDA!, aún podían verse las marcas a lápiz que sirvieron de boceto. Las borraban Aelo y Javi con una goma, con cuidado, tras repasar la tipografía con rotulador permanente. La gran lona se sostenía contra la pared de la Casa Amarilla sobre tres palos: unas barras de cortina de plástico compradas en un bazar chino. Todo tan artesanal, humilde y lleno de dignidad que me conmovió al llegar a la concentración. Los imagino antes, en la intimidad del suelo de su casa, ensayando la consigna que completa la pancarta: Hacia la huelga general. Jorge, con su pequeño megáfono en la mano, me enseña el manifiesto en un papel doblado para que le dé mi opinión; gastaron buena parte de la noche para redactarlo. Están cansados, pero aún así su entusiasmo lo traspasa todo. Al verlos solo puedo pensar en lo valientes que son y en cuánto tenemos que agradecerles.
Todos esperábamos que, tras años en los que la crisis habitacional en España (y de manera lacerante en Canarias y en Lanzarote) no ha hecho más que agravarse, saltara por fin una chispa. Aunque los desahucios se acumulan a diario en todo el país (con imágenes desgarradoras como la de Mari Carmen, una anciana de 87 años expulsada recientemente de su piso en Madrid) y la parálisis institucional nos indigna a muchos, en el ámbito local tendemos a confiar en que sean «otros» los que den el paso. En Lanzarote no contamos todavía con un sindicato de inquilinas ni estamos organizados. Por eso, alguien tenía que asumir el trámite de registrar la concentración. Y ahí estuvieron Jorge, Javi, Aelo y algunos otros amigos, dando la cara y entregando su tiempo para lo colectivo. Para mi ellos representan lo mejor de la sociedad, a todas las personas anónimas que creemos en la lucha por el derecho a la vivienda digna.
Los trabajadores y la gente humilde, los que hemos visto cómo el mercado y la inacción política erosionaban las bases materiales de nuestras vidas, solo podemos organizarnos desde abajo. Poco a poco, los alrededores del Cabildo Viejo se fueron llenando de gente. Muchos rostros conocidos, «los de siempre», los que se implican en cada lucha; y, sin embargo, acuden muchas más personas de las que se podría esperar para un apacible domingo en Arrecife. Supongo que lo propicia algo tan elemental como el derecho a habitar. Aparecen cartones y cartulinas con lemas como «Tu especulación es mi precariedad» o «Dormir bajo techo es un derecho», acompañados por llaves gigantes recortadas en cartón. Son vecinos que reclaman, sencillamente, casas para vivir y no para especular.
El problema es complejo y no admite análisis simplistas. En una isla de territorio limitado y protegido, la presión demográfica derivada de un modelo turístico que atrae mano de obra barata choca de frente con la capacidad de nuestras infraestructuras, donde construir sin control ni es viable, ni es sostenible. Al mismo tiempo, coexisten visiones enfrentadas: mientras se exige penalizar la vivienda vacía en manos de bancos y fondos, así como su acumulación, y regular el alquiler vacacional (o prohibirlo directamente), resulta imprescindible atender a la realidad del pequeño propietario. En un contexto tan tensionado, la respuesta exige una estrategia integral que, entre otros aspectos proteja a los inquilinos, aporte certezas al pequeño propietario, haga aflorar el stock vacío de viviendas, regule o prohíba el alquiler vacacional y la acumulación de activos inmobiliarios y apueste decididamente por la vivienda pública.
¿Qué significa hoy tener un hogar? A lo largo de los años en Lanzarote yo mismo, como tantas personas de mi generación, he tenido que sortear esta necesidad de múltiples formas: soportar alquileres desorbitados, inmuebles en estado deplorable o abusos de arrendadores, pero también he tenido caseros conscientes y respetuosos, he residido en un piso compartido (una experiencia inolvidable) y, finalmente, afrontado la compra de mi propio apartamento de la mano de una entidad bancaria. Conozco la precariedad y, sobre todo, el valor que implica cerrar una puerta y saber que nadie te echará el mes que viene. Esto último es lo mínimo que cualquiera debería tener.
La literatura reciente ha acudido, por supuesto, al rescate de este desasosiego. El ejemplo lo encontramos en dos libros que he leído recientemente y que me gustaría recomendar. En Que tenga una casa, Florencia del Campo indaga en el hogar como ese referente simbólico sobre el que construimos nuestra identidad. Por su parte, Llucia Ramis, en Un metro cuadrado, radiografía la angustia de ser inquilino en un país donde echar raíces se ha vuelto un lujo. Tener una vivienda digna no debería ser la utopía inalcanzable en la que se ha convertido para los jóvenes y no tan jóvenes.
No podemos seguir aceptando con esta naturalidad anestesiada la expulsión sistemática de nuestra gente. Asistimos al vaciamiento de barrios enteros, el mismo centro de Arrecife en gran medida, convertidos en escaparates vacacionales, al desmantelamiento de comunidades por la gentrificación y a la entrada implacable de grandes tenedores mercantilizando cada rincón. Es una forma de violencia social: ancianos cuya pensión no alcanza para la subida del alquiler, familias al límite del desahucio e inmigrantes hacinados en condiciones deplorables. Incluso quienes disfrutamos del privilegio de un techo estable (qué triste y sintomático calificar de "privilegio" a lo que debería ser un derecho básico) sentimos cómo se resquebraja el tejido comunitario que nos rodea. No se puede mirar para otro lado, no se puede vivir así.
La gente agrupándose cerca del Cabildo Viejo, animándose a convertir la concentración del domingo en una manifestación alrededor del Charco de San Ginés me da esperanzas. La lona sostenida con barras de cortina en manos de Jorge, Javi y Aelo avanza junto al Puente de las Bolas con su mensaje fundamental: frente al cinismo de la especulación y la complicidad de las fuerzas políticas que dan la espalda o bloquean cualquier solución habitacional, la respuesta colectiva es una urgencia. La huelga general, casi inevitable. Si hay elecciones adelantadas, el voto responsable a los partidos con compromisos firmes en la regulación del alquiler vacacional, la declaración de zonas tensionadas, la creación de parque público de vivienda... Si no defendemos hoy el derecho a la ciudad y a la vivienda de las personas trabajadoras, Lanzarote terminará siendo un decorado perfecto donde no quedará casi nadie para habitarlo. Ahora que hemos empezado a caminar, seguiremos.
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