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Hay fechas que no deberían pasar inadvertidas. El 18 de agosto de 1936 es una de ellas. Hace ahora 90 años, Federico García Lorca fue asesinado en Granada. Tenía 38 años. Su vida fue arrebatada, pero hubo algo que quienes pretendieron silenciarlo no pudieron destruir: su palabra. 

Noventa años después, Lorca continúa hablando. 

Lo hace desde sus poemas, desde el teatro, desde sus personajes y desde una obra que ha trascendido generaciones, fronteras e ideologías. Sigue presente en las aulas, en los escenarios, en las bibliotecas y también en la memoria colectiva de un país que, con el paso del tiempo, ha aprendido que recordar no significa reabrir heridas, sino impedir que determinadas heridas queden condenadas al olvido. 

Lorca fue mucho más que el poeta de Romancero gitano, Poeta en Nueva York o el dramaturgo de Bodas de sangre, Yerma y La casa de Bernarda Alba. Fue un creador que entendió la cultura como una herramienta de libertad y que acercó la literatura a quienes tradicionalmente habían estado más alejados de ella. 

Su muerte, en los primeros meses de la Guerra Civil, constituye uno de los episodios más dolorosos de nuestra historia contemporánea. Y precisamente por eso, recordarla exige hacerlo desde la serenidad, pero también desde la verdad. 

Porque una sociedad democrática no puede tener miedo de mirar su pasado. 

Recordar a Lorca no debería servir para dividirnos entre quienes recuerdan y quienes olvidan, sino para comprender hasta dónde puede conducirnos la intolerancia cuando sustituye al diálogo, cuando la diferencia se convierte en amenaza y cuando la violencia termina imponiéndose sobre la razón. 

Quizá esa sea una de las grandes lecciones que podemos extraer hoy de su figura. 

En un momento en el que el debate público vuelve a estar marcado con demasiada frecuencia por la crispación, la descalificación y la dificultad para escuchar al que piensa diferente, la vida y la muerte de Lorca nos recuerdan el enorme valor de la palabra. 

La palabra para entendernos. 

La palabra para discrepar. 

La palabra para construir. 

La palabra, en definitiva, frente a la violencia y al silencio. 

Lorca fue asesinado hace 90 años, pero su obra demuestra que la cultura posee una fuerza que ningún régimen, ninguna violencia y ningún intento de borrar la memoria pueden

derrotar. Su voz sigue llegando a nosotros porque las buenas ideas y las grandes obras encuentran siempre un camino para sobrevivir. 

Por eso, recordar a Federico García Lorca no es únicamente mirar hacia 1936. Es también preguntarnos qué sociedad queremos construir en 2026. 

Una sociedad en la que la libertad de expresión, la cultura, la convivencia y el respeto a la diversidad sean valores irrenunciables. 

Una sociedad que entienda que la democracia no consiste únicamente en votar, sino también en saber convivir con quien piensa diferente. 

Y una sociedad que sea capaz de mirar su historia con honestidad, sin odio y sin olvido. Noventa años después, Lorca sigue entre nosotros. 

Quizá porque quienes quisieron acabar con su voz olvidaron algo esencial: se puede silenciar a una persona, pero no necesariamente a sus palabras. 

Y las palabras de Federico García Lorca siguen vivas. 

Más vivas que nunca.

 

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