Durante la tarde del domingo 18 de octubre un grupo de integrantes del movimiento por la vivienda en Lanzarote nos desplazamos hasta la zona del Faro de Pechiguera en Playa Blanca, Yaiza, para conocer de cerca Villa Colombia y transmitir nuestro apoyo a las más de doscientas familias que habitan esta urbanización abandonada.
Caminar por sus calles impresiona. Todo en este lugar es humilde, golpeado por la pobreza material, pero investido al mismo tiempo de una dignidad que sobrecoge. Aquí conviven historias diversas: vecinas y vecinos que llevan ya varios años manteniendo en pie este espacio junto a familias que han ido llegando más recientemente empujadas por la desprotección. En un lugar en el que la especulación dejó solo esqueletos de hormigón, estas personas han construido un hogar prácticamente con sus propias manos. Asombra entrar en una de sus viviendas y también presenciar cómo se han autogestionado en el día a día para resolver cuestiones básicas: el suministro de agua y electricidad, la recogida de residuos, el alcantarillado... A pesar de las acusaciones vertidas sobre ellos por la antigua propiedad (culpándoles injustamente de haber roto puertas y ventanas que jamás llegaron a instalarse), cuando llegaron no había nada.
Hoy, la comunidad se enfrenta a constantes amenazas y al intento por parte del nuevo propietario de sembrar discordia y dividirlos. Frente a esas tácticas de desgaste, la respuesta ha sido más cohesión: están elaborando un censo para gestionar juntos el conflicto frente al desahucio que pretende acometer la propiedad.
Villa Colombia es un refugio donde conviven personas de muy diversas nacionalidades. Colombianos, naturalmente, marroquíes, senegaleses, españoles también... Nada es perfecto, pero el sentido de pertenencia que se respira me pareció ejemplar. Esa misma mañana habían organizado una jornada comunitaria para limpiar el entorno. Cuando llegamos, en una de las casas se celebraba una modesta fiesta familiar y se escuchaba alegre música latina, mientras los niños corrían libremente por las calles de tierra con sus bicicletas y sus patinetes. Es en las miradas de esos niños donde se te encoge el corazón. Sonrisas sinceras que conviven con el cansancio reflejado en los rostros de sus padres y madres: gente trabajadora, humilde y honrada que solo pide una cosa tan elemental como un techo bajo el que vivir.
Existe una paradoja en este lugar del sur de Lanzarote. Esos hombres y mujeres son los mismos que sostienen la economía de la isla: los camareros, las limpiadoras, los
trabajadores del sector servicios y del turismo que hacen funcionar el motor del sur. Se busca desesperadamente su mano de obra para sostener un modelo económico próspero, pero el mismo sistema les niega un lugar donde habitar. Se les exige que trabajen, pero no se les permite vivir. ¿Es esto justo? Si no consiguen un alquiler en el pueblo no es por falta de voluntad ni de esfuerzo, sino por la voracidad de un mercado inmobiliario inaccesible que los expulsa violentamente.
Tras recorrer la urbanización, nos reunimos en asamblea. Salimos a escuchar y se pueden imaginar la emoción que nos embargaba. Historias de mucho sacrificio. Nos ofrecieron bizcocho y un refresco. Hacia el final de las intervenciones, el cielo se cerró y comenzó a llover. La llovizna inicial derivó pronto en un fuerte aguacero, pero nadie rompió el círculo. En cuestión de minutos empezaron a abrirse paraguas y sombrillas de playa que fueron apareciendo, improvisando un techo colectivo sobre la asamblea para resguardarnos todos, cuidando de que nadie quedara a la intemperie.
Ante realidades como Villa Colombia, las administraciones públicas no pueden continuar ejerciendo de espectadoras pasivas ni responder únicamente mediante la vía judicial o policial. Frente a la sangría del alquiler vacacional sin control que devora el parque residencial, es urgente aplicar medidas estructurales valientes: topar la vivienda turística, movilizar de inmediato el suelo público disponible para edificar viviendas de alquiler social asequible y activar mecanismos de tanteo y retracto que permitan rescatar y rehabilitar promociones inacabadas como esta. Asimismo, las instituciones deben asumir una mediación activa que garantice alquileres transitorios para estas familias mientras se levantan las soluciones públicas definitivas.
Tenemos la obligación ética y colectiva de garantizar que estas familias tengan una vivienda digna. Es justicia social. Villa Colombia ha sido una lección para mí y creo que para todos los que acudimos esa tarde, una demostración de que, ante la desidia de las instituciones, las maniobras de acoso y la codicia del mercado, la dignidad humana y el apoyo mutuo son capaces de levantar un hogar en mitad de ese desierto que son los llanos pedregosos del Rubicón.
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