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Nadie elige dónde nace. No elegimos la familia que nos espera, el pasaporte que tendremos, las oportunidades que encontraremos ni las circunstancias políticas, económicas o sociales que rodearán nuestra existencia. Nacer en Lanzarote o hacerlo a miles de kilómetros es, en buena medida, una cuestión de azar. Sin embargo, esa geografía puede condicionar casi todo. 

Puede significar crecer en paz o intentar sobrevivir en medio de un conflicto bélico. Tener garantizados alimentos y agua o ver cómo la pobreza extrema, el hambre o la sequía hacen imposible permanecer en el lugar donde siempre se ha vivido. Disfrutar de derechos y libertades o sufrir persecución por unas ideas políticas, unas creencias religiosas, el origen o la pertenencia a una minoría. Por eso, ante quien emprende un camino así, quizá deberíamos preguntarnos qué ha tenido que dejar atrás. 

Canarias conoce bien la emigración. Durante generaciones fueron nuestros padres, madres, abuelos y abuelas quienes cruzaron el Atlántico buscando las oportunidades que estas islas no podían ofrecerles. La movilidad humana no es una anomalía de nuestro tiempo: es una constante en la historia de la humanidad. Cambian las rutas, las causas y las circunstancias pero permanece una aspiración profundamente humana: encontrar un lugar donde poder vivir con dignidad. 

Por eso me preocupa que palabras como invasión, ocupación o asedio se instalen con tanta facilidad en el debate público. Las palabras importan. Si hablamos de una invasión, necesitamos invasores. Si hablamos de un asedio, necesitamos enemigos. Y cuando convertimos a miles de personas distintas en un único “otros”, dejamos de preguntarnos quiénes son, qué les ocurrió y qué historia hay detrás de cada una. 

Las ciencias sociales llevan tiempo estudiando cómo los lugares cambian con las personas. La geógrafa Doreen Massey cuestionó la idea del territorio como una realidad cerrada e inmóvil y defendió una concepción de los lugares marcada por las relaciones, los movimientos y las múltiples historias que confluyen en ellos. El investigador español Ricard Zapata-Barrero continúa hoy analizando la migración, la diversidad y las formas en las que las sociedades incorporan esos movimientos a sus propios relatos de pertenencia.

Estos referentes nos ayudan a explicar la realidad actual y a comprender que la convivencia es la que marca la diferencia de los territorios que progresan y se desarrollan desde el respeto y la igualdad de oportunidades.

Nuestro municipio de San Bartolomé es un ejemplo de todo ello. Rondamos los 20.000 habitantes y diariamente convivimos más de 80 nacionalidades. No hemos tenido que renunciar a nuestra identidad para integrar otras procedencias, culturas o formas de entender el mundo. Seguimos siendo San Bartolomé sin dejar de reconocernos en nuestra historia. 

“En San Bartolomé convivimos personas de más de 80 nacionalidades y esa realidad demuestra que una sociedad crece cuando es capaz de integrar, ofrecer oportunidades y tender la mano a quien llega”

La psicología social contemporánea nos ofrece, además, un dato interesante. Una investigación publicada por Judit Kende, Linda Tropp y otros especialistas analizó durante cinco años a más de 27.000 personas de nueve países, entre ellos España. Sus resultados relacionan la amistad con personas inmigrantes con percepciones más positivas hacia la inmigración y señalan también la importancia de las políticas inclusivas para favorecer esas relaciones.

Dicho de una manera mucho más sencilla: conocernos importa. Es más fácil alimentar el miedo hacia una categoría llamada “extranjeros” que hacia nuestra compañera de trabajo, la madre de una amiga de nuestra hija, quien regenta un comercio cercano o la familia con la que coincidimos cada mañana. Cuando aparecen un nombre, un rostro y una historia, el prejuicio lo tiene más difícil.

Una sociedad progresista debe aspirar precisamente a eso: a defender su identidad sin tener miedo de otras identidades; a combatir las desigualdades; a garantizar la igualdad entre mujeres y hombres; y a no disfrutar en exclusiva de los derechos y oportunidades que tuvimos la fortuna de ‘heredar’ al nacer. 

Nadie elige la geografía en la que comienza su vida. Algunas personas tenemos la fortuna de poder quedarnos. Otras tienen que marcharse para encontrar un futuro. Cuando sus vidas llegan hasta la nuestra, podemos levantar otra barrera y alimentar discursos de odio pero en San Bartolomé elegimos tender la mano.

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